El pasado viernes 6 de septiembre, incluimos en esta sección de Republica.com la quinta entrega del artículo “El Océano Pacífico en tiempos de Felipe II: navegaciones y conquistas españolas entre 1520 y 1606″. Así pues, al día de hoy, a lo largo de las referidas cinco libranzas tuvimos ocasión de ocuparnos de los siguientes temas:
1. El Lago Español
2. Las bulas alejandrinas y el Tratado de Tordesillas
3. Vasco Núñez de Balboa: el Mar del Sur
4. Cortés: México, plataforma para la descubierta del gran Océano
5. Fernando de Magallanes y su Estrecho
6. Juan Sebastián Elcano: primera circumnavegación del globo
7. La aventura de Guevara: navegando desde El Estrecho a México
8. Obispo Berlanga: islas Galápagos y Canal de Panamá
9. Legazpi y la configuración de Filipinas
10. La Nao de la China: la más larga ruta comercial de la historia
11. Álvaro de Mendaña: Islas Salomon y de Santa Cruz
12. Juan Fernández: navegante del Pacífico Sur
13. Sarmiento de Gamboa: el fortificador del Estrecho
14. Quirós en Austrialia del Espíritu Santo: la Nueva Jerusalén
15. Luis Váez de Torres, avistador de Australia
16. Dos ingleses en el Pacífico: el malo (Drake)…
17. Dos ingleses en el Pacífico: Y el bueno, James Cook
En la entrega sexta y última del extenso artículo que terminamos hoy jueves 13 de septiembre, incorporamos tres secciones (18, 19 y 20) que espero sean de interés para los lectores.
18. Marinos españoles en Canadá y Alaska
Al referirnos al tercer viaje de Cook, ya aludimos que los españoles se adentraron también en el Pacífico Norte. Una historia que empezó con Juan de Fuca (?-1602?), navegante originariamente griego al servicio de España, que desde México pretendió haber descubierto el paso del Pacífico al Atlántico en el noroeste de América; según contó en Venecia en 1596; reflejándose esa hazaña en varios libros y documentos, cuando ya estaba retirado tras 40 años al servicio de España en varias navegaciones.
Pero lo que Fuca descubrió, muy por bajo de sus imaginaciones, fue lo que hoy se llama, precisamente, Estrecho de Juan de Fuca; que es el brazo de mar que separa el Sur de la isla de Vancouver, de la costa Norte del estado norteamericano de Washington. En cualquier caso, ese viaje de Fuca fue el más septentrional de los realizados por navegantes de España en el siglo XVI, mucho más boreal que las navegaciones por la costa californiana promovidas por Hernán Cortés.
Más notables fueron los periplos llevados a cabo, desde la costa pacífica de México, como resultado de los avisos que dio el embajador español en San Petersburgo acerca de la expansión rusa por la costa noroeste de América septentrional. Ante los cuales, el entonces virrey de Nueva España, Antonio Bucareli, envió en reconoci¬miento y para tomar posesión de esas tierras al alférez Juan Pérez. Quien en 1774, desde el puerto mexicano de San Blas, con la fragata Santiago, recorrió la costa californiana y la del actual Canadá hasta el paralelo 55ºN, llegando a la bahía de Nutka (ahora Nootka), en la costa este de la Isla de Vancouver; pero sin alcanzar el paralelo 60º según le había encomendado el virrey Bucarelli. Por lo cual, éste organizó otra expedi¬ción, en 1775, al mando de Bruno Heceta, que fue acompañado del propio Juan Pérez —y de Juan Francisco Bodega y Quadra, a la sazón teniente de fragata.
Heceta alcanzó, nuevamente, al estrecho de Fuca, tras hallar la denominada entrada de Heceta (desembocadura del gran río Columbia), y fue Bodega quien prosiguió el viaje hasta el paralelo 58°, ya en Alaska. A su regreso a Acapulco, registró en los mapas el puerto de Bucareli (en la actual Isla del Príncipe de Gales) así como la bahía de Bodega (al norte de San Francisco).
Tres años más tarde, en 1778, James Cook arribó también por esas latitudes —como se relató antes en este mismo escrito — y para evitar posibles efectos de esa descubierta sobre la hipotética soberanía de España, se encomendó a Bodega alcanzar el paralelo 70°, en la costa de Alaska, adonde por entonces sólo habían llegado navegantes rusos, desde Siberia, y el propio Cook.
