Nº 1137 -  24 / V / 2013 
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Desde el nirvana

La Olimpiada y el ángel caído

Luis Racionero
 

La demanda o “quest” del Grial olímpico por parte de Madrid, que se propone para 2020, me hace pensar en que esa ansiada llama es la que bajaba Lucifer, “el portador de la luz”, que es el patrón underground de Madrid.

Como todo lo que existe, el ángel tiene su reverso tenebroso, que le da vida con su negación, luz con su tiniebla, altura con su caída. En la unidad no hay existencia, sólo lo diferente puede distinguirse y por eso el mundo sólo aparece cuando el uno se esparce y diversifica en las diez mil cosas. El demonio es la cruz de la moneda del ángel. Por eso todos y cada uno tenemos un ángel y un demonio de la guardia, y debemos satisfacer a ambos, pues el demonio por el hecho de existir –y dar existencia al ángel- tiene también derecho a la vida.

Madrid es la única ciudad del mundo que tiene un monumento al ángel caído: lo he contemplado muchas veces en el Retiro, su cuerpo de efebo donatelliano sosteniendo la estrella, el portador de la luz, Lucifer, como Cristofer llevaba a Jesucristo. La esmeralda de la frente de Lucifer es el Grial y la tábula de esmeralda, donde Hermes Trimegisto grabó sus preceptos alquímicos: “Como es arriba, es abajo.” El diablo “est deus inversus”, el reverso de Dios; tocamos ahí un misterio que sólo se comprende en las más elevadas iniciaciones, en la visión beatífica, el “misterium coniunctionis” donde los opuestos se fusionan, la diversidad confluye y resplandece todo en la suprema unidad.

El ángel caído esté abajo, pero “como es abajo, es arriba, para manifestar los secretos del Uno”. Su misión ingrata, como la de Judas, posibilita la consumación de los misterios redentores; sin su presencia y tensión profunda no se depuraría la materia hacia el espíritu. Sus alas de murciélago no le impiden volar, ni saber de donde viene, pero de momento, es el príncipe de las tinieblas y se ocupa de los bajos instintos que con su presencia nos obliga a realizar y depurar. ¿Para qué tanto lío? No lo sé, pero así están las cosas. Y por eso: un respeto para el diablo, y vamos a pedirle a él, al ángel, a San Isidro, a la Almudena y a quien haga falta, que la llama de Lucifer encienda la antorcha olímpica de Madrid.

Opinión

Pablo Sebastián

Fernando Glez. Urbaneja

José Luis Manzanares

Primo González

Daniel Martín

Ignacio Sebastián de Erice

Fernando Fernández Román

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