Robert Hughes, que murió hace apenas un mes, el día 6 del pasado mes de agosto, en Nueva York, tenía la gran virtud que muchos polemistas de pluma brillante pero más superficiales no poseen: el impelente afán a documentarse en la búsqueda de datos y noticias sobre la presa que pretendía cobrar con las armas de su enorme cultura y la soberbia finura de su escritura. Por todo ello “La cultura de las lamentaciones”, ensayo lanzado al comercio por la editorial “Adelphi” y recientemente aparecido en los escaparates de las librerías de toda Italia, ha hecho tanto mal a los imperativos y a los dogmas del “políticamente correcto”. Era y continúa siendo una enciclopedia de los desastres, ordenados meticulosamente con la minuciosa precisión de un perfeccionista, causados por el culto de los “políticamente correctos” y que cierra las puertas a cualquier otra posible salida.
Fue el primero en atacar el “políticamente correcto” de la cultura americana o lo que es lo mismo: la amarga reflexión sobre la inexorable realidad del ocaso de la cultura americana en el momento en que comenzaban a renacer, después de largos siglos de letargo, otras culturas y otras nuevas formas de concebir la sociedad, la política y la economía. A partir de los años sesenta, sostenía Hughes, la polarización política ha invadido todos los ángulos de la vida, incluso la existencia cotidiana. Hughes era australiano y en su intensa vida conocía bien, aparte de su país natal, Inglaterra y Estados Unidos. Sus desconsoladas observaciones sobre la permanente polémica entre progresistas y conservadores polarizaron la entera política del mundo occidental, incluyendo en ella a la europea. “La cultura de las lamentaciones” era un ataque frontal a esa marea creciente de la “political correctness” que estaba invadiendo la universidad americana, el mundo del periodismo, del espectáculo y, en fin, la vida cotidiana, desde el puesto de trabajo hasta la propia intimidad del hogar.
La polarización, decía Hughes, es una droga, es la cocaína de la política. Y como toda dependencia es muy difícil desintoxicarse, erradicarla cuando tiene la peligrosidad del valor añadido de las mezclas con otras substancias, en cuanto desvitaliza el vocabulario y la memoria histórica, elementos necesarios para defenderse de ella. Los años noventa han sido, quizás, la “belle époque” del “politically correct”. Fueron los años de los que todavía se recuerda cuando una estudiante abandonó el aula del liceo, dando un portazo, acusando a su profesor de ser un “arrogante descalificador” porque el pobrecillo había osado afirmar que las vacas y las gallinas no poseían un lenguaje tan avanzado como la del género humano.
Robert Hughes que como crítico de arte fue conocido por no utilizar medidas suaves en sus comentarios, juzgó con severidad a Andy Warhol por colorear, en serie, simples fotografías de las divas cinematográficas del momento como Elisabeth Taylor o Marilyn Monroe. No hubiera sido “políticamente correcto” el disentir de una opinión generalizada cuyo parecer estaba presionado, mediáticamente, por una minoría interesada económicamente en ser el pastor de un rebaño de ovejas. La universidad americana y, por contagio, la europea, opinaba, con razón, Hughes, está tan absurdamente especializada y sus representantes tan obsesionados por “hacer carrera” que parece haberse convertido en “La Academia del Lagado”, tan bien descripta por Jonathan Swift en “Los viajes de Gulliver“, un lugar donde los científicos extraen los rayos de sol de los pepinos y los arquitectos construyen las casas comenzando por el tejado.
Leyendo “La cultura de las lamentaciones”, me ha dado por pensar que tanto en Italia como en nuestro pobre y desorientado país está vigente, como nunca lo estuvo anteriormente, el “políticamente correcto”, con las ovejas de la ciudadanía bien vigiladas dentro del redil. El que “los científicos traten de extraer los rayos de sol de los pepinos y los arquitectos construyan las casas comenzando por el tejado, como en “Los viajes de Gulliver”, lo estamos presenciando, a diario, con las inadmisibles decisiones políticas y económicas del actual gobierno pepero de España y con las respuestas no menos obtusas que la de sus antagonistas sociatas que, además de ininteligibles, con su clásico lenguaje, al zapateril estilo, acostumbran a decir lo que piensan sin tomarse la molestia de pensar antes lo que se dice.