Un aviso posterior, esta vez del marino francés La Perouse, so¬bre factorías rusas en Alaska, hizo que en 1788 partiera otra expedición española, en 1788, desde la costa mexicana; con Esteban José Martínez y el piloto Gonzalo López de Haro al mando. Expedición que llegó a Unalaska, una de las islas aleutianas, el más gélido lugar, donde entró en contacto con los rusos que proyectaban hacerse con Nutka (en la costa Este de la Isla de Vancouver). Por lo cual el virrey de Nueva España, entonces Manuel Antonio Flórez, ordenó a Martínez y a López de Haro que ocuparan ese punto; lo que cabalmente efectuaron en 1789, si bien a poco de ello arribaron buques ingleses con idéntica pretensión, y aunque por el momento lo impidió Esteban José Martínez, la posesión no duró mucho. Por la fuerte presión de Inglaterra se llegó a un acuerdo el 11 de enero de 1794, por el cual España cedió Nutka.
Así terminó la aventura española en el actual Canadá y en la por entonces ya rusa Alaska, confirmándose de ese modo la hegemonía británica sobre esa gran parte del antiguo lago español. Un dominio que ya globalmente adquirió EE.UU. en 1898, tras la guerra hispano-norteamericana de ese año, cuando ya se había posesionado, tiempo atrás, de las Islas Hawai.
19. La muy científica expedición Malaspina/Bustamante
Entramos ahora en el desarrollo de proyectos de muy diferente carácter, no tanto en busca de nuevas tierras como para conocer científicamente territorios hasta entonces poco explorados.
Fue en ese nuevo contexto como en septiembre de 1788, Alejandro Malaspina –italiano al servicio de España—, junto con su colega José de Bustamante y Guerra, propusieron al Consejo Real de Carlos III la organización de un viaje de investigación para dar la vuelta al mundo ; a fin de visitar todas las posesiones españolas en América y Asia.
El origen de esa propuesta no fue otra que emular la intensa actividad de exploración del Océano Pacífico desarrollada por Francia (expedición de La Perouse) e Inglaterra (viajes de Cook) a finales del siglo XVIII, que provocó cierta inquietud en España, pues desde que la expedición de Magallanes cruzó el Pacífico y descubrió las Filipinas, España había considerado el Mar del Sur como de su exclusiva soberanía, controlando las Filipinas en el oeste y la casi totalidad de su orilla este, desde Chile hasta California . Una expedición que se planteó para incrementar el conocimiento en las ciencias naturales (botánica, zoología, geología) así como para realizar observaciones astronómicas y «construir cartas hidrográficas de las regiones más remotas».
El proyecto recibió la aprobación de Carlos III dos meses antes de su muerte, y la expedición, que contaba con dos fragatas, zarpó de Cádiz el 30 de julio de 1789, llevando a bordo la flor y nata de los astrónomos e hidrógrafos de la Marina española como Juan Gutiérrez de la Concha; grandes naturalistas y dibujantes como José del Pozo; los pintores José Guío y Fernando Brambila; el dibujante y cronista Tomás de Suria; el botánico Luis Née; los naturalistas Antonio Pineda y Tadeo Haenke. También participó en la expedición el marino Alcalá Galiano, que años después (1807) moriría en la batalla de Trafalgar.
Los navíos fueron diseñados y construidos especialmente para el viaje y se bautizaron por Malaspina, en honor de James Cook, que había navegado –ya lo vimos antes— en el Resolution y en el Discovery, con los mismos nombres en español: Atrevida y Descubierta.
La navegación costeó Sudamérica hasta el Río de la Plata, llegando a Montevideo el 20 de septiembre de 1798, para desde allí seguir hasta las Islas Malvinas. Después, la expedición visitó parte de la Patagonia, para doblando por el Cabo de Hornos pasar al Pacífico (13 de noviembre), para explorar la costa y recalar en la isla de Chiloé, y posteriormente en los puertos de Talcahuano, Valparaíso, Santiago de Chile, El Callao, Guayaquil y Panamá; alcanzando finalmente Acapulco en abril de 1791. Al llegar allí, estaba esperándoles el encargo de Carlos IV de encontrar el Paso del Noroeste –buscado por Juan de Fuca, Cook y otros muchos marinos, y que por los españoles se conocía como Paso de Anián—, que se suponía unía los océanos Pacífico y Atlántico en la Norteamérica septentrional. De modo que Malaspina y Bustamante, en lugar de visitar Hawái como pretendían, siguieron las órdenes del rey, llegando hasta la bahía de Yakutat y al fiordo Prince William (Alaska, véase mapa 30); donde se convencieron de que no había tal paso, si bien es cierto que uno de los grandes glaciares de Alaska recuerda hoy esa parte del viaje por el nombre de Malaspina.
