Cataluña y Madrid, o Madrid y Barcelona, han rivalizado estos últimos meses, sobre todo en las últimas semanas, por atraer el gran proyecto de ocio de Eurovegas, una auténtica ciudad dedicada al juego y la diversión. Al final, no habrá un proyecto sino dos. El de Madrid, en donde finalmente se piensan instalar los estadounidenses quizás con algo menos de celeridad de lo que pregonan las autoridades madrileñas, como si este proyecto fuera a llegar a tiempo para sacarnos de la crisis económica, y el de Barcelona, que ha tratado de rehuir toda imagen de premio de consolación, para lo que ha tenido que echar mano del inefable Bañuelos y de La Caixa, que vuelve a aparecer como el brazo armado del nacionalismo catalán en unos momentos en los que quizás le conviene más bien poco esa identificación con rasgos de exclusivismo, como si la expansión territorial de la entidad no hubiera diluido su presencia por el conjunto de la geografía española.
¿Qué hace La Caixa en un proyecto que parece haber nacido de la improvisación y que no cuenta con profesionales del sector acreditados de ámbito internacional? La entidad se ha apresurado a decir que su papel de reduce apenas a vender los terrenos sobre los que se asentará el futuro complejo de ocio, propiedad de la caja, por lo que podría llegar a ser un excelente negocio, movilizando un activo ahora improductivo y que pesa en su balance.
Sería pertinente, en todo caso, preguntarse si en estos momentos a España le viene bien, para salvaguardar eso que últimamente tanto apreciamos (la marca España) como seña de identidad orientativa a escala mundial, fomentar esa imagen de economía de casino, en la que puede convertirse nuestro país de salir adelante no uno sino dos macro proyectos de perfil tipo Las Vegas. Causa cierta tristeza que todas las inversiones internacionales que España está en condiciones de atraer en estos momentos giren únicamente en torno a la instalación de unos casinos, cuando en el pasado España era objeto de deseo para las multinacionales de tecnologías más avanzadas o, cuando menos, para aquellas que tenían un elevado potencial exportador. Además, el Gobierno está en vísperas de negociar un rescate financiero con los socios de la UE para salir del atasco financiero en el que se encuentra el país. Como imagen de marca, la doble apuesta de casino no es el mejor instrumento para convencer a nuestros vecinos y socios de que España cuenta con resortes viables y serios para superar la crisis económica.
Ya resultaba inquietante a muchos que España se hubiera dado la gran fiesta inmobiliaria, de la que hemos salido bastante trasquilados y sin previsión de punto final a corto plazo. Ahora, cuando no ha terminado aún el drama inmobiliario, que ha contaminado a una parte principal del sector bancario, estamos a punto de embarcarnos en un proyecto empresarial doble en el que el país invertirá, por las cifras que se manejan, unos 20.000 millones de euros en unos años para edificar un auténtico templo al juego de azar y a otros negocios preferentemente nocturnos que suelen acompañar a este tipo de iniciativas.
Las grandes operaciones empresariales de la española de los años 70 y 80 cimentaron una economía bien diferente, cuando llegaron las grandes multinacionales manufactureras, que generaron a su alrededor una densa red de industrias auxiliares que al final se han convertido en piedra angular de la exportación industrial española. El carácter multiplicador de aquellas inversiones no parece que vaya a tener paralelismo en el negocio de los casinos y juego de azar que se instalarán en dos de los centros turísticos más importantes de España en estos próximos años.
Esa aspiración que tan bien suena a los oídos de muchos políticos de cambiar el modelo productivo español por otro más competitivo y susceptible de crear un auténtico valor añadido y, sobre todo, potencial exportador (la mayor necesidad que tiene la economía española en estos momentos) no parece que vaya a tener respuesta en estas dos iniciativas que, en todo caso, tienen un indudable interés como complemento de la importante industria turística y de ocio española. Adicionalmente, las necesidades de financiación de estos dos proyectos, que al parecer van a aportar muy pocos recursos financieros propios de sus promotores, pueden contribuir a tensionar el frágil sistema financiero español, que aún está lejos de haberse recuperado de los activos tóxicos del sector promotor e inmobiliario.