Cuando se embarcaron en el proyecto de “La vida de Brian”, los integrantes de los Monty Python sabían que, aunque no había ninguna crítica a Jesucristo, iban a crear polémica con su parodia de la religión, de la política, del sectarismo, de la sinrazón humana… su genial fresco de nuestras miserias a partir del absurdo. Estrenado en 1979, el filme fue prohibido en países como Noruega -para regocijo de los dueños de los cines suecos- o Irlanda, donde la acusación de blasfemia no fue revocada hasta 1987.
“La vida de Brian”, hoy en día, es considerada una de las mejores comedias de siempre. La vida del protagonista corre paralela a la de Jesús de Nazareth, pero sólo los fundamentalistas más recalcitrantes la consideran todavía un vehículo diabólico. El tiempo y el sentido común permitieron el triunfo de la libertad de expresión, principio esencial y una de las fuerzas motoras de Occidente, aunque a veces conlleve soportar el mal gusto de los inevitables energúmenos que en el mundo siempre han sido.
En Estados Unidos alguno de estos ha rodado, de mala manera, un cacho de una película titulada “La inocencia de los musulmanes”, infame parodia de Mahoma. Habría pasado completamente desapercibida si no hubiese sido por los fundamentalistas musulmanes, siempre con ganas de armar gresca contra Occidente, el gran enemigo infiel. Mientras casi nadie ha visto el vídeo por estos lares, en los países islámicos -donde religión y Estado marchan de la mano- ha proliferado actos violentos contra intereses occidentales (infieles), dejando de paso unos cuantos muertos. El nuevo presidente de Egipto, Mohamed Morsi, osó incluso afirmar que la inacabada película era “un crimen contra la Humanidad”. ¿Mayor o menor que el considerar a la mujer como esencialmente inferior?
Esta semana, la revista satírica francesa “Charlie Hebdo” ha publicado unas caricaturas de Mahoma. Francia, para evitar males mayores, cerró preventivamente embajadas, colegios y centros culturales de más de 20 países. Una muestra de nuestra libertad de expresión, en forma de humor -el animus iocandi siempre fue una eximente- genera de nuevo ira en el Islam y un miedo tremendo en Occidente ante las probables represalias.
Uno de los principales problemas del mundo globalizado es el choque de las civilizaciones cristiana y musulmana. Kapuscinski ya advertía del fundamentalismo religioso como una de las principales amenazas del siglo XXI. Pero estos casos de violencia despertada por las manifestaciones de la libertad occidental no solo apuntan al islamismo radical. Los musulmanes consideran blasfemias, ataques directos contra su cultura lo que para nosotros son simples chistes o, en el caso del filme, absolutamente nada. Además, los que no son musulmanes son infieles, distintos, inferiores, objetos de un perentorio proselitismo (1).
Desde hace años leo todo lo que puedo sobre el Islam. Lo último, “La historia de los árabes”, de Albert Hourani, espléndido aunque un tanto pesado libro que ilustra perfectamente en qué consiste y se sustenta lo musulmán. Cuanto más conozco, más me doy cuenta de que las bases de la civilización heleno-romana (2) y la musulmana son incompatibles. La cuestión no es, como argumentan algunos, que nos encontremos en distintos estadios evolutivos. El problema es que aquí hemos conseguido que la libertad del individuo prevalezca sobre la sociedad, y allí el individuo está sometido a una sociedad estatalizada según unos principios religiosos. No somos agua y aceite; pertenecemos a estados físicos diferentes.
La cuestión es realmente preocupante. En el mundo globalizado la convivencia es inevitable. Pero cuando nosotros, después de dos milenios, hemos sido capaces de librarnos casi por completo del despotismo religioso, ellos exigen que respetemos sus creencias a costa de renunciar a nuestros principios. Algo que, de momento, hacemos a menudo. Tan solo la plena consciencia del problema al que nos enfrentamos desde los dos lados de la ecuación permitirá el planteamiento de algún tipo de solución. La “alianza” parece imposible. La lucha, indeseable. Entonces, desde el miedo que les tenemos y el odio/desprecio con que nos miran, ¿qué narices podemos hacer?
(1) Proselitismo no muy diferente al de aquellos que intentan exportar de manera forzosa la democracia, sistema incompatible con algunas culturas.
(2) La confusión de los términos heleno-romano y judeo-cristiano sólo interesa a los fundamentalistas cristianos, que de todo hay en el reino del Señor.

Pablo Sebastián
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