Posteriormente, la expedición puso rumbo al Pacífico-Oeste, navegando a través de las islas Marshall y las Marianas para fondear en Manila en marzo de 1792. Allí, las fragatas se separaron, y mientras la Atrevida se dirigió a Macao, la Descubierta exploró las costas filipinas. Reunidas de nuevo, en noviembre de 1792, navegaron a través de las islas Célebes y las islas Molucas, poniendo proa posteriormente a la isla Sur de Nueva Zelanda (25 de febrero de 1793), donde cartografió el fiordo de Doubtful Sound.
La siguiente escala fue la colonia británica de Sídney, en Australia, desde donde volvieron al puerto de El Callao en Perú, para desde allí poner rumbo al cabo de Hornos, y volver a fondear en las islas Malvinas (posesión española por entonces y que luego Inglaterra arrebató a Argentina en 1832, dándole el nombre de Falkland) para tomar rumbo a España, donde llegaron, a Cádiz el 21 de septiembre de 1794.
Malaspina y Bustamante presentaron su informe con el título: Viaje político-científico alrededor del mundo (1794), que incluía una parte política confidencial, con observaciones críticas sobre las instituciones coloniales españolas, mostrándose favorable a la concesión de una amplia autonomía a las colonias americanas y del Pacífico. Observaciones que le valieron, en noviembre de 1795, la acusación por el nefasto valido de Carlos IV, Manuel de Godoy, de revolucionario y conspirador. Por lo que fue juzgado y condenado a diez años de prisión en el castillo de San Antón, de La Coruña.
El objetivo de Malaspina y Bustamante fue realmente ambicioso, pues a lo que se aspiraba era a dibujar un cuadro razonado y coherente de los dominios de la monarquía española; registrándose los distintos aspectos de la realidad del Imperio, desde la minería y las virtudes medicinales de las plantas hasta la cultura; y desde la población de la Patagonia hasta el comercio filipino.
216 años después de aquella expedición, en su recuerdo, diversas instituciones españolas pusieron en marcha una expedición científica de circunnavegación, siguiendo la ruta inicialmente prevista por Malaspina y Bustamante alrededor del mundo. Un viaje de investigación interdisciplinar cuyos principales objetivos fueron estudiar el cambio global y la pérdida de biodiversidad en el océano. Desde de diciembre de 2010 hasta julio de 2011, más de 250 científicos a bordo de los buques de investigación oceanográfica Hespérides (A-33) y Sarmiento de Gamboa —el gran navegante al que ya nos hemos referido— llevaron a cabo la navegación, para aunar la investigación científica con la formación de jóvenes investigadores y el fomento de las ciencias marinas y de la cultura científica en la sociedad.
20. El Océano Pacífico del siglo XXI: no tan pacífico
La historia a la que hemos puesto fin con la Expedición Malaspina/Bustamante es, además de sorprendente, un conjunto de navegaciones heroicas, que el más esforzado capitán británico, James Cook, enalteció en sus escritos como grandes proezas casi dos siglos después, cuando él mismo surcó esos mares.
Felipe II advirtió que para el comercio de las especias, y para la plena unión de sus dos coronas que él había reunido desde 1580, Portugal y España, el Océano Pacífico era una pieza clave, que había de ser conocida y controlada, y de ahí los sucesivos esfuerzos desde los Virreinatos de Nueva España al Norte y del Perú al Sur. Aunque ciertamente, el hecho de no haber encontrado ni especias en suficiente cantidad y calidad, ni metales preciosos, impidió que el Pacífico recibiera la atención de que sí fue objeto todo el continente americano.
La historia de ese Pacífico español, terminó en 1898, cuando Filipinas y Guam hubieron de ser cedidas a EE.UU. tras la guerra hispano norteamericana del año citado; en tanto que otros archipiélagos (Marianas, Carolinas, Palau, etc.), se enajenaron a Alemania por la irrisoria cifra de 25 millones de pesetas. De ese modo, lo que por tanto tiempo había sido el lago español, se convirtió en los comienzos del siglo XX en el lago de los EE.UU.; la potencia que desde entonces pasó a controlar gran parte de su extensión, confirmándose esa prevalencia en 1945 con la derrota de Japón.
