Es como si el triple asesinato de Barinas, el feudo político y familiar de los Chaves – cuyo gobernador es su hermano Adán, que sucedió a su padre en la misma responsabilidad -, hubiera operado como un resorte. Horas después del ataque pistolero contra la cabeza de la manifestación opositora, matando a tres de sus integrantes, Caracas registraba este domingo lo que puede haber la sido la más grande presencia de una alternativa electoral al chavismo al cabo de tres legislaturas de desvarío bolivariano. Añadidas explicaciones a tan inédito hecho de masas en el espacio de una generación, habrían de girar sobre el hecho novísimo de que la sociedad política venezolana haya sido capaz de articular una concertación electoral, desde la derecha al centroizquierda, expresada en términos de candidatura única.
A caballo de una perversión ortográfica – eso de la H en el Enrique de Carriles -, la propuesta para la normalización democrática en la primera potencia petrolera hispanoamericana, lo que augura la gran manifestación caraqueña coincidente con el fin de la campaña electoral, es la sólida probabilidad de que las urnas hagan pasar la página de una singularidad, la chavista, tan aberrante aun dentro de la nutrida galería de los despropósitos políticos iberoamericanos. Algo tan notorio como asistido de abundantes soportes genéticos específicamente propios de la cepa hispánica…
El fenómeno Capriles y del complejo de partidos democráticos que lo soporta, estaría llamado ya a ser otro tipo de singularidad política capaz de operar como antídoto suficiente para acabar con la fuga bolivariana de la realidad; es decir, para atender las necesidades más perentorias de las mayorías venezolanas. O sea, todo cuanto incluye desde la atención de las clases más desfavorecidas al restablecimiento de las condiciones necesarias para la seguridad individual y colectiva, tras del fracaso del Estado bajo la mano de Hugo Chávez.
De señalar es también la ausencia hasta ahora, en la campaña electoral venezolana, de otras claves de anormalidad que no sean el episodio de pistolerismo en Barinas, o el temor a que el golpismo de izquierda – con asistencia de las penetraciones cubanas en los resortes de seguridad del Estado – y de las fórmulas iraníes de los “bashiri”, que compendian rasgos del milicianismo frentepopulista con técnicas policíacas de la Gestapo nazi.
De todos modos, y en tanto las urnas no registren los términos definitivos del cambio, validados pertinentemente por la autoridad electoral, lo que se ha abierto en Venezuela es sólo una expectativa de cambio. Un giro histórico que resultaría al cabo de un triunfo de la sociedad civil frente a las condiciones establecidas por una aventura política de perfiles totalitario, sólo superada por la revolución comunista cubana con su medio siglo de historia a cuestas.
Mucho es también ese adiós al miedo ahora establecido como un logro irrenunciable. Pero es necesario también señalar qué potencialidades de cambio hemisféricos se contienen en la probabilidad histórica del 7 de octubre. Todo el variopinto populismo americano esparcido al sur de Río Grande habría de experimentar una contracción equivalente al cierre del flujo de petrodólares con que el chavismo nutrió el bolivarismo.