Los Estados Unidos tienen su propia lógica en muchos aspectos que para los europeos resultan asombrosos. Lo fue la ley seca en su día y sigue siéndolo el libro comercio de armas, incluso la pena de muerte en los estados que siguen aplicándola. Y ahora también asombro un sistema fiscal que permite que el candidato Romney pague menos impuestos que la media aunque sus ingresos y su fortuna cuentan en el primer decil incluso en el centil de los más ricos.
Detrás de ese dato está la reforma fiscal extraordinaria promovida por Bush en su día para reactivar la economía a base de rebajar los impuestos a los que más ganan para que reinviertan y creen riqueza y empleo. Rebajas especialmente para las rentas del capital consideradas como ingresos extraordinarios y primados con un tipo muy amable.
El presidente Obama quiso poner punto final a esas ventajas pero el Capitolio no dio su conformidad, de manera que el presidente tuvo que transigir, como en tantas cosas. A eso se llama el realismo de Washington y del juego de intereses y lobistas; los ricos financian más campañas de congresistas y senadores que nadie y eso tiene un precio y un resultado.
En este caso la evidencia va a ser demasiado contundente incluso para los norteamericanos y ese 14% de (de) presión fiscal que disfruta el candidato Romney puede costarle la elección, eso y los errores que acumula en la campaña que indican que es bastante metepatas además de demasiado sensible a cada audiencia. Los próximos debates con Obama ante las televisiones, que son de verdad y no como los monólogos sucesivos de aquí, pueden redimir a Romney, pero no es probable, aunque les prepara como si fueran el último recurso.
Obama lleva la carga de la desilusión que ha causado, de las promesas incumplidas, pero cuenta con base electoral más amplia que Romney y sale con ventaja en los estados que aportan los delegados decisivos para alcanzar la mayoría de los votos presidenciales. La batalla crucial para el actual presidente es lograr una mayoría suficiente en las cámaras para poder cumplir las promesas pendientes, para hacer la, política interna que cree puede consolidar la recuperación de los empleos perdidos, que pasa por reducir el déficit aumentando los impuestos a quienes pueden pagarlos, aunque tratarán de resistirse. Lo poco que paga Romney, los obstáculos que pone a la transparencia personal y esas inversiones que ha mantenido en paraísos fiscales, le colocan en una posición débil, perdedor pro méritos propios; confirma que la nominación fue un error. Pero hasta noviembre todo es posible.
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