España se está convirtiendo en el contramodelo económico mundial más famoso. Ya lo había anticipado el ex presidente francés, Nicolás Sarkozy, en la última fase de su reciente campaña para las presidenciales, cuando preguntaba a los franceses aquello de ¿os gustaría estar como España?, que completaba con un breve resumen de la obra que nos había dejado Zapatero después de siete años de socialismo en el poder. Era su forma de agredir a su rival Hollande, más que poner en evidencia a Zapatero, aunque de poco le servició, como hemos visto.
Llega ahora el candidato conservador a la presidencia de Estados Unidos, Mitt Romney, y nos regala con otra joya para la colección durante el debate con Obama ante unos cuantos millones de televidentes estadounidenses en hora de máxima audiencia. Ha dicho que España es un mal ejemplo de lo que no se debe hacer en gasto público, tras recordar que el 42% de la economía española se consume cada año en gastos gubernamentales.
Es ciertamente milagroso que España, uno de los países que mejor sale en las estadísticas de deuda pública, esté siendo puesta como ejemplo en estos momentos, sobre todo en países como Estados Unidos, al que la OCDE reprochó hace unos meses su excesivo nivel de gasto y sobre todo de endeudamiento, recomendándole que redujera este último a la mitad y que en ningún caso superase el 50% del PIB. Los estadounidenses también realizan un importante dispendio para mantener a su costoso sector público, por mucho que los justifiquen y explican señalando que su papel de “gendarme” de la paz mundial les obliga a unos altos gastos en Defensa. La utilización del caso español como estereotipo en el ámbito internacional pone de relieve en todo caso la pobreza de resultados de nuestro servicio diplomático exterior, que no está siendo capaz de transmitir una imagen adecuada de la realidad española. Con tanto dinero como nos cuesta, sería deseable exigirle algo más de eficacia.
El campeón de la deuda pública mundial (mundo desarrollado, se entiende) es Japón, con un 200% de deuda sobre su PIB. Estados Unidos e Inglaterra han utilizado con largueza el dinero público para manejar sus respectivas economías. España ha llegado a tener una deuda de apenas el 40% del PIB, la mitad que la Unión Europea, que ronda el 90%. España, por desgracia, y debido al descontrol del último Gobierno de Zapatero, se ha disparado en los años recientes y se encamina, según estimaciones de analistas, hacia el 90% de deuda sobre PIB en el año 2013.
No es posible comparar la economía de Estados Unidos con la española en ningún parámetro. Ya hemos visto cómo cuando el mundo financiero internacional percibe que España puede tener problemas para devolver la deuda en el futuro, se nos cierran todos o muchos de los canales de financiación, algo que no sucede con la economía de Estados Unidos, que goza de crédito ilimitado, además de dictar las condiciones de coste, algo que resulta impensable para un país medio como España. Pero las cifras españolas han sido hasta hace bien poco la envidia de las Haciendas públicas de todos los países de la OCDE. Estarían en la gloria financiera los americanos si tuvieran un Estado tan saneado como el que tenía España hasta hace dos o tres años, a pesar de que no hacemos más que criticar los altos costes de algunas de nuestras administraciones periféricas. Y con razón.
La afirmación de Romney es en todo caso una descortesía, una forma de achacar a los demás algunos pecados que ellos mismos practican con asiduidad y en suma un agravio comparativo, porque ni de lejos España es el mejor ejemplo occidental del dispendio público, aunque estemos ahora mismo empeñados en una severa cruzada por ajustarlo a la baja.