Con las ventanillas del crédito cerradas los gobiernos autonómicos están al borde suspender pagos, de la que solo puede salvarles el Fondo de liquidez que anda preparando Hacienda con demasiada parsimonia. Están tiesas y al mismo tiempo juegan con fuego, quienes están al tanto de la situación y miden los plazos de resistencia como buscando alguna ventaja.
El retraso en la reforma financiera, la resistencia al “banco malo” y a la recapitalización de las entidades averiadas solo ha complicado y encarecido el salvamento. Y lo mismo está ocurriendo con los problemas financieros de las autonomías.
¿A quién benefician los retrasos? Probablemente a nadie, ni siquiera a los acreedores que aunque suben las primas de riesgo sienten también que no les llega la camisa al cuerpo ante la hipótesis de un posible “default”. Todos los concursos de acreedores son inciertos, el más tonto y el más insignificante puede provocar un desastre.
Prácticamente todas las autonomías, excepto la forales que son de otro mundo, van a necesitar liquidez proporcionada por el Tesoro. Incluso Galicia que saca pecho con los ojos puestos en las elecciones de octubre puede verse necesitada de apoyo porque aunque sus necesidades son modestas, sigue necesitando algo más de lo que ingresa para atender el gasto corriente y también los vencimientos y amortizaciones.
La técnica del retraso, muy Rajoy, va mal como tratamiento, los problemas financieros se hinchan a poco que les deje pasar tiempo. Es un dato del problema. Cuando antes se auxilie a las autonomías, responsables de algo más de la mitad del gasto público, será mejor para el conjunto. Ya es bastante anómalo e inquietante que tenga que ser un organismo como Loterías del Estado quien corra con el gasto de un tercio de los fondos que el Gobierno quiere adelantar a los necesitados, algo así como empeñar la joyas de la abuela para pagar el recibo de la luz.
Y para mayor confusión los que están tiesos insisten en que tienen recursos pero que se les ha quedado el Gobierno central. Sirve la frase evangélica “no saben lo que hacen (dicen)”, aunque si deben saberlo, lo que ocurre es que caen en la tentación de las excusas y la demagogia. El artículo que publicó en la Vanguardia el celebrado y extravagante economista Xala i Martin sobre la arcadia catalana que imagina que traería su independencia con estado propio es una de esas inquietantes ensoñaciones que produce la pasión. ¿Se creerá seriamente el profesor lo que ha escrito? Si es así es preocupante, como lo es que la argumentación forme parte de las creencias de buena parte de la burguesía catalana.
Este es un asunto serio que merece un debate parlamentario y social de más enjundia, que debe salir del mundo emocional e incorporarse al debate político con serenidad y números. Las balanzas fiscales suelen ser un artefacto que sirve para un roto y un descosido; el profesor Xala i Martín sabe bien que los modelos no son estáticos, que en economía hay consecuencias de los actos, unas buscadas y otras no tanto.
Lo urgente es no perder más credibilidad. No llevar al límite del “default” a partes del Estado (las autonomías son Estado) y ser capaces de hacer bien las cuentas, de explicarlas y de cuadrarlas. Por ahora ni están bien hechas, ni cuadran ni son manejables. Y demasiada gente está tiesa y amenaza con no pagar.
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