El pasado jueves 23 de agosto, hicimos en Republica.com la presentación del tercer artículo sobre “El lago español: navegaciones y conquistas ibéricas en el Océano Pacífico, siglos XVI a XVIII”. Habiendo tenido ya ocasión, en las tres primeras entregas de ocuparnos de los siguientes epígrafes:
En la entrega de hoy, jueves 30 de agosto de 2012, abarcaremos otra serie de navegantes:
12. Juan Fernández: navegante del Pacífico Sur
13. Sarmiento de Gamboa: el fortificador del Estrecho
14. Quirós en Austrialia del Espíritu Santo: la Nueva Jerusalén
15. Luis Váez de Torres, avistador de Australia
12. Juan Fernández: navegante del Pacífico Sur
Dejando para más adelante las grandes navegaciones de Fernández de Quirós, herederas de las Mendaña, nos referimos ahora, como en una especie de interludio, a Juan Fernández (1528-1599), quien hacia 1550 llegó al Pacífico y durante cuarenta años navegó entre Perú y Chile. Para luego tomar parte, ya lo vimos, en la primera expedición de Mendaña, y en la que luego referiremos de Sarmiento de Gamboa al estrecho de Magallanes[1].
La navegación directa del Perú a Chile era difícil, a causa de la corriente de Humboldt –no viceversa—, tardándose mucho en vencer tal obstáculo, siendo el piloto Hernán Gallego, el ya citado del primer viaje con Mendaña, quien observó el cambio de los vientos, de alisios del Sudeste en Oeste. Lo que sugirió posteriormente a Juan Fernández la idea de abreviar la ruta del Perú a Chile, desviándose al Oeste a gran distancia de la costa, lo que ensayó en 1574 con total éxito; pues invirtió en el viaje treinta días en lugar de los noventa usuales. En ese tránsito, descubrió las islas que llevan su nombre, hoy de soberanía de Chilena.
En 1576, Juan Fernández y Juan Jufré, veterano de la conquista de Chile por Valdivia —a quien había persuadido Sarmiento de Gamboa de la existencia de ricas islas en el Pacífico meridional— lograron permiso del virrey del Perú para una nueva exploración y efectuaron grandes preparativos. No pudo participar Sarmiento, a la sazón prisionero de los ingleses, y partieron Fernández y Jufré, que en su navegación en los 40º Sur y a distancia muy considerable de Chile avistaron una tierra de gran extensión y poblada con gente de color claro. Se ha supuesto, sin demasiado fundamento, que esa tierra fuera Australia, o con más probabilidad Nueva Zelanda, por la latitud y otros pormenores. Quiso desembarcar Juan Fernández a la tierra recién hallada, pero la muerte de Jufré en 1578 y la falta de medios se lo impidieron.
Destaquemos en este pasaje que al comenzar el siglo XVIII fue abandonado en una de las islas del archipiélago de Juan Fernández, deshabitada entonces, el marinero escocés Alejandro Selkirk, que se mantuvo en absoluta soledad cuatro años y medio, hasta que fue salvado en 1709. Fue el prototipo del personaje imaginado por Daniel Defoe, y por ello mismo la isla se conoce con el nombre de Robinson.
13. Sarmiento de Gamboa: el fortificador del Estrecho
El ya mencionado navegante, madrileño, de Alcalá de Henares, ingresó a los dieciocho años en el ejército y tomó parte en acciones de guerra fuera de España, en Europa, entre 1550 a 1555; para luego pasar a México, para durante veinticinco años residir en América[2].
En México sufrió un proceso inquisitorial por irreverencias, siendo azotado públicamente en la ciudad Puebla. Por lo cual, se decidió marchar al Perú, donde por sus aficiones astrológicas y adivinatorias sufrió otra imputación del Santo Oficio, en 1564; siendo condenado a penitencia y destierro de las Indias; si bien el apoyo del virrey del Perú, por necesitar de sus servicios científicos, hizo sobreseer la sentencia, pues se estaba preparando la que sería primera expedición de Mendaña (ya referida), en la que efectivamente participó Gamboa, como ya se ha reseñado antes; quedando patente en el gran periplo su pericia de astrónomo, cosmógrafo y marino. No es extraño que al regreso de la expedición, Sarmiento señalara a Mendaña como irresponsable, por no haber querido seguir la dirección suroeste que él le indicó, y que seguramente habría dado por resultado llegar a tierras más importantes (Australia o Nueva Zelanda).
