Nº 1133 -  20 / V / 2013 
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OPINIÓN

El secreto de las cursiles fotos de Letizia

Jaime Peñafiel
 

Posiblemente tenga razón mi querida compañera Ana Romero cuando escribe en El Mundo, que “de no haber existido el reportaje, (cursi el) de Letizia con el príncipe y sus hijas Leonor y Sofía, el foco se hubiera posado, lógicamente, sobre la biografía de la consorte”.

Obligado era hacerlo. Se trataba no de un aniversario de boda sino de un cumpleaños. Pero “esos dos bastones humanos que están dando la vuelta a La Zarzuela como un calcetín, Rafael Spottorno y Javier Ayuso” (jamás un jefe de prensa o de comunicación de la Casa Real de los cinco habidos hasta hoy: Fernando Gutiérrez, Asunción Valdés, Juan González Cebrián, Ramón Iribarren y Javier Ayuso, ha tenido tanta proyección mediática como Javier) pensaron que mejor desviar la atención de la prensa, entreteniéndoles con las fotografías. Tal hacía el inolvidable y llorado general Sabino cuando, a cambio de silencios, te regalaba alguna información. Objetivo cumplido.

Si se hubiese tratado de festejar los ocho años de matrimonio, hubiera sido lógico recordar lo sucedido desde el anuncio oficial del compromiso, en el palacio de El Pardo, hasta el día en que entró como periodista en la catedral de La Almudena y salió convertida en princesa consorte de Asturias. También el nacimiento de sus dos hijas, la muerte de su hermana y de sus abuelos, su cambio físico tras pasar por el cirujano plástico, sus meteduras de pata que haberlas las ha habido y sus aciertos, que también.

Pero lo que se festejaba, el día que se publicaron las fotos de Cristina García Rodero, era el 40 cumpleaños de Letizia. Por ello, lo normal, lo obligado era recordar, no solo el día en que nació, allá en Oviedo, sino también por qué la bautizaron con ese nombre de Letizia con z y no con c, además su infancia, su adolescencia, quienes fueron sus padres, de que vivían, cuál era la vida de mamá, enfermera en un ambulatorio, la de papá, un modesto técnico de radio, la de sus abuelos maternos, taxista él, pescadera ella, y paternos, Menchu locutora de una emisora; el colegio en el que estudió, el traslado a Madrid, su entrada en la universidad, su primer enamoramiento de un profesor, Alonso Guerrero, que se convertiría en su primer marido, su divorcio, su fichaje en televisión, su segundo amor, David Tejera, un compañero de Antena 3 “un tipo herido pero buen tipo sin duda” con quien estuvo a punto de casarse y su gran amor, el príncipe.

Todo esto y mucho más se hubiera recordado de no aparecer ese polémico reportaje, estilo Hola, de 16 fotografías que taparon su apasionada y apasionante biografía que Letizia todavía no tiene porque nadie se ha atrevido. Urdaci lo intentó pero ella se lo prohibió. Alguien, algún día, la escribirá.

Como he dicho varias veces, su vida no es como la de Jesucristo que solo se conoce desde los 30 años. La de Letizia, a partir de los 32, edad que tenía cuando todo el mundo supo de su existencia al casarse con el príncipe de Asturias.

Cuando se convierta en reina consorte, si es que llega ese día, espero que La Zarzuela tenga ya preparada su auténtica biografía, la de una joven de su tiempo. A lo mejor, la escribo yo.

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