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La autora, profesora de arte de la Universidad de Sao Paulo, llegó a Chile la pasada semana y con sus asistentes Flaminio y Marcela produjo más de cien esculturas diarias, gracias a unos moldes de plástico y a un camión frigorífico que permitía congelar las figuras.
Una vez solidificadas a 35 grados bajo cero, Azevedo y su equipo extrajeron las esculturas de los moldes y, con extrema delicadeza, las limaron y las taparon con bolsas de plástico, para almacenarlas de nuevo en cajas frigoríficas.
Todo ello, con el fin de mostrarlas en un espacio público, observar su proceso de descomposición y denunciar, no sólo el derretimiento de los polos y el aumento del nivel del mar, sino también la destrucción de la propia humanidad.
“Pienso que la cuestión de la desaparición es algo contemporáneo que conmueve a las personas, y creo que es fundamental que nuestra cultura comprenda que somos mortales”, enfatizó Azevedo.
Gracias los contactos que ha tejido en Internet, la muestra de Azevedo se ha instalado en una decena de ciudades de Brasil, Noruega, Portugal y Alemania.