Creíamos haberlo visto todo en economía, pero cada día, será por la agudización del ingenio que generan las situaciones de escasez y apretura, tenemos nuevas oportunidades para el asombro. La última se está gestando estos días en Inglaterra. El Gobierno conservador va a poner este fin de semana un anuncio en algunos diarios pidiendo candidatos para el puesto de gobernador del BoE (Bank of England).
El salario es muy sustancioso, aunque una miseria si se le compara con lo que cobraban hasta hace bien poco los directivos de las cajas de ahorros españolas, incluso alguno todavía, unas 300.000 libras esterlinas anuales, poco más en euros. Es probable que desde España lleguen pocas candidaturas, dada la misérrima nómina del futuro hombre fuerte de la casona de la Threadneedle Street, es decir, la calle en la que se ubica desde hace algo más de dos siglos el Banco de Inglaterra. El redactor del anuncio recalca en la personalidad del candidato ideal, a modo de requisito, que debe ser un personaje con inteligencia, independencia e integridad, además, lógico, de contar con amplios conocimientos del sector financiero, experiencia y dotes de mando en grandes organizaciones y (virtud importante) buenas dotes de comunicación.
Con estos rasgos es posible que muy pocos políticos (no ya en España, en la misma Gran Bretaña también) habrían accedido al cargo. Desde luego, al puesto de gobernador del Banco de Inglaterra, una institución que no es exactamente una dependencia del Gobierno de la nación sino un banco con capacidad de emisión de moneda y sobre todo con prerrogativas para fijar algunas variables de obligado cumplimiento por parte de las autoridades de cada momento. Su directorio determina los tipos de interés oficiales y administra la cantidad de dinero que circula, lo que es una forma de influir sobre el nivel de inflación de la economía. Naturalmente es el “policía” del sistema bancario del país, el que se encarga de supervisar todas las cuentas de los bancos y de velar por su salud.
Estos días precisamente se está desarrollando una polémica soterrada entre los máximos responsables de la Unión Europea y el BCE, que trata de delimitar el campo de actuación de la futura autoridad bancaria común, disciplina a la que el Banco de Inglaterra (que no pertenece a la Eurozona ni está en el BCE ni en el euro) trata de escapar porque supondría condicionar el papel hegemónico que desempeña la City londinense, uno de los pilares de la economía británica. La bicefalia europea que ahora protagonizan, en lo financiero, Fráncfort y Londres conforma un delicado equilibrio que la capital inglesa tratará por todos los medios de impedir que se incline a favor del Continente. Londres siempre ha tratado de condicionar e incluso boicotear los planes financieros de la UE en lo que tenían de amenaza para la City londinense. Caso bien presente, el de la famosa Tasa Tobin, el impuesto a las transacciones financieras que Londres no quiere ver ni en pintura y que algunas capitales europeas (París a la cabeza) están dando ya por sentado.
Una de las virtudes del cargo es que goza (hasta el momento) de relativa estabilidad. En los últimos 40 años sólo ha habido cuatro gobernadores. El actual, Mervyn King, de quien la gente se deshace en elogios a pesar de las chapuzas que han cometido algunos de los banqueros más ilustres (ahora ex banqueros) de la City, termina mandato a finales de junio del año 2013. Lleva en el cargo desde 2003. Cada 10 años hay relevo, una buena garantía de estabilidad para el responsable máximo de la institución y a la postre para el país, si se tiene en cuenta que durante ese decenio pueden pasar varios o muchos Gobiernos de colores diferentes, pero algo permanece inmutable, la fe en la moneda y en la capacidad de manejar correctamente el dinero por parte del banco público.
Una institución que, todo hay que decirlo, fue nacionalizada hace relativamente poco tiempo, a raíz de la Segunda Guerra Mundial, en el año 1946, tras muchos años de historia privada. El Banco de Inglaterra tiene poco más de 300 años y procede del tronco común que comparten varios bancos centrales europeos (no es el caso del Banco de España), todos ellos nacidos de la mano de la familia Rothschild, el apellido de origen judío alemán que más genuinamente simbolizó a lo largo de varios siglos el poder financiero en Europa.