A principios del siglo XVI, Leonardo da Vinci, el más ilustre de cuantos genios haya dado la historia del hombre, escribía, con su elegante y florido, aunque, al mismo tiempo conciso estilo renacentista, que “la natura è piena de fenomeni que ancora non sono stati in isperienza” (“la naturaleza está llena de fenómenos que aún no han sido experimentados”). Cuatro siglos más tarde, en 1910, Sigmund Freud, en su apasionante relato “Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci” recrea la famosa y enigmática frase a la vez que examina, diseccionándola, con su privilegiada mente de escrutador del interior de la conciencia del hombre, un sueño descripto por el mismo genio florentino, de cuando muy niño. Que “la naturaleza está llena de fenómenos que aún no han sido experimentados”, la frase leonardiana, ha sido interpretada como la introducción, por vez primera, en la historia del pensamiento filosófico, del principio de casualidad, en contraposición al otro de la causalidad defendido como único y verdadero por la ortodoxia tradicional. Es decir todo lo que sucede en el universo mundo, desde el primer “bing bang” que sucedió a la negrura total de los espacios siderales, hasta la Guerra de Troya, los experimentos de Arquímedes, la presentación, en el 1795, ante el Directorio de un joven corso, brillante oficial del ejército francés, Napoleón Bonaparte, “Le petit caporal”, (El “Directorio” republicano estaba liderado por Paul Barras, – poco tiempo después de este encuentro Napoleón contraería matrimonio con la amante de Barras, Joséphine de Beauhamais) hasta su formidable estrategia militar empleada, un poco más tarde, en la liberación de Tolón, sitiada por tropas austro-españolas, al descubrimiento, totalmente casual, en 1928, de las propiedades antibacterianas del hongo “Penicillium notatum” por parte de un médico y bacteriólogo escocés, Alexander Fleming, semidesconocido en las academias científicas de la época, hasta mis encuentros sucedidos a lo largo de unos cuantos años con el que fuera el primer presidente de la transición, Adolfo Suárez, fueron fruto del principio de casualidad.
En este sentido me retengo uno de los más íntimos conocedores suaristas, pues, dejando de lado el mundo oficialista-político de Adolfo Suárez, mi trato con él fue el de una amistad entrañable compartida durante un largo período de tiempo y casi a diario. El delirante y casual mundo del destino hizo que un amigo común nos presentara en Madrid, a principios de los 50. Él estudiaba Derecho por libre en la Universidad de Salamanca, mientras yo lo hacía en la Facultad de Ciencias Económicas ubicada, entonces, en el antiguo y glorioso caserón universitario de la adoquinada calle de San Bernardo (La carrera de Derecho la cursaría en la Universidad de Valladolid).
Habrían de pasar los años para que, al final del verano de 1961, nos volviéramos a encontrar en la localidad castellonense de Peñíscola y casi ni nos recocimos el uno con el otro. De todas formas enseguida confraternizamos. Hablábamos mucho de política y del futuro de nuestro país. Fernando Herrero Tejedor, el mentor político de Suárez y su eterno secretario, primero cuando fue gobernador civil de Ávila (el padre de Adolfo que conocía a Herrero Tejedor le recomendó a su hijo que había vuelto un poco golferas, aquí te pillo aquí te cojo, de cumplir los seis meses, como oficial, de las Milicias Universitarias en el Marruecos español) y en Peñíscola, siendo Herrero Tejedor Delegado Nacional de Provincias. Este último encargó a Suárez de organizar unos cursillos de Administración Local a los que estaban invitados universitarios becados por los gobiernos civiles. Yo, en mi calidad de Jefe del SEU del Distrito Universitario de Valladolid (Universidad de Valladolid y de Deusto-Bilbao) representaba, oficialmente, al gobierno civil de mi patria pucelana. Las clases dictadas por ilustres administrativistas eran de un latazo insoportable y tenían lugar en el castillo que fuera el último refugio del legendario Papa Luna que acabó sus días excomulgado por aquel otro de Roma.
