Nº 1135 -  22 / V / 2013 
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OPINIÓN

Manifestaciones sin consecuencias

Fernando Glez. Urbaneja
 

Llevamos unos cuantos meses, quizá desde la última huelga general contra Zapatero, que las manifestaciones, cada vez más frecuentes, no consiguen nada. En Portugal el gobierno ha pestañeado y va a dar marcha atrás en alguna de los ajustes, pero la efectividad de las movilizaciones se aproxima a cero, lo cual no desalienta a los indignados, al tiempo que desplaza el foco hacia los conflictos entre manifestantes y fuerzas del orden.

A Felipe González y a José María Aznar las huelgas generales les desbarataron sus propuestas y les llevaron a dar un paso atrás, incluso con cambios en sus gobiernos. A Zapatero, que trató de evitar la huelga general por todos los medios, cuando le tocó hizo caso omiso y no rectificó ni una línea de su reforma, que tampoco suponía un cambio tan lesivo como los sindicatos pretendían.

Rajoy practica ahora una evidente indiferencia ante los manifestantes, y no ha alterado ni un milímetro la posición del Gobierno a la vista de la calle. Mantiene su peculiar ambigüedad con respecto a la ayuda financiera de la Unión Monetaria y argumenta que las medidas que adopta el Gobierno no son las que le gustaría adoptar, que la realidad le obliga a hacer lo que no quiere. El argumento es poco lucido pero al mismo tiempo le permite desentenderse de la calle.

Algo semejante ha ocurrido en Grecia, donde las manifestaciones han sido una constante sin consecuencias hasta ahora en la política de ajustes. El gobierno y los partidos convencionales pasan por los niveles más bajos de valoración, pero no hay alternativa. Y algo semejante está ocurriendo en España con un desgaste de los partidos de gobierno que es evidente en las encuestas y en las conversaciones pero no tanto en los votos.

Las próximas elecciones en Galicia, País Vasco y Cataluña van a dar una medida objetiva de ese desafecto, pero las opciones alternativas discurren más por el oportunismo que por la oportunidad. La calle está irritada, y no faltan motivos para ello, pero nadie es capaz de catalizar ese cabreo, más allá del independentismo catalán que ha aprovechado la coyuntura para dar espacio a sus emociones.

Las manifestaciones no van a parar, no es probable que la fatiga o la esterilidad haga mella en la indignación de la gente; de manera que los responsables del orden público y quienes les mandan, van a tener que esmerarse para gestionar estos movimientos con sentido común e inteligencia no vaya a ser que las cosas se vayan de la mano a todos.

fgu@apmadrid.es

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