Y nuestro país está tan totalmente inmerso en el “políticamente correcto” que, si no fuera por lo que ha costado, me hubiera gustado arrojar a la caja tonta por la por la ventana. Porque, habiendo dado varias veces la vuelta al mundo y conocer, en primera línea informativa, la crueldad humana en medio de guerras y desastres, lo sucedido, informativamente hablando, con la enorme influencia mediática que posee la tele, en el curso de estos dos últimos días ha sido el intolerable paradigma de lo “políticamente correcto”.
Y me refiero a la muerte de uno de los mayores asesinos de la doliente España republicana, varios millares de víctimas han pesado sobre su maldita conciencia, sin haber expresado ni el más mínimo arrepentimiento por los horrendos crímenes cometidos a lo largo de su dilatada existencia.
Yo, ante la muerte, siempre he sentido un respeto imponente, porque, como escribió Hemingway “cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra” y, citando los versos del poeta John Donne, añadía: “La muerte de cualquier hombre me disminuye porque yo formo parte de la humanidad, por tanto nunca mandes a nadie a preguntar, por quién doblan las campanas: están doblando por ti”. Poema que da el título a “Por quién doblan las campanas”, la obra maestra novelada, quizás también la más leída y difundida, sobre la Guerra Civil Española que el autor la vivió como corresponsal para la prensa estadounidense. Por todo ello yo también siento respeto ante la muerte de este hombre aunque sus miserables y cobardes crímenes hayan ensuciado su conciencia de por vida y aunque yo mismo hubiera tenido el sentimiento de matarle con mis propias manos por el irreparable mal que, en vida, causó a mi país, a mi patria, por las miles de víctimas inocentes que desde sus sepulturas, conocidas o ignotas que sean, están aún clamando justicia. Y es una mayúscula majadería el intentar el olvido y cuenta nueva con la “reconciliación”, esa palabreja inventada y difundida por sus acólitos, hogaño nuevos demócratas y no tan antaño feroces stalinistas.
Tendrán que pasar, al menos, dos o tres generaciones para que la Historia coloque a cada uno en el lugar que le corresponde. Fidias, Leonardo da Vinci, Miguel Angel y Rafael, sólo por citar sólo cuatro excelsos maestros del arte universal, de entre los centenares de miles que ha dado la historia de la humanidad están, desde hace siglos entronizados en el paraíso de la belleza. Al igual que Homero, Dante, Shakespeare y Cervantes, son ya glorias insustituibles de la literatura universal. De Jack “El destripador” sabemos que fue un incorregible sicópata cuyo maníaco comportamiento le llevó a destripar, apuñalándolas, a ocho o diez prostitutas entre las nieblas londinenses, aunque la literatura británica haya enfatizado excesivamente sus hazañas. Pasando el tiempo, quizás no tanto, las generaciones que nos sucedan tendrán noticias de Santiago Carrillo, como las de un robaperas desviado hacia el crimen de masa, durante una guerra que tuvo lugar en España, como si hubiera sido entre cartagineses y romanos y con dos o tres líneas despacharán su memoria los libros de texto de las escuelas de párvulos.
Pero lo dicho en los debates políticos de la tele, la oficial gubernamental y las otras, más o menos libres, por los acostumbrados “opinionistas” han sido de un calibre rayano a la insensatez, sino a la más manifiesta estupidez, algo ofensivo al sentido común, al más humilde conocimiento de la reciente historia de España y de una intolerable desvergüenza nacional.
En primer lugar llamar demócrata a un comunista-stalinista, como lo fue toda su vida Santiago Carrillo, sería algo así como tachar de ateo a Cristo. El comunismo es la antítesis de cualquier régimen por donde despunte un mínimo de Estado liberal-democrático. El social-comunismo ha sido la más grande tragedia que ha enfangado de miserables crímenes la memoria del siglo XX. Y venir ahora a glorificar a un social-comunista-stalinista como lo fue Santiago Carrillo, me parece de un patetismo escalofriante. Dibujar su personalidad como si hubiera sido el artífice de la transición me parece de una idiotez suprema. La llamada transición, como también se ha apuntado tímidamente, fue sólo una especie de milagro del pueblo español.