Vuelto a México, Gamboa regresó otra vez al Perú, al saber el nombramiento de su amigo don Francisco de Toledo como virrey, quien le acogió bien, y a quien ayudó en la captura del rebelde Tupac Amaru, autoproclamado Inca. Y fue por entonces, cuando por inspiración del Virrey compuso una Historia de los Incas, que no obstante no haberla completado, paso a ser considerada como una de las mejores y más ricas en datos acerca del antiguo imperio; aunque ciertamente, escrita con el ánimo de demostrar que los incaicos habían sido unos usurpadores de culturas anteriores, por lo cual estaba justificada la conquista española.
El virrey Toledo le protegió de nuevos ataques de la Inquisición, y habiendo sufrido un tercer proceso (1575-78), le hizo indultar por necesitarlo contra las piraterías de Drake –de las que más adelante nos ocupamos—, que arrasó el puerto de El Callao y la ciudad de Panamá. De modo que en octubre de 1579, con varios buques, Sarmiento se dirigió al estrecho de Magallanes para cerrar el paso al pirata inglés, lo cual no consiguió, de modo que el gran corsario pudo completar lo que fue la segunda vuelta al mundo después de Magallanes y Elcano, como también veremos.
Sarmiento apoyó entonces la idea, que ya tenía el Virrey Toledo de fortificar el Estrecho, para impedir el paso de los piratas ingleses y franceses al Pacífico. Para lo cual se organizó una nueva armada, con dos naves, que tomó posesión, el 22 de noviembre de 1579 del estrecho, al que bautizó con el nombre de la Madre de Dios, por su honda devoción (recordemos que Magallanes lo había llamado de Todos los Santos). En esa nueva navegación –en la que tomó parte Juan Fernández—, la energía y decisión de Sarmiento tropezaron con el hambre y la resistencia de las tripulaciones a quedarse en aquellas inhóspitas tierras, de manera que en 1580 salió al Atlántico, y tomó rumbo a España. Donde logró entrevistarse con Felipe II en Badajoz, para persuadirle de la necesidad de colonizar el Estrecho y fortificarlo. Como consecuencia de esa aceptación del Rey, Sarmiento, fue nombrado gobernador y capitán general del Estrecho.
Con muchas dificultades y demoras, Sarmiento consiguió que la flota partiera definitivamente el 9 de diciembre de 1581, con menos buques de los previstos, 16, en los que iban 350 colonos y 400 soldados con destinados al Estrecho, adonde llegaron el 19 de febrero de 1583. Pero Diego Flores de Valdés, el jefe supremo de la expedición, no se atrevió a entrar en él por lo proceloso de sus aguas, y regresó a Río de Janeiro, desde donde se volvió a España con toda su cobardía e inepcia; dejando solo a Sarmiento, que con cinco buques y 530 personas se adentró nuevamente al Estrecho el 1 de septiembre de 1584. En cuyo Cabo de las Vírgenes fundó la ciudad de Nombre de Jesús, donde dejó a 300 personas para empezar la colonización y fortificación. Con la desgracia de que la deserción de su piloto de confianza, Antón Pablos, le abandonó llevándosele tres buques, quedándose Sarmiento ya con uno solo.
Con cien soldados siguió la costa del Estrecho por tierra, y el 23 de marzo de 1584 fundó una segunda ciudad, Rey Don Felipe, cerca de la actual Punta Arenas (Magallanes), sufriendo la colonia del mucho frío que reinaba en la zona. Y cuando volvió a la anterior ciudad de Nombre de Jesús, el viento le arrastró fuera del Estrecho y ya no pudo volver a entrar en él. Teniendo que dirigirse a Brasil, desde donde intentó enviar un buque de socorro para los colonos de las dos ciudades recién crecidas que para mayor desgracia naufragó.
