Nº 1132 -  19 / V / 2013 
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Desde el nirvana

El fanático Hobsman

Luis Racionero
 

¿Qué otra cosa se puede llamar a un comunista que muerte en 2012 sin abandonar el partido (el partido comunista inglés le abandonó a él, disolviéndose en 1991)? A estos fanáticos hay que disolverlos en ácido sulfúrico para que acepten que se han equivocado. Persón, la idea del ácido sulfúrico no es mía, la dio un diputado español durante la República. Propuso

- Hay que disolver la Guardia Civil

- Sí, pero ¿cómo?

- Pues en ácido sulfúrico, naturalmente

El fallecido historiador Tony Judt utiliza una ironía más corrosiva que el ácido para poner en su sitio al pelmazo de Hobsbaum. De hecho, Santos Juliá lo cita en su obituario, dice Judt: “Se mantuvo comunista durante sesenta años, y a diferencia de casi todos los intelectuales fascinados por el comunismo, Hobsbaum no reconoce el más mínimo reparo. Nunca quiso reflexionar sobre el hecho de que el comunismo, desde el poder, había liquidado aquel lenguaje empírico, aquella mirada desde abajo, aquella herencia radical y aquel impulso marxista a los que debió, por partes iguales, su grandeza como historiador”-

Volvemos a la reiterada cuestión ¿por qué mentes lúcidas -¿o no lo eran?- europeas se mantuvieron comunistas después de los juicios macabros de Stalin, que Arthur Koestler denunció en “Oscuridad a Mediodía”, después de la invasión de Hungría en 1956, la de Praga en 1968 y el “Goulag” de Solzpuitzkin? Yo mismo tuve sufrir las iras de Manolo Vázquez Montalbán por comentar “El Archipiélago Goulag” en Ajoblanco. Éramos tontillos pequeñoburgueses -él vivía en Vallvidrera y conducía un Jaguar, como yo, por cierto- que distraíamos la atención ¡de la lucha de clases!, eso escribía en 1975 el comunista Vázquez trasunto de Hobsbaum, pero sin sus libros de historia.

Si uno ve que sus ideas juveniles filantrópicas son refutadas por la contrastación con la realidad, aunque haya estudiado Filosofía y Letras en vez de Física, puede y debe rechazarlas como falsas o irrealizables. Utópicas, que es un calificativo que los comunistas usaban con desprecio, sobre todo hacia los anarquistas. La propuesta comunista fue una utopía, pero en vez de benéfica como la ácrata, fue cruel, fanática y despótica. ¿Cómo se podía mantener después de Stalin? Con Carrillo y Hobsbaum se van los últimos fanáticos.

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