A España, en su descubierta y colonización del Pacífico le perjudicaron las mismas cosas que le impidieron perpetuar su dominio mundial: una Inquisición como ariete de un catolicismo anquilosado que frenó la ciencia y la experimentación, una geoestrategia teocrática en muchas de sus manifestaciones, las instituciones de monopolio como Consejo de Indias de Sevilla durante siglos, el excesivo centralismo en el trato con los virreinatos y capitanías generales de Ultramar, amén de la falta de una política decidida de potente Marina de Guerra para defender rutas y territorios: empeño que sólo el Marqués de la Ensenada, con Fernando VII entendió a carta cabal,; hasta el punto de que desde Londres se conspiró para que Don Zenón de Somodevilla y Bengoechea dejara de ser el gran impulsor de la Armada española.
Aparte de todo lo mencionado —y mucho más que podría mentarse—, España careció de fuerza demográfica suficiente, y de instrucción pública, universidades, etc., para mantener el inmenso Imperio que se formó entre 1492 y el siglo XVIII. Por lo demás, la independencia de EE.UU. en 1776, la revolución francesa iniciada en 1789 y las guerras napoleónicas que a España llegaron en 1808, fueron la puntilla; dando al traste con todo el Imperio continental en las Américas, a través de las ya inevitables emancipaciones criollas.
Por lo demás, y dejando atrás esos cambios, lo cierto es que más de cuatrocientos años después de la muerte de Felipe II, el Océano Pacífico sigue siendo la clave geoestratégica del planeta. “Quien controle el Pacífico, será el amo del mundo”, dijo en una ocasión el primer Presidente de la República de Singapur Lee Kuan Yew. Lo cual se ha comprobado reiteradamente, por los intentos de Japón durante la primera y la segunda guerras mundiales, a lo que siguieron los conflictos en dos países en la orilla asiática del Pacífico, Corea (1950-53) y Vietnam (1964-76).
Hoy el aserto de Lee Kuan Yew, sigue siendo concluyente. Y de ahí la inquietud de EE.UU. frente al expansionismo de China, como ha venido a subrayar Henry Kissinger en su libro On China , en el que plantea la gran pregunta: ¿conducirá el espectacular crecimiento de China –que entre 1978 y 2010 multiplicó por 17 su PIB en términos reales— a un conflicto con EE.UU.? ¿Será el Pacífico el espacio de esa eventual máxima fricción?
Ante esa posibilidad, el asesor y Secretario de Estado, al servicio de dos presidentes de EE.UU. (Nixon y Ford) estableció una interesante analogía entre el ascenso de Alemania como gran potencia en el siglo XIX y principios del XX, y el de China actualmente. Recordando el enfrentamiento del II Reich con el Imperio Británico, en lo que acabaría siendo un choque que podría haber sido evitado, si se hubiera aceptado lo que se preconizaba en el Crowe Memorandum; elaborado entre 1907 y 1914 por el diplomático británico del mismo nombre, y con el cual el Foreign Office buscó un cierto entendimiento Londres/Berlín, sin poderse evitar que se produjera la tragedia de la Primera Guerra Mundial 1914-1918 . Algo parecido, aunque pueda considerarse una visión alarmista, es lo que podría suceder en el futuro si se produjera un enfrentamiento EE.UU./China a propósito del Océano Pacífico.
Más concretamente, en la dirección apuntada, están preparándose las condiciones para un reforzamiento de las posiciones de fuerza en cada una de las partes. En el caso de China, con una ampliación muy fuerte de su presupuesto de defensa; y en el de EE.UU., manteniendo su presencia militar –que disminuye en otras áreas del mundo— en toda la zona de Asia/Pacífico; al tiempo que se renegocian las relaciones diplomáticas y de cooperación militar de Washington DC con Japón, Taiwán, Filipinas, Indonesia, India y Australia; e incluso con su antiguo gran enemigo, Vietnam.
En ese sentido, en el Memorandum Kissinger –que de hecho ya está formulado—, se aprecia claramente que EE.UU. están intentando volver a cercar y aislar a China. Y que, por su parte, la República Popular no renuncia a expulsar a EE.UU. de Asia y el Pacífico. Una situación que de seguir adelante crearía aún más tensiones y gastos de preparación bélica. La única solución sería que ambos colosos se pusieran de acuerdo para evitar lo que sucedió en Europa en 1914 y en el Pacífico en 1941.