Tenaz como pocos, Sarmiento, a comienzos de 1585, volvió al Estrecho, pero fracasó en su tentativa de llegar a las dos ciudades antes fundadas. Con el gran agravamiento de su nueva expedición por el hecho de que hubo de reprimir el solo un motín de la tripulación; aunque a la postre, hubo de dirigirse a España, a solicitar auxilio para sus colonos. Pero fue capturado por corsarios ingleses /1586) y llevado a Inglaterra, por considerarle personaje importante. Donde vivió unos meses en condiciones mucho mejores de lo que podría haber esperado.
En el Castillo de Windsor Sarmiento conoció a Walter Raleigh (introductor del tabaco en Europa), que le tuvo en estima y le trató bien, presentándole a la reina Isabel I, con quien Sarmiento habló en latín durante media hora; tras lo cual quedó en libertad, encomendándole la Reina una misión secreta para Felipe II, para lo cual le entregó mil escudos y le devolvió los documentos que de él se conservaban. Sin embargo, en sus continuas desgracias, después de entrevistarse con Alejandro Farnesio (Gobernador General de los Países Bajos españoles) en Flandes (cuando Felipe II estaba preparando la invasión de Inglaterra con las tropas que dirigía Farmesio), en su retorno a España, al pasar por el sur de Francia, Sarmiento fue capturado por unos hugonotes rebeldes y estuvo preso tres años sometido a malos tratos en Mont-de-Marsan; exigiéndose por él un exagerado rescate, que pidió varias veces al rey, y que por fin se pagó en 1590.
Retornado a España, lleno de deudas, Sarmiento sólo pensaba en ver el modo de socorrer a sus colonos del Estrecho, cuya suerte le era desconocida. El hambre y el frío los habían exterminado, de tal modo que, al pasar por allí el corsario inglés Cavendish, en 1587, sólo halló a 18 españoles, de los cuales solamente pudo salvar el marinero que dio luego noticias de la tragedia. Había fracasado la empresa (por demás, técnicamente impracticable) en que Gamboa soñó con todo su afán para cerrar el Pacífico a la piratería extranjera que condicionaba las riquezas del Perú (Minas de Potosí), y de todas las demás ciudades costeras de la América Española del Pacífico.
Sarmiento fue un encendido patriota, leal en grado sumo, digno, tenaz en sus planes, inflexible en el cumplimiento del deber, y de gran cultura náutica. En el siglo XIX el marino ingles Parker King designó con el nombre de Sarmiento, en honor de este marino, una elevada montaña del Estrecho de Magallanes.
14. Quirós en Austrialia del Espíritu Santo: la Nueva Jerusalén
Navegante portugués (1565-1615) al servicio de España (algo normal casi desde siempre, pero mucho más frecuente aún desde la unión de las dos coronas de España y Portugal en el testamento de Felipe II), fue escribano de buques mercantes, y adquirió hondos conocimientos náuticos. Navegó en la nao de Acapulco a Manila y se casó, al parecer, en Madrid, pasando luego al Perú. En 1595 y en calidad de piloto mayor acompañó, como ya se ha dicho, a Mendaña, en su segundo viaje de descubrimiento a las islas Marquesas y de Santa Cruz; y fallecido Mendaña, Quirós se hizo cargo de la expedición, cuando ya la mandaba su viuda, la Adelantada Isabel Barreto, y rumbo a Filipinas. Donde presentó al gobernador Morga un memorial sobre la empresa realizada y logró de él, medios para reparar un buque en que regresó al Perú.
Pero en Lima, Quirós ya no encontró el apoyo del virrey Velasco para proseguir las exploraciones en el Pacífico. Por lo cual se dirigió a España (1598) adonde no llegó en 1600, para continuar viaje a Roma, a fin de ganar el jubileo del Año Santo; y presentar sus propósitos al embajador español duque de Sessa, quien le consiguió una entrevista con el Papa Clemente VIII y una recomendación escrita, que le conquistó, sin dificultades la ayuda del piadoso rey Felipe III (1603)[3].
