Francisco Pi i Margall fue presidente de la I Republica Española menos de un mes; pero en tan corto periodo de tiempo hizo planteamientos que, en nuestros días, siguen invitando a la meditación. Insistió bravamente en una política distinta, federal y abierta, con las provincias españolas de América sin obtener la atención de sus opositores. Es muy posible, como reza la lápida de su enterramiento en el Cementerio Civil de Madrid, que si España hubiera seguido sus consejos no habría perdido su imperio colonial. Desgraciadamente, entonces como ahora, las voces más lúcidas de la Nación claman en el desierto y solo destacan, por su contumacia, las de los necios, que son legión.
Muchos años después de Pi i Margall, Adolfo Suárez – “un tahúr del Mississipi” según el juicio político de Alfonso Guerra – insistió, sin referencias federales, en el problema de la unidad nacional y alentó, en lo que pudo, una Constitución que, en su Titulo VIII, pretendía servir de marco a una Nación unida en sus diferencias. Literalmente: “Las Autonomías no pueden convertirse en un vehículo de exacerbación nacionalista, ni mucho menos pueden utilizarse como palanca para crear nuevos nacionalismos particularistas”.
Hoy, avanzado el 2.012 y gracias a nuestro peculiar sistema educativo – ¡ojalá prospere el “plan Wert” -, nuestros jóvenes no tienen una remota idea de quien fue Pi i Margall y, lo sospecho, tampoco conocen a ciencia cierta la figura y el papel de Adolfo Suárez en la Transición. El catalán es poco menos que una sombra y el castellano, de Cebreros, un hombre que esta semana cumple ochenta años de vida aunque, para nuestra pena, hace ya una década que dejó este mundo. Las prédicas de ambos, con la conveniente poda americana, siguen estando dramáticamente vivas. Seguimos sin ser un Estado preciso en su territorio ni en la voluntad nacional de quienes lo habitamos.
En estos momentos, sin atender al hecho de que dos tercios de la población española vive en situación difícil, bien sea por el paro, el subempleo o su condición pensionista, el país sigue enzarzado en discusiones que, en el fondo, solo tienen sentido para los profesionales de la política, para quienes han hecho oficio y beneficio de su protagonismo partidista.
Mientras Mariano Rajoy, sin atender los consejos de los más prestigiosos economistas nacionales y extranjeros, sigue deshojando la margarita de la petición de rescate al BCE, los datos económicos resultan crecientemente alarmantes y se palpa en la calle la dificultad por la que atraviesan muchos de nuestros conciudadanos. ¿Es admisible, en esas circunstancias, un inoportuno debate sobre la “independencia” de Cataluña?
Es evidente que España necesita un debate profundo sobre su propio futuro, un periodo constituyente – como no lo fue el previo a la Constitución de 1.978 – que aúne voluntades para un nuevo diseño nacional; pero es imprescindible, primero, solucionar nuestro presente económico. Es posible que el hambre agudice el ingenio de las personas, aunque yo no lo crea; pero es seguro que enturbia la conducta de los pueblos. Y aquí el hambre se nota. Está en la calle.
Rajoy ya ha conseguido “librarse” de todos los notables del PP que eran de su mayor agrado. De hecho, solo Jaime Mayor Oreja sigue donde estaba. Los demás han pasado, casi todos ellos y literalmente, a mejor vida. Ahora, sin “obra muerta”, podrá gobernar a su gusto y capricho. Las crisis – la económica y la política – parecen demandar un mínimo acuerdo entre el PP y el PSOE, aunque estemos en vísperas electorales en dos circunscripciones autonómicas notables. No es cuestión de perder tiempo. Un pacto de Estado, al menos en lo referente a las líneas maestras para la salida de la crisis en el ámbito de la solidaridad continental y en lo que afecta a la unidad nacional, parece exigible a Rajoy y, mientras lo sea, al jefe de la oposición, Alfredo Pérez Rubalcaba.
El federalismo de Pi i Margall, en sus días, pudo haber cambiado el mapa del mundo con menor uso de colores nacionales y el espíritu de Suárez en los tiempos de UCD, de no haber sido menospreciados por el desdén socialista, nos hubiera llevado a una España no desvelada por el “café para todos”, sino bien alimentada con “la tabla de quesos”.

Pablo Sebastián
Fernando Glez. Urbaneja
Marcello
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