Nº 1133 -  20 / V / 2013 
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OPINIÓN

Con la que está cayendo

Daniel Martín
 

Resulta harto extravagante que los medios de comunicación y muchas personalidades se encuentren en pleno debate sobre el alcance del derecho a manifestarse que recoge nuestra Constitución y es comúnmente aceptado por los países de nuestro entorno. Es cierto que el hecho de que en Madrid haya una media de diez manifestaciones diarias resulta tremebundo, difícil de creer, demoledor para una economía que hace agua por todos lados. Pero no creo que el problema resida en la regulación del derecho, sino que es fruto de la desesperación social, la corrupción política y la mala educación ciudadana.

Mucho más extravagante resulta que en Cataluña y el País Vasco se hable ahora de una posible ruptura con España, de la que forman parte desde hace siglos de manera tan esencial como Extremadura o Galicia. Cada uno tiene derecho a elegir a qué nación quiere pertenecer, pero hablar de procesos independentistas cuando en Europa queremos estar más juntitos y cuando no hay dinero ni para pagar los sellos resulta tremebundo, difícil de creer, demoledor para una economía que hace aguas por todos lados. De nuevo la mala educación es pieza clave de la ecuación, y a ello se une la desesperanza de una ciudadanía dispuesta a seguir a cualquier iluminado con un mínimo poder de convocatoria.

Entre las muchas extravagancias que nos afectan, la más irónica es esa de querer rodear el Congreso cuando este ha desaparecido por completo del juego democrático. El presidente del Gobierno, también líder del Partido en el poder y de la bancada mayoritaria en el Parlamento, apenas aparece por este, como si no fuera más que una discoteca pasada de moda. Los debates, siempre cojos si los hubiera, tienen lugar en prensa, radio y televisión, con paniaguados sirviendo a unas siglas mientras el común de los españoles se desespera ante la inquietante salud nacional.

Hemos perdido el norte. Desde hace años. Pero encima ahora las cifras económicas revelan el fracaso de un modelo que agoniza por la elefantiasis del modelo administrativo autonómico, a su vez dominado por unos partidos políticos que tienen mucho de tumor maligno para el cuerpo nacional que, sobre todo, necesita una mejor alimentación cerebral en forma de educación a todos los niveles, desde el jardín de infancia hasta la senectud, pasando por los profesionales medios, los parados y, sobre todo, los políticos y los que viven a costa de enfrentarse a estos.

La situación es insoportable. Comprar un periódico o ver un informativo se ha convertido en misión de audaces. Por eso quizás lo mejor es mirar hacia otro lado y esperar a ver si escampa, ya sea vía rescate alemán, ya sea vía un milagro mariano.

En tiempos procelosos como estos no hay nada como la lectura para evadirse de la realidad cotidiana. Algún día de estos -el caos editorial impide saber la fecha exacta- estará disponible “Tengo tu número”, la traducción de la última novela de Sophie Kinsella, un soplo de aire fresco en forma de comedia romántica que critica la dependencia de la gran mayoría para con los teléfonos móviles y similares. Aunque sea durante un par de horas, este libro gratificará el alma. Y a pesar de su inverosímil trama -riquísima, digna de un peliculón- es mucho menos extravagante que la realidad que nos sorprende cada día. ¿Quién iba a decirnos que Gregor Samsa metamorfoseado iba a ser más creíble que el comportamiento de la clase política de un país?

dmago2003@yahoo.es

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