Con el apoyo real, Quirós se apresuró a marchar de nuevo a América, y el Virrey del Perú, por entonces el conde de Monterrey, le facilitó tres navíos y víveres para un año con unos 300 hombres, entre marinos y soldados, seis franciscanos y cuatro hermanos hospitalarios; semillas y animales para fundar una colonia. Iban en la expedición el marino Luis Váez de Torres y el joven poeta Luis de Belmonte Bermúdez, con toda probabilidad, autor del relato de la navegación. El objetivo era descubrir la Tierra Austral, cuya hipotética existencia se suponía al sur de Nueva Guinea y de las islas descubiertas por Mendaña, imaginándola muy rica.
Quirós era hombre soñador, fantástico, poco realista fuera de la náutica; fuertemente religioso, con tinte de misticismo, veía su empresa como una labor misional llevada a cabo con fines puramente evangélicos. Por lo cual empezó por adoptar el hábito franciscano, pues quería que con el espíritu seráfico se efectuara la expedición. Pero se daba un brutal contraste entre el jefe y la mayoría de la tripulación, gente codiciosa, sin escrúpulos ni humanidad.
Zarparon el 21 de diciembre de 1605 de El Callao hacia las islas Salomón, descubiertas por Mendaña y de haberse seguido el plan –que era el recomendado por Sarmiento de Gamboa en la segunda expedíción a Mendaña, en 1567- se hubiera llegado a Nueva Zelanda o a Australia. Pero mostrándose Quirós muy débil ante la tripulación y el díscolo piloto Juan Ochoa, cambió la ruta, dirigiéndose hacia el archipiélago de Santa Cruz, en línea recta. Una ruta que se hizo penosa por la falta de víveres y agua, aunque Quirós tenía un aparato para destilar agua marina.
El 7 de abril de 1606 llegaron a la isla de Taumaco o Nuestra Señora de Socorro (hoy isla Duff), ya del grupo de Santa Cruz. Y el 1 de mayo de 1606 descubrían una isla grande en el archipiélago hoy designado como Nuevas Hébridas (un grupo de islas de la República oceánica de Kiribati), que Quirós bautizó con el nombre de Austrialia del Espíritu Santo; combinando así el nombre de la Tierra Austral que creía haber hallado, con el de la casa de Austria. El nombre de Australia, derivado del puesto por Quirós, hizo fortuna ulteriormente, frente a la idea neerlandesa de llamarla Nueva Holanda.
En la referida isla de Austrialia, y a orillas del río que llamó Jordán, Quirós decidió fundar una ciudad, empezando por solemnes ceremonias y nombrando todo el ayuntamiento y cargos de la imaginaria población, designada como Nueva Jerusalén. Quirós había perdido ya todo sentido de la realidad y vivía su ensueño místico y caballeresco y no se frenó para nada; creando allí mismo la Orden de Caballería del Espíritu Santo, de la que hizo miembros a la mediocre gente que le acompañaba, estableciendo una jerarquía militar. Pero al estallar la hostilidad con los indígenas, dejó la ciudad recién fundada tan pomposamente, y zarpó con su flota el 8 de junio de 1606. Y siempre más que vacilante, Quirós ordenó inmediatamente volver a la bahía para invernar allí, pero una violenta tempestad separó los tres buques, siendo arrastrado Quirós lejos de su isla-ciudad; a donde no intentó volver; por la oposición de sus hombres a proseguir tantas vicisitudes y por su propia falta de energía. El caso es que puso rumbo a México, a cuyas costas arribaron en octubre de 1606.