Mariscadas con excelentes y baratos langostinos en la cercana Benicasim. Noches con alguna partida de póker, juego en el que Adolfo era un maestro en arrapar todas nuestras modestas apuestas. Después conferencias a su novia Amparo Illana; se casarían de allí a pocos meses. Cinco o seis hoteles-pensiones de mediana calidad, suficientes para albergar a un modesto turismo y más que de sobra para las exigencias del escaso turismo que tomaba el sol en los días finales del verano. Después de las soporíferas clases en el Castillo, la playa de finísima arena y cuatro o cinco atrevidos bikinis de otras tantas descocadas turistas extranjeras. Entre ellos el de una joven y longilínea alemana, Marianne, que ante la prestancia física y la fácil y convincente parlanchina de Adolfo quedó materialmente prendada de nuestro futuro presidente de Gobierno. Tan obnubilada por la presencia de Suárez restó la cabecita rubia de aquella walkiria, que consintió que Adolfo la convenciera para abandonar su fe protestante y abrazar la de la Católica y Romana Iglesia. El bautizo de Marianne, al que asistí, en compañía con algún que otro amigo íntimo amigo de Suárez, tuvo lugar en una Iglesia de Madrid; padrino y madrina del derramamiento de las sagradas aguas bautismales fueron Adolfo Suárez y Amparo Illana. A Marianne la perdí de vista de cuando, después de su conversión, creo que encontró empleo como Relaciones Públicas del Hotel Conde-Duque. A Adolfo le volví, de nuevo, a perder de vista.
Capítulo aparte merece mi relación con Jesús-Aparicio Bernal Sánchez y por lo que tuvo de decisivo en el futuro político de Suárez como criatura suya. Fue Jesús Aparicio Bernal el que un día me nombrara Director del Cine-Club universitario del SEU y, posteriormente, Jefe del SEU del Distrito Universitario vallisoletano. Yo creo que buscaba para este cargo no a un militante falangista, sino a un “seglar” y nada mejor que un licenciado y periodista que colaboraba, asiduamente en “El Norte de Castilla”, referente nacional de prensa independiente y liberal, dirigido por Miguel Delibes. En suma una elección hacia “un señorito de Valladolid”, de buena y acomodada familia burguesa. “El Pensamiento Navarro me tacharía de “señorito socialista”, mientras que “Radio España Independiente”, emisora comunista que transmitía desde Praga, me llamaría, despectivamente, “señorito fascista”. Lo de “señorito” me persiguió, como un estribillo, por bastantes años, a comenzar por mis compañeros de “El Norte de Castilla” que fueron los que, cariñosamente, supongo, lo inventaron. En resumen la elección de Aparicio Bernal recayó en mi persona porque comenzaba a querer “blanquear” un poco el SEU de tanto azulón y uniforme, con botas de media caña, de algunos nostálgicos de los viejos tiempos. Poco después dimití de todas estas aproximaciones a la política activa, porque había ganado una beca, convocada por el gobierno italiano, para hacer el Doctorado en Derecho en la Universidad de Bolonia y redactar una tesis sobre “Derecho Comparado Hispano Americano”. Entretanto me había casado y prosiguiendo mis estudios fuimos a habitar en un pequeño apartamento dentro del monumental centro histórico de la capital de la región Emilia.
A mi vuelta volví a colaborar con Aparicio Bernal en la sede de una empresa de “Ingenieros Consultores” de la cual era el Director. Apenas nombrado Director de Radio Televisión Española, en febrero de 1964, me llamó para entrar a formar parte de la plantilla que estaba remodelando ofreciéndome un buen cargo y un sueldo, para entonces, sabroso. No lo pensé dos veces. Abandoné una editorial que dirigía en Valladolid y una casa recién estrenada. Como no tenía vivienda en Madrid, Mariano Nicolás, íntimo amigo desde los tiempos del SEU, al que acababan de nombrar, a sus veintinueve años, gobernador de Cuenca, me ofreció la suya situada en la calle de Comandante Fortea, dentro de un barrio que el Ministerio d la Vivienda había construido y a cuya propiedad se podía acceder por modestas cuotas mensuales. Así que mi santa, nuestra primera hija de apenas unos meses y un servidor de ustedes, nos asentamos en un espacioso sexto piso. La casualidad, siempre la casualidad, es que en el séptimo, vivía Adolfo Suárez, que había contraído matrimonio con Amparo en 1961, un año antes que nosotros, los pucelanos. Nos encontramos de nuevo y de nuevo, reanudamos la fraterna amistad, aparcada, pero no olvidada, en el entretanto. Cenas juntos, incluso ir, alguna que otra vez al cine e interminables charlas que nos entretenían hasta bien entrada la noche.
Un día invité a tomar café en nuestra provisional vivienda a Jesús Aparicio Bernal y a su deliciosa y listísima esposa Marisa que era pedíatra y que procedía de Valencia donde había sido Jefa de la Sección Femenina de la tierra de las flores. Por lo tanto ¡qué mejor médico para nuestra hija que la esposa de mi jefe superior y Director General de RTVE!
