Nº 1133 -  20 / V / 2013 
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Crónicas liberales

Cataluña, asunto principal

Manuel Martín Ferrand
 

Anda el Gobierno de Mariano Rajoy, tan corto en iniciativas como largo en la acumulación de problemas, ensimismado con el otoño caliente que, en una enclenque “demostración sindical”, pregonaron este fin de semana quienes dicen ser “agentes sociales” y son el remedo de un sindicalismo heredado de José Antonio Girón, José Solís y otros santones del populismo franquista; algo tan anacrónico como perturbador.

Los políticos pasan a ser grandes cuando saben priorizar, con arreglo a su verdadera importancia, los asuntos trascendentes de la Nación y, además, anticipan sus soluciones de modo y manera que no lleguen a ser lo dañinos que podrían llegar a resultar. Desgraciadamente aquí “grandes”, lo que se dice grandes, hemos tenido pocos políticos en el último siglo y, desde la entrada en vigor de la Constitución vigente, sólo Adolfo Suárez supo y quiso trabajar, antes que para su éxito electoral, en la previsión del futuro nacional.

Ahora, con un grave crisis económica que ya eleva a seis millones el número de parados, descapitalizados, sin crédito y con dos procesos electorales en curso no conviene equivocarse. El más grave de los problemas españoles es el que se resume en el nombre de una de sus Autonomías, Cataluña.

Tras la última Diada y en vísperas de la visita a La Moncloa del president de la Generalidad de Cataluña, Artur Mas, conviene tener presente que la Deuda y el déficit, incluso el paro, son problemas que se arreglan con dinero; pero que el secesionismo catalán, la disgregación del Estado, exige otros principios activos para su solución. Esa es la prioridad que debiera tomar como tal Rajoy y su equipo.

Mas ha decidido, y lo evidencia, conducir su coalición electoral, CiU, camino de la creación de un “Estado propio” y así lo especificará, dicen las fuentes catalanas más solventes, en su próximo programa electoral. Si Rajoy aspira a ser un político de los grandes, de los que ya no quedan, tendrá que anticiparse en el juego a cualquier iniciativa de los secesionistas.

Lo que convierte a Mas en peligroso, si contemplamos el articulo segundo de la Constitución que “se sustenta en la unidad indisoluble de la Nación española”, es que ha abandonado la vía tradicional del nacionalismo catalán, la falsificación histórica, para invocar razones de mayor fundamento y, entre ellas, la “incomodidad”, dice, que Cataluña siente como parte integrante de España. Algo que, en cierto modo, es simétrico al sentimiento desasosegado que flota en buena parte del resto de España frente a la actitud catalana.

Una España sin Cataluña, como una Cataluña sin España, es algo que va contra la razón histórica y el sentido común encaminado a obtener el bienestar los españoles, catalanes incluidos; pero están en juego emociones forzadas e intereses diversos. Mas, camino de una Europa más integrada económica y políticamente, prefiere ser cola de ratón que cabeza de león y sus seguidores – los de Jordi Pujol – le siguen en esa dirección. Es la sexta parte de la España presente y más del 15 por ciento del PIB nacional.

Correspondería a Rajoy, y deseablemente de consuno con Alfredo Pérez Rubalcaba – ¡lo que hay! –, tomar la iniciativa y acometer soluciones que eviten un doloroso proceso secesionista. La Constitución vigente no es herramienta adecuada para solucionar el problema porque ha sido ella, con la imprecisión y falta de límites de su Título VIII, la que ha propiciado y acelerado el problema catalán. ¿No sería oportuno el anuncio de un proceso constituyente que, renovada la Constitución tras unas elecciones generales, configure un modelo de Estado en el que todos podamos sentirnos cómodos? No conviene olvidar que somos los españoles, no solo los catalanes, quienes llegado el caso debiéramos refrendar la hipotética independencia catalana.

El próximo encuentro entre Rajoy y Mas debe ponerle medias suelas al agujero del déficit fiscal catalán, algo que, además de no ser sencillo, no basta para ponerle punto final al deseo, tan legítimo como temerario, de un Estado catalán. Son muchos los flecos que treinta y tantos años de uso han ido deshilachando en el manto constitucional y, aunque no se trate de una operación sencilla ni falta de riesgo, parece conveniente. La España actual, la del bienestar y el déficit, la improductiva y no competitiva, no es sostenible en el ámbito del futuro continental. Hacen falta nuevas reglas de juego y no únicamente en la organización territorial y en la financiación de sus teselas.

Tristemente la crisis de liderazgo que padecemos, también en España y en sus regiones, dificulta una solución anticipada y creativa a un problema que puede ser insoportable y demoledor; pero, en ocasiones, la necesidad fuerza el milagro.


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