Nº 1164 -  20 / VI / 2013 
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OPINIÓN

Artur Mas, Ketama, y la independencia

José Oneto
 

Cuarenta y ocho horas después de la gran manifestación independentista catalana (un millón y medio de ciudadanos exigiendo en las calles que Cataluña forme parte de un “nuevo Estado de Europa”), Artur Mas, presidente de la Generalitat, ha tenido el valor de presentarse en Madrid para ponerse al frente de esa manifestación multitudinaria, asumir el coste político que ese importante acto puede tener y, sobre todo, gestionar las consecuencias que se derivan de la Diada de ese 11 de septiembre.

Unas consecuencias que no se terminan ni mucho menos con el Pacto Fiscal (del que hablará con el presidente del Gobierno el próximo día 20 en la Moncloa), que sirvió como primera bandera de reivindicación, y que se ha visto desbordado por una clara y masiva petición de independencia nacional que conduzca directamente a la entrada de Cataluña en la Unión Europea, como un nuevo Estado.

Artur Mas se ha presentado en Madrid y, recordando los tiempos de la movida madrileña en plena transición política, no se le ha ocurrido otra cosa que recordar indirectamente a Ketama (aquel grupo que tomó el nombre de ese pueblo marroquí, donde dicen que se cultiva una de las mejores yerbas del mundo) e insistir en que, como en la canción de aquel grupo del llamado nuevo flamenco, “no estamos locos”. “No estamos locos y sabemos lo que queremos”.

“No nos hemos vuelto locos ni nos hemos subido a la colina”, ha insistido el presidente de la Generalitat en un desayuno informativo en el que ha pedido un Referéndum para saber si Cataluña se siente realmente Nación. “Durante décadas”, ha dicho, “nuestro objetivo y nuestra política era ayudar a transformar el Estado, para que fuera también el nuestro, un Estado amable. Pero esto no ha sido posible, a lo mejor es que no hemos tenido suficiente fuerza y tiene que entenderse que Cataluña -y no nos subimos al monte- necesita un Estado. La pregunta es si en el conjunto de España se puede aceptar que Cataluña es una nación. Si negamos la pura evidencia, hay muchas cosas que no se pueden resolver”.

Y, efectivamente, una de las cosas que, por ahora, según la Carta Magna española, no se puede resolver es esa: La independencia de una parte de España, porque choca directamente con el artículo 2 de la Ley Fundamental que establece que La Constitución se fundamenta “en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”.

Sin embargo, no se puede negar es que la Diada del pasado 11 de septiembre ha puesto en marcha un proceso que supone un salto cualitativo en las relaciones de España con Cataluña, unas relaciones que están a punto de romperse definitivamente, y además en uno de los momentos más dramáticos de la reciente historia del país, por el agotamiento del modelo de la transición, por la crisis en la que está instalada la clase política, por la indecisión y las dudas del actual Gobierno, y por encima de todo, por la profunda crisis económica que vive el país desde hace cinco años, que se está llevando por delante el esfuerzo y el trabajo de varias generaciones y todo lo que se había ganado con el estado de bienestar.

Sin miedo a exagerar, Europa está alarmada con lo que pueda pasar en España, y ya en una primera lectura, se concluye (y ahí está algún que otro editorial de la gran prensa internacional que desde Nueva York a Tokio, desde El Cairo a Seúl, pasando por China, Rusia, y hasta Australia, se han ocupado extensamente de la reivindicación catalana) que hasta ahora, la crisis de la Eurozona ha provocado la caída de gobiernos pero nunca se pensó que podía cuestionar la supervivencia de una Nación. Y esto es, precisamente, lo que parece estar sucediendo en España, como puso de manifiesto la demostración de fervor separatista vivida esta semana en Cataluña.

Artur Mas insiste en que “no estamos locos”, pero lo que no está claro, como dice la canción de Ketama, es que todos los catalanes y sus representantes sepan de forma unánime lo que quieren y cómo conseguirlo.

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