La gente sabe que en cuestiones de representatividad el problema es suyo. Lo ha sido siempre y siempre lo será. Parece que es de los que se ganan o abrogan el derecho a representarla pero el asunto es de los representados porque al fin y al cabo, si hay representación es que se cuenta con ella y eso significa que las estructuras del poder, al menos, se aproximan a los valores democráticos.
El asunto viene de lejos, como todo, y ha sido objeto de estudio y debate permanente al menos desde que las cuestiones sobre derechos y deberes dieran la cara socialmente y se tuvieran en cuenta en los foros intelectuales, en las universidades y en los representativos, no era cuestión de hablar siempre sobre las cuestiones divinas. Desde que empezamos a ser muchos, dejó de haber sitio suficiente para tantos y el ímpetu asambleario pronto dio en realidad electivo-representativa, la democracia muestral, el sistema político impuesto por la eficacia política.
El Asunto es que en los partidos políticos que son los que, como en el caso español, aglutinan la representación política de los sentimientos individuales, propiciaron el sistema de representación que promulgó la Constitución y no otro, como sucede en Inglaterra o USA sin ir más lejos, donde los representantes se eligen con nombres y apellidos y representan un concreto universo de ciudadanos ante los que deben responder de su representación. Así, en listas cerradas, lo que sucede es que la línea fina que sostiene la relación entre representante y representado se convierte en un churro, una oscura y sinuosa línea garrapateada que mas que unir, separa. De esa forma, no hay manera de reconocer en los debates de los representantes políticos en el seno de sus órganos de gobierno, atisbo de la voz popular y oímos de pronto a los que se supone que nos representan decir cosas por las que jamás les hubiéramos votado. Son los corifeos impenitentes, aquellos que dirigen la corriente de opinión interesada en los entresijos del quehacer diario del partido, con la mirada puesta en la siguiente lista de reparto de poder y solo con esos intereses espurios donde los haya.
De pronto, el “hombre de estado” al que Felipe González encumbraba junto a Pi i Margall, el honorable Jordi Pujol, da clases de independentismo en Baleares. El ex ministro Jaime Mayor Oreja, que sigue sin aprender nada de su tío Marcelino, se pasea por los medios dispuestos al eco y se erige en Corifeo del coro intransigente del PP en los asuntos vascos, de los que poco aprendió, ni siquiera el Euskera. O el Corifeo Tomás Fernández que de vez en cuando se postula como director del coro del madridista socialista frente a los desmanes supuestos de Ferraz. Poco aprendió del gran maestre de los corifeos, Don Alfonso Guerra. Ninguno con su mordacidad y talento para el esperpento dialéctico, el exabrupto inteligente y la frase clave.
El Corifeo era el conductor del coro en las tragedias griegas. El que en el paraíso del teatro español manejaba la claque. La batuta que sigue levantando el cartel que dice: ¡Aplauso! En los magacines de TV. para que el público de jubilatas sepa lo que tiene que hacer, de otra forma aplaudirían a quien no deben y abuchearían a quien les paga.
La política mundial está llena de estos directores de coro, como los que manejan los vítores en Caracas, Buenos Aires o Quito, pero en ningún lado como en España, donde alcanzan esa eficacia trágica de la que somos tan excelentes representantes. Por doquier los tenéis que diría Quevedo, por cierto, el mejor de ellos.
¿Habrá una palabra para todo? Todo. Septiembre

Pablo Sebastián
José Oneto
Fernando Glez. Urbaneja
José Luis Manzanares
José Javaloyes
Primo González
Juan Fco. Martín Seco
Alberto Piris
Daniel Martín
Ignacio Sebastián de Erice
Fernando Fernández Román
Julián García Candau
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