Mientras los obispos “españoles” se refieren con brío a la unidad de España y los “catalanes” proclaman la condición nacional de Cataluña, una innecesaria contradicción que poco tiene que ver con la fe y la doctrina cristiana, en el Vaticano proclamaban a San Juan de Ávila, patrono del clero español - del catalán y el del resto de España – como doctor de la Iglesia Universal, una distinción que a lo largo de la Historia alcanza a menos de tres docenas de santos, cuatro de ellos nacidos en España.
Juan de Ávila fue un personaje portentoso que, naciendo el siglo XVI, en la efervescencia del Renacimiento, ejerció su docencia determinante en la espiritualidad española de la época y de él nutrieron su espíritu, según la tradición, desde San Ignacio de Loyola hasta San Pedro de Alcántara.
No hace falta ser creyente para valorar, y respetar, la figura de Juan de Ávila. No son muchos los grandes pensadores españoles de su época y, menos todavía, de su proyección universal. Únicamente el desprecio que aquí se tiene por la cultura y la lejanía de las humanidades con que se regodean nuestros planes de enseñanza media y superior hacen de este personaje, nacido en Ciudad Real y muerto en Montilla, un gran desconocido. Como lo son San Isidoro de Sevilla, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, los otros tres grandes doctores españoles de la Iglesia Universal.
Es de celebrar que al frente de la delegación española a la solemne proclamación doctoral de Juan de Ávila – 62 obispos y 500 sacerdotes – figuraran la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santa Maria y, revestida con una españolísima mantilla, la número dos del PP, Maria Dolores de Cospedal.
El acontecimiento, que sobrepasa el ámbito de lo religioso para ser importante en el orden de la cultura, hubiera requerido, también y sobre todo, la presencia del titular de Educación y de, además de la presidenta de Castilla-La Mancha, del de Andalucía, ya que allí falleció y, antes, después de sufrir – ¡no faltaba más! – la persecución de la Inquisición, centró su tarea en la Universidad de Baeza.
Las “dos Españas”, esa maldición que nos persigue a lo largo de la Historia, pueden materializarse de muchas maneras diferentes. La actitud ante los asuntos que, en más o en menos, se relacionan con la religión es una de las más frecuentes y virulentas. Una buena parte de los españoles se comen los santos crudos, tienen una actitud religiosa integrista y radical impropia del libre albedrío, el gran valor cultural del cristianismo. Otra buena parte desprecia, casi siempre con ignorancia, los asuntos que se refieren a la fe y hablan de Teología como quien lo hace de fútbol o política.
Las referencias informativas que mereció San Juan de Ávila en los medios españoles, especialmente en los audiovisuales, más activos en domingo, fue ridícula. Mínimas y, además, repletas de ignorancia de lo que – culturalmente, insisto – significa el personaje en el Renacimiento europeo. Tampoco la prensa impresa dominical, atenta a las nimiedades que suelen incluir sus suplementos, aporto luz sobre la existencia y la obra de un español universal y trascendente.
No es raro que, en ese caldo cultural – en ese ambiente social -, dos de cada tres españoles se sientan decepcionados por el Gobierno de Mariano Rajoy y, simultáneamente, no sean capaces de explicar mínimamente la razón de su desencanto. La crisis por la que atravesamos, que tardará una década en solucionarse, exige ciudadanos solventes, conocedores de la situación, y no voces gritonas en demanda de lo que no puede ser.
La desinformación sobre Juan de Ávila, que traigo aquí como ejemplo del sectarismo en que estamos instalados y de la escasez de conocimientos que establece la demanda social, corre parejas con los graves asuntos que nos afectan y, en consecuencia, se habla del “rescate”, de “Bankia“, del independentismo catalán o de la energía nuclear – todo cabe en el zurrón de la ignorancia – como quien comenta con el acostumbrado apasionamiento el resultado del encuentro entre el Barça y el Real Madrid, otra pieza para la pasión excesiva y el acostumbrado enfrentamiento entre españoles.

Pablo Sebastián
José Oneto
Fernando Glez. Urbaneja
José Luis Manzanares
José Javaloyes
Primo González
Juan Fco. Martín Seco
Alberto Piris
Daniel Martín
Ignacio Sebastián de Erice
Fernando Fernández Román
Julián García Candau
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