Así que desde muy jovencito, hasta ahora mismo, cuando redacto estas líneas he sido siempre un “Jesús Aparicio Bernal Sánchez dependiente” y le estaré eternamente agradecido porque cambió el rumbo de mi vida profesional regalándome la oportunidad de dedicarme, en cuerpo y alma a una profesión que amo desesperadamente. He aprendido mucho de él, de su gran cultura, de su fino talento, una de las personas más inteligentes con quien he topado en mi vida. Quizás un talento desperdiciado. Podría haber sido un presidente de Gobierno extraordinario. Al lado de los actuales y de los inmediatamente anteriores que son y han sido unos medios cucharas, se interpone un abismo.
Así que durante el curso de aquel famoso café invité a Adolfo Suárez a participar de aquella tertulia. Al día siguiente Adolfo Suárez entraría en la TVE como Secretario de las “Comisiones Asesoras”, una especie de reunión de sabios que deberían velar por el valor ético y profesional de los programas semanales de la tele. Formaban parte de este consejo, entre otros, D. José María Pemán, Torcuato Fernández Miranda, Miguel Fisac, el arquitecto en paro después que los acólitos de Monseñor Escrivá le estaban haciendo cumplir penitencia por el horrendo pecado de haber abandonado “la Obra”.
Pues, bien, aquel día de aquel café cambió, posiblemente, el futuro político de nuestro país. Aparicio Bernal había sido el artífice de la operación y yo su peón intercesor.
De los “Cursillos de Cristiandad” de Ávila, a su militancia en el Opus Dei bastó muy poco, justo el tiempo que tardó en enterarse de que su punto de referencia, el falangista Fernando Herrero Tejedor había abrazado la fe de Monseñor Escrivá. “Todos los días me desayuno con tachuelas”, me confesaría un día Suárez.
Admiro mucho a Manuel Campo Vidal y su extraordinario curriculum pofesional. No sé cuántas han sido las veces ha entrevistado o se ha encontrado con Adolfo Suárez. Le separan, como a mí, algún que otro año de distancia. Siento no estar de acuerdo cuando, por lo poco que he leído de las reseñas de prensa sobre su libro “Adolfo Suárez, el presidente inesperado”, afirma que trabajaba en solitario. No soy quien como para demonizar la desmedida sed de poder, a través de la política, que caracterizó a Suárez durante su brillantísima trayectoria. Representó egregiamente a España en el exterior aunque fuera culpable, ignoro en qué medida, del desmadre de las autonomías, sobre todo de la catalana. Lo que he contado sobre mis relaciones con nuestro ex Presidente es prácticamente irrepetible y podría relatar otra infinidad de anécdotas. Vivir en el mismo complejo habitativo, convivir, casi codo a codo en dos despachos contiguos, durante años, en TVE, cuenta mucho. Recibí de él muchos abrazos públicos de reconocimiento. No me favoreció ni una puñetera vez cuando atravesé un mal período TVE ni mientras era Director de la Primera Cadena ni cuando se sentó en el sillón dorado de la Dirección General de RTVE. No le debo nada, sino su amistad que sigo conservando como oro en paño y el recuerdo de muchos días alegres que pasamos juntos.
Quizás muchos de sus biógrafos o hagiógrafos ignoran que durante su presidencia de gobierno, fue un Presidente “vigilado”. Su autonomía de decisión fue un tanto limitada. Todo ello se controlaba y se cocía desde el tercer piso izquierda del número 13 de la Avenida madrileña de Alberto Alcocer, casa y despacho de Jesús Aparicio Bernal Sánchez. Tenía colocados a cuatro o cinco de sus antiguos fieles del SEU como ministros o secretarios generales. Juan José Rosón, Rodolfo Martín Villa, Mariano Nicolás velaban para que Adolfo no descarrilara excediéndose de lo tácitamente pactado. Adolfo respetó siempre a Aparicio Bernal.
Compi que has cumplido 80 tacos y ellos pesan más que una vaca en brazos ¡Si lo sabré yo que somos coetáneos! Mecachis, qué puñetera suerte te ha reservado el destino. Has perdido la memoria, si la conservaras te reirías un rato largo leyendo estas líneas que te dedico con todo cariño. Pero ¡coño! no pierdas la esperanza y yo recordaré por ti las palabras de Leonardo da Vinci: “la naturaleza está llena de fenómenos que aún no han sido experimentados”.

Pablo Sebastián
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