Entre las hipótesis de trabajo a considerar figura en primer término la de que Hugo Chávez ha obtenido la victoria desde un síndrome electoral de compasión, por la muy grave enfermedad que padece; un síndrome situado en suficiente número de electores. El peso del cuadro clínico en que ha comparecido el presidente de Venezuela ante unas elecciones en las que ha logrado su cuarta magistratura suprema, habría bastado para que operara una reacción acaso impensable en cualquier otro escenario que no fuera el de una Venezuela sobre la que han caído, de manera aplastante, tres conformadores estratos previos de chavismo.
Hay que reparar en todo lo que sociológicamente supone esta realidad de adoctrinamiento simplificador, establecido a partir de la merma funcional de las libertades para los medios de comunicación pertenecientes a la iniciativa privada. Todo dentro de procesos y estrategias potenciadores de los medios de comunicación gubernamentales.
Hechas las cuentas desde la metodología histórica orteguiana, el dato más significativo que aparece en la base contable del chavismo electoral es el de que este cambio venezolano abarca el espacio de toda una generación. Término compuesto, conforme la metodología expuesta en el Método Histórico de las Generaciones, de tres promociones sucesivas de cinco años cada una.
En un marco democrático normal – que no es el que se corresponde con las tres presidencias de Hugo Chávez -, la cristalización de un plazo generacional como este habría sido muy otro desde la perspectiva de los resultados. Algo radicalmente distinto. Pero un interludio de las referidas características no podía traer más que resultantes de este jaez: una promiscua sopa política en la que dentro de componentes escénicos de democracia formal sobrenadan los atributos más específicos del discurso totalitario.
Tan vigoroso y contundente ha sido el impacto de estos tres mandatos del chavismo sobre las probabilidades de cambio en la impuesta dirección, que, contra la lógica de los comportamientos electorales característicos de las democracias de base liberal, se ha venido a producir la holgada victoria de 10 puntos favor del chavismo pese a la generalizada debacle imperante en Venezuela, en lo que toca a la economía, la seguridad ciudadana y el horizonte político nacional. Y también, a despecho de que la Oposición concurriera con un solo candidato, con Enrique Carriles, tras del consenso logrado en u su momento para que fuera así.
La mejora conseguida por la alternativa política al chavismo no bastó ni de lejos para evitar que el caudillo bolivariano consiguiera su cuarta elección presidencial. Aunque para el 2018, cuando expire esta nueva legislatura, de seis años, el tiempo se habrá llevado al vencedor a la galería de la Historia. Lo mismo que al fantasma del Cambio Climático, con el fin del actual ciclo de actividad solar y el regreso de una glaciación “corta” de entre 30 y 50 años.
Pero a corto plazo, y desde meses antes de que Chávez fuera reelegido, lo que se abre en Venezuela es el ciclo de la incertidumbre clínica. La interrogante de cuánto aguantará en pie, alzado ahora sobre el pavés de los sufragios, bajo el imperio de las metástasis de su cáncer primordial. Debajo de su cama de enfermo y de su poltrona de presidente, parece rugir ese volcán de ambición política formado por quienes ya aspiran a sucederle.