Nº 1138 -  25 / V / 2013 
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OPINIÓN

Fantasmones sin fin

Daniel Martín
 

Afortunadamente, a ningún productor se le ocurrió crear una segunda parte de Lo que el viento se llevó o Casablanca, ambas de final abierto. Antaño los filmes eran proyectos unitarios, y el éxito no provocaba secuelas. Otras grandes películas con finales felices y cerrados, como La Diligencia o Historias de Filadelfia, no tuvieron continuidad a pesar de su enorme éxito de taquilla. Entonces se entendía que la creación cinematográfica, o literaria, no debía contar qué fue de estos o aquellos protagonistas tras el tópico The End. Había que dejarlos respirar lejos de nuestras vidas.

Hoy en día vivimos una tendencia completamente diferente, nada ajena al vaciado paulatino de las salas. No solo hablo de las largas sagas como Star Wars o El señor de los anillos, largas ya antes del primer estreno. Tampoco de esa necesidad de dividir algunas entregas –como Harry Potter o Crepúsculo– para prolongar el éxito comercial de una franquicia. El asunto es especialmente patológico en la explotación inacabable de algunos productos menores tan solo porque tuvieron éxito cuando salieron por primera vez al cine, como Terminator, Robocop, Los padres de ella… incluso con casos de simple clonación de películas, como Desafío total.

El caso es especialmente espeluznante con Resident Evil, de la que ya llevamos cinco entregas. Lo que comenzó siendo un atractivo vehículo de acción comandado por una heroína con clase, encarnada por Milla Jovovivch, se ha convertido en toda una alegoría de la crisis creativa del séptimo arte.

Resident Evil: Venganza es un despropósito dramático. La trama del virus T, la corporación Umbrella, los zombies y los escasos supervivientes se ha complicado enormemente para ocultar las múltiples lagunas del concepto original. No es que la quinta entrega contradiga lo que nos contaron antes, sino que en sí misma es insostenible como argumento. Hace aguas por todos lados. Pero sigue siendo entretenida en su uso de la acción y los efectos especiales, en su hábil utilización de los golpes de efecto y el atractivo elenco, en su constante dependencia de una estética muy de videojuego. Por eso también esta película, malísima, ha tenido éxito de taquilla y promete una nueva entrega que dé una solución improbable al apocalíptico final de esta de 2012.

Como alegoría, empero, este filme no tiene desperdicio. La saga es el ejemplo paradigmático de sobreexplotación de un proyecto aunque sea para matar a la gallina de los huevos de oro. Aparte, Umbrella, la maléfica compañía culpable del fin del mundo, equivale a los malvados empresarios que trajeron la actual crisis. Que ahora lo domine todo la “Reina Roja”, un supercomputador, también dice mucho. Y que el mundo esté dominado por unos zombies descerebrados y mutantes no anda tan lejos de la realidad social hija de los decadentes sistemas educativos occidentales.

Aún más, el empeño de seguir vendiendo a costa de algo ya agotado recuerda, inopinadamente, al cine español, que sigue fardando de excelsa calidad sin tener público, como demuestra esa confabulación para colocar como obra maestra algo tan malo como Blancanieves, que en lugar de zombies tiene enanitos.

Cuando se hacía buen cine sabían que The End significaba final. No solo Cervantes dijo aquello de segundas partes nunca fueron buenas. También lo dijo Chico Marx en Una noche en la ópera. Y, salvo las excepciones de siempre, siempre ha sido así. Una segunda parte suele valer menos que la primera. ¿Qué sucede cuando llegamos a la quinta, la sexta, o incluso la séptima dividida en dos? Lo peor es que este es el modelo que se va a seguir viendo, aunque cada vez seamos menos los que vayamos a las salas. La ecuación, parece, no es tan complicada.

dmago2003@yahoo.es

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