Nuestro ordenamiento jurídico no ampara los pactos o acuerdos entre el fiscal y el imputado (o procesado) para fijar las penas de sus delitos. Lo previsto es, tratándose de penas no superiores a los seis años de prisión, la conformidad del acusado con la acusación, reconociendo su culpabilidad y aceptando la pena solicitada. Así se evita la celebración del juicio o se reduce el mínimo. Ya no habrá que ocuparse ni de la práctica de la prueba ni de su valoración, por ejemplo. Todo un ahorro de tiempo y energía procesal cuando el acusado nada tiene que oponer a la acusación porque los hechos están perfectamente acreditados y sus consecuencias jurídicas son incuestionables.
Pero una cosa es conformarse con la acusación legalmente correcta y otra negociar la acusación misma para aceptar después una acusación consensuada a la baja. Entonces la conformidad se convierte en desvergonzado chalaneo con tintes napolitanos. Si tú te olvidas de algún delito, o de una agravante (que efectivamente concurre), y rebajas consecuentemente la petición de pena, yo me conformo y os evito trabajar a vosotros y al juez. Nada de dilaciones o recursos. Se llega a un punto de encuentro, y aquí paz y después gloria.
También puede ocurrir que algún delito se nos quede por el camino, porque eran varios y el acuerdo vale para todos. Un acuerdo que con frecuencia incluye la tácita garantía del fiscal en el sentido de que la ejecución de la pena, o penas, será suspendida gracias a su solicitud y a que el reo carece de antecedentes penales. Lástima -o menos mal- que estos tejemanejes se complican cuando hay otras partes acusadoras.
Nuestro sistema procesal se ha degradado sustituyendo el principio de legalidad por los de oportunidad, economía y mínimo esfuerzo. Y la deriva no se corrige, antes al contrario, con declaraciones tan poco afortunadas como las de la portavoz del Consejo General del Poder Judicial para explicar o disculpar las posibles negociaciones de los fiscales mallorquines con los letrados de Iñaki Urdangarin y su socio Diego Torres. Bastante más prudente ha sido el Fiscal General del Estado.

Pablo Sebastián
José Oneto
Fernando Glez. Urbaneja
José Luis Manzanares
José Javaloyes
Primo González
Juan Fco. Martín Seco
Alberto Piris
Daniel Martín
Ignacio Sebastián de Erice
Fernando Fernández Román
Julián García Candau
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