Nº 1138 -  25 / V / 2013 
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Retablos financieros

La dura devaluación interna

Primo González
 

Hace algún tiempo que los sabios del Banco de España pusieron en circulación ese asunto de la devaluación interna. Consiste en rebajar el nivel de los salarios y de los beneficios en un determinado porcentaje para ganar competitividad frente al exterior, o sea, algo parecido a lo que hacían los Gobiernos españoles de toda la vida cuando el sector exterior se ponía en contra y se depreciaba unilateralmente la divisa nacional, léase la peseta.

A esta situación se llegaba porque los precios y costes de la economía española subían más deprisa que en el exterior y, como consecuencia de ello, los mercados exteriores ponían el freno a su apetencia compradora en España a partir de un momento dado. Es decir, cuando los productos y servicios españoles perdían competitividad, dejaban de ser atractivos por precio. Entonces se devaluaba la peseta y las cosas volvían a su punto en cuestión de semanas. España abusó de las devaluaciones en los años anteriores a la entrada en el euro. Baste decir que las cuatro últimas, realizadas en unos pocos años antes de la aparición de la moneda única, rebajaron el nivel de nuestros costes en torno a un 25%, momento a partir del cual nos convertimos en un país agresivamente exportador.

Ahora, desde el año 2000, eso de la devaluación de la divisa doméstica ya no es posible porque España pertenece al euro, tenemos una moneda única, que es común a toda la zona euro y la peseta desapareció definitivamente en el año 2002, siendo sustituida por el euro. Para conseguir un efecto similar, España tendría que proponerse un plan drástico de adelgazamiento que tuviera efectos equivalentes, lo que implicaría reducir los salarios y los niveles de beneficios en torno a un 10% o un 15% o incluso más. Hemos perdido la capacidad competitiva hace ya unos años y los costes, aunque han moderado sus subidas, han seguido en alza, lo que nos ha ido expulsando poco a poco de los mercados. Una de las pocas cosas que sí ha hecho su devaluación interior ha sido el valor de los activos inmobiliarios aunque en este caso la depreciación ha sido bastante superior, en torno al 30% desde que comenzó la crisis.

La receta, en principio, parece sencilla: hagamos lo mismo que hacíamos antes con la devaluación. Es decir, disminuyamos de golpe un 15% los salarios para volver a situar a la economía española en el mismo contexto que al principio de la crisis. Esto no se ha hecho, como es bien sabido. Incluso algunos líderes sindicales y empresariales dicen orgullosos que los aumentos salariales apenas existen, que se han quedado en un 1% o poco más de aumento. La triste realidad es que el camino correcto habría sido rebajarlos en un 15% ó en un porcentaje significativo. Es inimaginable lo que habría sucedido en el país si algún Gobierno hubiera optado por hacer esta propuesta o, más aún, aplicarla.

Como los salarios en España son inflexibles, sólo suben, aunque a veces lo hagan moderadamente, la realidad de las cosas se ha terminado por imponer y lo ha hecho por la vía más cruel, la destrucción de empleo. La pérdida de competitividad exterior ha llevado a disminuciones en la actividad y a graduales recortes de empleo. Ya estamos en un 25% de tasa de paro, cinco veces superior a la de algunas economías europeas de primera fila y más del doble de la media europea, aunque en realidad la tasa es el triple de la media si del promedio europeo excluimos a España, que eleva las cifras medias del conjunto y distorsiona las comparaciones.

La denominada devaluación interna, a la postre, ha empezado a realizarse cuando hemos tocado fondo, cuando la tasa de paro del 25% nos recuerda que el camino correcto era otro y que no supimos adoptarlo ni hubo Gobierno con talante suficiente como para proponerlo y convencernos de que era lo mejor. Desde hace unos pocos meses, los acuerdos empresariales con los trabajadores mediante los cuales se adoptan recortes salariales del 10% ó del 20%, complementados o no con reducciones de plantilla, se han puesto a la orden del día. Es un espectáculo insólito, pero que el país está aceptando con resignación ya que quienes lo encajan consideran que la alternativa es el despido. Y en esas estamos. El deterioro social y económico de la devaluación interna, que se traduce en un proceso lento, de varios años de duración, lo contrario de lo que sucedía con las devaluaciones, es tremendo. Su duración es una incógnita pero parece que no será corta. Si estuviéramos aún a tiempo, podríamos buscar una fórmula que lo agilice: un pacto de Estado o un pacto social de amplio espectro.

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