Que S&P haya contabilizado lo que llama tensiones autonómicas como razón o un dato más para dejar la deuda pública española en el umbral del bono basura, ejemplifica la consideración de que la arremetida de A. Mas, presidente de la Generalitat de Cataluña, contra la unidad nacional de España – en la que reposa la Constitución a la que la Generalitat se acoge para existir como tal -, infiere un daño cierto y grave al interés común de todos los españoles, con independencia de la Autonomía a que pertenezcan.
No es retórico o carente de base el rechazo de los poderes supremos del Estado, desde el Rey al presidente del Gobierno, a la expresa desmesura del nacionalismo catalán ahora gobernante cuando – para taparse del descalabro económico, político y moral de los nacionalistas todos y de sus afines de la rosa empuñada en la gestión de la cosa pública catalana – monta la erupción separatista del último 11 de Septiembre y arremete contra la Unidad nacional de los españoles. Como si España fuera una realidad así como las Torres Gemelas de Nueva York y la suya personal de Mas la del propio Osama Ben Laden.
Pero además de la prueba del daño causado a la imagen internacional de España en las críticas circunstancias actuales por la revuelta política desde el partido de los “botiguers” y sus adláteres, certificada por la citada agencia de calificación de riesgos, la otra cara temática del nacionalismo catalán ha tenido su marco y escenario en el Congreso sobre el portante de dos asuntos. Uno, la iniciativa del PSOE pidiendo la reprobación del ministro Wert por haber dicho que, al respecto de lo considerado hasta ahora, la política del ministerio de Educación se orienta respecto a Cataluña por la “españolización” de la Enseñanza. ¿Acaso eso cabe entenderlo como declaración de hostilidades del catalán?
No. En modo alguno. Tal propósito no puede ser otro que el de que se cumpla la ley en la regulación, dentro de la Enseñanza de la convivencia constitucional del catalán y el español o castellano, que es la “lengua franca” de la patria española en particular y de la hispánica en general. Dentro de “lo español” caben ambas lenguas, lo mismo que las demás… Sólo puede entenderse lo contrario desde la óptica miope de los nacionalismos, o desde el interés bultúrido de los comunistas: prestos siempre, en las actuales democracias de libertades, a nutrirse de la carroña excedente en la dialéctica política de las mayorías nacionales y en las dificultades económicas y sociales propias de crisis extremas como la presente.
De otra parte no es este el momento más oportuno para entretenerse en cuestiones que son de importancia sólo lateral, excepto en el caso de la gente de Ferraz, náufraga en su derrota y responsable en buena medida de la deriva radical nacionalista en Cataluña, tanto ahora como en 1934 por su discurso democrático a beneficio de inventario. Decía Largo en noviembre de l933 aquello de que si perdemos el poder en las urnas lo rescataremos en la calle… En esta tesitura han pasado de la complicidad con el discurso nacionalista a las fantasmagorías del “federalismo asimétrico” y similares. De ahí su pringosa moción para que el ministro Wert sea reprobado por lo de “españolizar” Cataluña. Y de ahí también, por causa de sus delicuescencias en la identidad ideológica que los jenízaros de CiU se atrevan a equiparar el patriotismo español con el nacionalismo suyo, cuando lo suyo puede ser un mero sentimiento identitario de base poco menos que telúrica, mientras que el patriotismo, español o cualquier otro, parte de la asumida adhesión a un proyecto sugestivo de vida en común, como Ortega dijo, susceptible de ampliarse a otros proyectos de ámbito mayor. Como es el caso de la Unión Europea, respecto del cual la federación es todo un postulado de congruencia. Contrariamente a lo que supondría un federalismo de complicidad con los nacionalistas, y mucho más un confederalismo.
Son éstas obviedades en las que resulta necesario insistir, aunque les moleste a los de la jarca política barceloní. Que tacha de “preconstitucional” y “franquista” la insumisión y el hartazgo nacional ante sus abusos e ilegalidades en el ámbito capital de la Enseñanza; sobre la Historia común y del castellano como idioma compartido e impartido en la igualdad de oportunidades que postula transnacionalmente el imperio de los Derechos Humanos.
También es el del mayor interés lo habido en el Congreso, a propósito de las expectativas croatas ante la UE, con la oposición del Gobierno a la entrada de Kosovo en la misma Unión, mientras Serbia – de la que se separaron unilateralmente los kosovares, tal como pretende Mas – no dé su consentimiento. En este asunto hay mucha tela que cortar.

Pablo Sebastián
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