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“Se podría tender un elevador por cable desde la Luna hasta la Tierra de 400.000 kilómetros. Lo importante es que el elevador no llegue hasta la superficie, sino que quede suspendido a una altura de 50 kilómetros”, ha señalado Bagrov durante un ciclo de conferencias sobre cosmonáutica.
Al explicar detalles de su propuesta, Bagrov ha dicho que para elevar o bajar el ascensor, se debe crear un cable de características excepcionales, es decir, extremadamente ligero y al mismo tiempo mucho más resistente que el acero. A juicio del científico, ese cable puede ser fabricado con nanotubos de carbono de apenas un milímetro de diámetro, que por su enorme longitud tendría un peso aproximado de 20 toneladas.
Sobre el proceso, ha indicado que, “para transportar la carga desde la Tierra hasta el elevador se pueden utilizar cohetes ligeros, mientras que la carga que venga desde la Luna se puede lanzar en paracaídas”. ”Así los equipos automatizados de extracción de minerales, vehículos y las bases para cosmonautas serían transportadas desde la Tierra hasta el elevador en órbita con cohetes convencionales, y desde allí mediante el ascensor hasta la Luna”, ha apuntado.
Los cálculos citados por el experto indican que el elevador propiamente dicho podrá transportar cargas de hasta cinco toneladas y que la duración de una partida de carga en una dirección puede durar hasta un mes o menos.
En cuanto a los problemas tecnológicos de su proyecto, Bagrov ha señalado que antes que todo, la ciencia debe desarrollar la tecnología para unir o tejer las nanofibras de carbono a nivel industrial para obtener cables ultra delgados y de varios centenares de miles de kilómetros de longitud, que, al unirse alcancen los 400.000 kilómetros. Del mismo modo, el científico ha resaltado la necesidad de crear un recubrimiento superconductor de ultra altas temperaturas que envolverá el cable para el elevador.
El nombre real de este cientifico es Profesor Franz de Copenague. Me alegro, Profesor , de volver a oir sus andanzas.
Sí, y sale en mil novelas y juegos. No es nada nuevo, como concepto.
Sin ser tan ambicioso, el proyecto ya está prefigurado en el libro “Las fuentes del paraiso” (Arthur C. Clarke) publicado en 1979.