La carta del Rey es un hecho inesperado, insólito, que indica estado de gravedad y de necesidad. El instrumento elegido es novedoso, un breve comunicado oficial advertido a la salida de un acto tan oficial y antiguo como la apertura del Año Judicial y difundido a través de la renovada web de la Zarzuela. Una nota de 250 palabras, que se entienden todas y que no evitan los charcos.
Ni “galgos ni podencos”, nada de “quimeras”, no son tiempos para “escrudiñar en las esencias”, “renuncia a la verdad en exclusiva”. Más claro agua, es más que un aviso a navegantes, casi un puñetazo en la mesa. Unos dicen que no se sienten aludidos, aunque lo están. Otros que el Rey no está para meterse en refriegas.
Y no faltan los que piensan que ya era hora, que la función constitucional de la Corona pasa por esa nota. El 54 de la Constitución dice “El Rey es el Jefe del Estad, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones…” ¿Sirven esas líneas para justificar el escrito del Rey? Habrá opiniones para todos, pero lo evidente es que el rey ha hecho una advertencia severa, está preocupado por el país, como lo está todo el mundo con algo de cabeza, y ha hecho su propuesta, que no puede extrañar.
La fórmula del rey para ganarse el respeto de la mayoría la aplicó durante la transición y la reitera ahora. Entonces algunos le atribuyeron la función de motor del cambio, desde luego no fue freno, y cuando tuvo que pronunciarse vestido de capitán general lo hizo. Y si lo hizo entonces ¿no puede hacerlo ahora?
No van a faltar críticas y juicios terminantes sobre que puede o no puede hacer el Rey, en opinión de quien opina, con o sin “verdad en exclusiva”. Al escrito quizá le sobra eso de los galgos y los podencos, que es muy expresivo, pero que también es equívoco y confuso. ¿Quiénes son los galgos y los podencos? El uso del concepto quimera puede que no sea el más afortunado, pero tiene la ventaja de que se entiende bien, aun que irrite a quienes se sienten aludidos.
El Rey ha bajado a la arena de las preocupaciones cotidianas y ha opinado de forma inequívoca. Probablemente lo ha hecho sin muchas consultas, que le habrían desalentado (no es momento, no se va a entender…), seguramente lo ha hecho por propia iniciativa. Desde luego que tiene derecho, que asume riesgos y que el que se pique que se rasque.
fgu@apmadrid.es

Pablo Sebastián
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