Tenaz en sus pretensiones de figuras en la Historia como un gran navegante, Quirós se desplazó a la Corte en Madrid, donde permaneció siete años, en la más negra miseria. Pero sin cejar en su ideal de dotar a España de la soberanía del continente austral, escribió varios memoriales; a pesar de lo cual, el Consejo de Indias no se atrevió a reanudar la empresa, por la notoria incapacidad de Quirós como jefe, y también porque España no era ya la de un siglo antes, pensándose en los medios oficiales que el descubrimiento de un nuevo continente, que no se podría conquistar o conservar, sólo serviría para beneficio de los enemigos. El caso es que los memoriales de Quirós fueron traducidos a varias lenguas, estudiando atentamente los holandeses que tuvieron en ellos la base de sus grandes descubrimientos.
Pero el caso es que acabó por encomendarse el asunto de una segunda expedición Mendaña, en 1610, al marqués de Montes Claros, virrey del Perú. Quien otorgó al navegante la oportuna cédula el 21 de octubre de 1614, en la que se ordenaba aprestar una nueva armada sin más dilación. Por lo que nuevamente Quirós se puso en marcha desde España al Perú, para hacer los preparativos. Y allí, en Lima, murió en 1615 extenuado de tanto ir y venir, siempre con su obsesión por encontrar la Australia de sus sueños.
Con Quirós se retiró España de las empresas de descubierta del Océano Pacífico, precisamente cuando llegaban los holandeses que acabarían descubriendo el continente austral que en vano buscó Quirós. Su fracaso fue indicio de la fatiga e inicial decadencia de la España de aquellos días, perfilándose Quirós como hombre de otra edad; a quien se consideró como el Don Quijote del Océano por G. Arnold Wood, en su libro The discovery of Australia. En cualquier caso, sus viajes no fueron del todo estériles, por los descubrimientos hechos por él mismo y por Torres, con los que se cerró la gran época española de navegación por el Pacífico, salvo la gran expedición científica de Malaspina a la que nos referimos.
15. Luis Váez de Torres, avistador de Australia
Navegante portugués al servicio de España, acompañó a Pedro Fernández de Quirós en su segundo viaje por el Pacífico, ya descrito, en busca de las regiones australes, al mando de la nave almirante San Pedro. Al descubrir la Australia del Espíritu Santo (mayo de 1606) y fundarse la fantástica ciudad de Nueva Jerusalén, Torres fue nombrado maestre de campo y participó en las ceremonias allí realizadas[4].
Al irse hacia México Quirós, según ya se ha relatado, Torres, marino de más decisión, comprendió que quedaba solo, y resolvió proseguir la exploración. Yendo hacia el Noroeste, en busca de Nueva Guinea, y al llegar a su extremo Sudeste, comprendió que no podría costear el litoral Norte, único conocido, y recorrió toda la costa Sur, aún ignorada y de un mar sumamente peligroso.
Sin darse cuenta efectuó su gran descubrimiento: el del estrecho de Torres –nombre que sigue honrando su memoria por la buena observancia de Cook—, entre Nueva Guinea y Australia. Por desgracia, no se dio cuenta de que la tierra que tenía al Sur era el continente australiano, la Tierra Austral soñada por tantos geógrafos, y buscada en balde por Quirós. El relato que escribió de su viaje a Felipe III es tan extremadamente conciso, que no permite conocer apenas ningún pormenor ni la fecha exacta de su hazaña (hacia septiembre de 1606).
El segundo navegante que atravesó el Estrecho de Torres, cuya existencia era desconocida en Europa, fue Cook, en 1770, quien tuvo la atención de imponerle para siempre el nombre de su predecesor, de cuyo descubrimiento tenía ya noticia y cuya exactitud comprobó.
Y como siempre, quedamos a disposición de los lectores de Republica.com en castecien@bitmailer.net.
[1] Ramón Ezcarra, “Juan Fernández”, en Diccionario de Historia de España (en lo sucesivo DHE), Revista de Occidente, Madrid, 1952.
[2] Ramón Ezcarra, “Pedro Sarmiento de Gamboa”, DHE.
[3] Ramón Ezcarra, “Pedro Fernández de Quirós”, DHE.
[4] Pedro Ezcarra, “Luis Váez de Torres”, DHE.