Nº 1133 -  20 / V / 2013 
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Desde el nirvana

El último exiliado

Luis Racionero
 

En una entrevista publicada, ni que decir tiene, en El País, el exjuez Garzón se autoproclama el último exiliado del franquismo, lo cual significa que sigue la lista de Grimau, Sabater y los últimos anarquistas fusilados por volver del exilio en los años cuarenta y atacar al régimen. Me parece una frivolidad propia de su egolatría equipararse con los exiliados del franquismo. Medio millón de personas salieron por La Junquera o por donde pudieron al acabar la Guerra Civil y su meta fue muy dura, rehaciendo sus vidas en Francia, Méjico o Venezuela, nada comparable a los exilios subvencionados por el Banco de Santander de Garzón en Nueva York.

Su fascinación por la Guerra Civil es tal, que pidió el certificado de defunción de Franco y pretendió abrir tumbas, esa afición tan española, como se comprobó en la Semana Trágica de Barcelona, cuando entraron en los conventos y expusieron las momias de las monjas, o en todas partes a finales de julio del 36. Ahora sigue mentalmente en su Guerra Civil como exiliado, de oro, claro está.

Su próxima misión imposible –y ésta ya me gusta más- es defender a Julian Assange de los sospechosos cargos que se le imputan con dos señoras suecas cuyas acusaciones parecen demasiado oportunas y rocambolescas para merecer crédito. Ahí le doy la razón, parecen hechos para extraditarlo a USA y que pague allí sus indiscreciones. Le deseo suerte en esta defensa, por el lado quijotesco de la peripecia de Assange.

Yo también me voy a exiliar cualquier día pero no seré el “último exiliado del franquismo“, sino el último exiliado de las dos Españas, harto del cinismo, del fanatismo del PSOE, de sus trampas y abusos, del modo en que su prensa adicta encona a España en una guerra civil permanente. Me gustaría vivir en un país donde los socialistas o comunistas no se creyeran en posesión de la verdad y con la razón siempre de su lado por el mero hecho de ser socialistas y comunistas, que, a la postre, la mayoría sólo lo son de boquilla y por conveniencia.

Ahora el exiliado Garzón -¿quién le obliga a marcharse?- se las verá con una “misión imposible”: proteger a Assange de las iras de la CIA. Es para desearle toda la suerte del mundo y pensar que por qué se mete en esos berenjenales: porque no puede estar a la sombra, necesita permanecer en el “candelabro”.

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