En último término, podría prevalecer el argumento de Immanuel Kant: la paz perpetua llegará finalmente al mundo de una de las dos formas posibles: merced a la sana visión y decidida voluntad política; o por conflictos y catástrofes de tal magnitud que dejarían a la humanidad sin otra opción… si aún hubiere condiciones para ello… La primera de esas eventualidades es la realmente válida, con la idea central de una Comunidad del Pacífico, análoga a la que funciona en el Atlántico desde el Plan Marshall que comenzó en 1948 y que se consagró en 1989 con la caída del Muro de Berlín. Amén.
Y como siempre, quedamos a disposición de los lectores de República.com en castecien@bitmailer.net; adonde, si lo desean, pueden dirigirse para obtener por correo electrónico la versión completa (75 págs.) de mi conferencia en San Lorenzo de El Escorial de 7 de agosto pasado, en una versión más completa (pero que sigue siendo preliminar), que incluye, además de lo ya visto en República.com, el detalle de las relaciones hispanochinas, sobre todo a través de la Nao de Manila; así como las navegaciones impulsadas por Cortés desde la Nueva España, las primeras relaciones España/Japón y las navegaciones de Saavedra, Cabrillo, Vivero y Vizcaíno que no se incluyeron en la versión inicial para República.com
[1] Ramón Ezcarra, “Bodega y Quadra”, DHE ob. cit.
[2] Según el expediente nº. 492 de de las pruebas de nobleza de Francisco Bustamante y Guerra como Caballero de Carlos III (año 1791). Archivo Histórico Nacional (Madrid), la expedición actualmente conocida como Malaespina, se denominó como «Expedición Vuelta al Mundo» (información de http://es.wikipedia.org).
[3] Un viaje científico anterior a la expedición Malaspina/Bustamante, fue el realizado por Jorge Juan y Santacilia, (1713-1773), marino español (de Novelda, Alicante), que abarcó diversidad de actividades científicas, políticas y pedagógicas; y a quien en 1734 Felipe V encomendó que junto con Antonio Ulloa y varios académicos franceses, se desplazara a la América del Sur, a fin de participar en la medición de varios grados de meridiano a la altura del Ecuador. Un trabajo en el que se empezó con gran tenacidad, durante once años, en Guayaquil y Quito; para regresar a Madrid en 1746. Tras lo cual fue ascendido a capitán de navío y destinado a Londres (1748) en misión diplomática, donde prestó importantes servicios para el engrandecimiento de la Marina Española; que culminaría durante el reinado de Fernando VI con la gran labor de Don Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Marqués de la Ensenada.
[4] Sagredo Baeza, Rafael; Gonzales Leiva, José Ignacio, La Expedición Malaspina en la Frontera Austral del Imperio Español, Ed. Universitaria, Santiago, Chile, 2004.
[5] Ramón Ezcarra, “José Juan y Santacilia”, en DHE, ob.cit
[6] Pío Aladrén, M.P.; Higueras Rodríguez, M.D., eds. La armonía natural: la naturaleza en la expedición marítima de Malaspina y Bustamante (1789-1794). Real Jardín Botánico, C.S.I.C., edición de Lunwerg y Caja Madrid Obra Social, Madrid, 2001.
[7] El almirante ruso Adam Johann von Krusenstern fue el primero que publicó la relación del viaje de Malaspina, en San Petersburgo, por entregas entre 1824 y 1827, en la revista del almirantazgo ruso. La primera publicación en español la realizó el capitán de Navío D. Pedro Novo y Colsón en 1885 «Expedición política y científica de ultramar», luego reedición «Viaje político-científico alrededor del mundo por las corbetas Descubierta y Atrevida, al mando de los Capitanes de navío Don Alejandro Malaspina y Don José Bustamante y Guerra desde 1789 a 1794». Museo de América Madrid, 1994.
[8] De esa visita a Alaska quedaron los nombres españoles de dos ciudades, Valdez y Cordova. Valdez, en el Prince William Sound, fue conocida primeramente como Copper City, para luego, en 1898 ser rebautizada como Valdez, en rememoración del marinero del mismo nombre, de la Expedición Malaspina que recorrió ese área en 1790. Cerca de Valdez está Cordova, inicialmente ubicada como Puerto Cordova por la Expedición Malaspina. Pero al fundarse allí una ciudad a principios del siglo XX, se le dio el referido nombre en recuerdo de los navegantes hispanos Enciclopedia Británica, artículos Cordova y Valdés.
[9] http://es.wikipedia.org/wiki/Expedici%C3%B3n_Malaspina
[10] Henry Kissinger, “On China”, Penguin Books, Nueva York, 2011.
[11] Ramón Tamames, “Retorno y reinterpretación de la República Popular”, Política Exterior, septiembre/octubre 2011.