Las opiniones que sobre el papel pacificador de Santiago Carrillo han expresado nuestros próceres políticos, desde el partido de gobierno al de la oposición, son la más fiel representación de que vivimos en una desdichada época de lo “políticamente correcto”. Por ejemplo las declaraciones de Adolfo Suárez Illana, sin duda el menos dotado de la familia del ex presidente de gobierno para ejercer cualquier función pública, declarando que hablaba en nombre de su padre, que, como todos sabemos, no puede opinar, – nuestro recordado Adolfo Suárez y gran amigo mío desde los tiempos universitarios – , son un cúmulo de gilipolleces en cadena, una detrás de otra. Parecía el panegírico dedicado un Churchill a un Adenauer o a un Gandhi. Yo recuerdo que mi abuelo decía que el buen Dios había dado la boca a los hombres para tenerla cerrada. Que el mayor éxito social-político del joven Suárez Illana es el haber hecho un bodorrio, de los que aquí te espero casándose con Isabel Flores, hija del ganadero Samuel Flores, todo un fortunón.
El que esto lo digan los compares de Carrillo me parece natural. Así uno de ellos, secretario del finado o algo así, no recuerdo el nombre, decía que estudiando Ciencias Políticas el catedrático de Teoría del Estado, Manuel Fraga Iribarne le expulsó no sé cuántas veces del aula universitaria. A mí no me extraña nada, lo que no comprendo es como no le expulsaran de la Universidad, porque la barbaridad como la que espetó el otro día lo hubiera merecido. El afirmar, absolviendo al mandante de Paracuellos del Jarama que fue Quevedo quien dijo, “quien no tenga pecado que tire la primera piedra” con tal de ignorar a un tal Jesús de Nazaret, es algo de locos y era también la justificación para expulsarle de la tertulia. Pero nada, ni el conductor del programa ni ninguno de los asistentes al mismo movieron un dedo. (Confieso ignorar si en la obra de nuestro genio del “Siglo de Oro”, existe esta frase. Lo cierto es que mil seiscientos años antes la pronunció “otro”). Decía Marx “Si en el vértice del Estado se toca el violín ¿no es de esperar que debajo de él se baile? Pues desde su Majestad el Rey de España, hasta el Presidente del Gobierno, hasta el último pingüino ¡hala, todos a bailar!
El afirmar que el reconocimiento de la Monarquía y el paso a la democracia de Santiago Carrillo es un valor a tener en cuenta es algo que no tiene sentido. Quien haya leído a Marx o a Lenin, sabe muy bien que el fin último de la doctrina marxista-leninista es la obtención del poder, el conseguir “la dictadura dl proletariado” a través de cualquier medio, con la mentira, por ejemplo. La de Carrillo, como la de otro cualquier auténtico convencido del marxismo-leninismo no fue otra cosa que una táctica temporal, fallida gracias a Dios, dentro de una estrategia temporal.
Naturalmente que de la otra parte se cometieron barbaridades horrendas, pero en las cunetas no sólo yacen restos rojos, sino también azules. “El paseo”, se dio indistintamente en uno y otro bando. Yo mismo he escrito un libro de memorias, “Oraciones para una guerra”, de cuando niño viví asustado todo esto.
Permítaseme una anécdota. El marido de una hermana de mi madre, entonces soltero, – yo mismo junto a una prima mía llevamos la cola de la novia un día de agosto de 1939 en Valladolid, estuvo cautivo durante casi un año de otro ilustre matarile republicano, “El Campesino”. Un buen día descargó a todos sus presos de un camión y comenzó a fusilarles. Al llegar el turno a mi tío, que era médico cirujano se detuvo porque notó sus brazos amarillentos por efecto del yodo y le preguntó lo que era eso; mi tío le contestó diciendo que era médico y operaba, como fiel cumplidor del Juramento de Hipócrates, en un hospital de campaña. “Vaya otro intelectual, contestó “El Campesino” y a punto estuvo de cargársele si no hubiera sido por la oportuna intervención de un “compañero socialista” que le dijo que un médico le podía servir. Mi tío murió al cabo de unos cuantos años a causa de las privaciones y enfermedades contraídas durante su cautiverio en un hospital “rojo”.
La sedición, la rebelión, es el peor crimen que se puede cometer contra la integridad del Estado. Contra ella tendría que intervenir el ejército y detener, inmediatamente a sus responsables para ser juzgados por un tribunal militar de justicia. Señor Mas, usted es un sedicioso y debería cumplir condena lo más lejos posible de Cataluña, en un fortín de Tarifa, si, por ejemplo existe o en un islote de las Canarias. Pero no se preocupe, que no le pasará nada, vivimos en país sumiso al “políticamente correcto”. Y estamos a falta de ovarios y genitales masculinos para salir de esta situación.

Pablo Sebastián
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