No parece que nuestra crisis económica haya repercutido en una retirada, ni siquiera parcial, de las fuerzas españolas en la frontera entre Líbano e Israel, en Afganistán o en otros lugares del mundo, lo que contrasta con los recortes en los sueldos de los funcionarios, gastos farmacéuticos y servicios públicos tan sensibles como la medicina y la enseñanza pública. Pecamos de generosos en la escena internacional pese a que ni siquiera en los años de vacas gordas éramos una potencia de primera fila. Caímos así en el pecado de los nuevos ricos -o de quienes se creen en el seguro camino de serlo- que necesitan el aplauso agradecido del prójimo.
Valgan de ejemplo la cúpula ginebrina, que nos costó un riñón, para brillar en las Naciones Unidas. O los alegres desembolsos a cuenta de la Alianza de Civilizaciones, una iniciativa bien acompañada de viajes, banquetes y recepciones, como es habitual cuando pagan los de siempre, unos contribuyentes que quizá no estén de acuerdo con el dispendio de sus dineros. Y eso cuando no se subvenciona a algún organismo internacional para que después coloque con buen sueldo a alguno (o alguna) de los nuestros (o nuestras) compañeros (o compañeras) de partido.
Es posible que en las actuales condiciones ya nadie se atreva siquiera a pedir dinero para promover la igualdad de sexos en Zimbabwe o para la defensa del guaraní en Paraguay, pero echamos en falta otros ahorros en tareas que, aún siendo bastante más serias, como todo lo referente a nuestras fuerzas armadas, debieran acomodarse a las nuevas circunstancias. Es el caso de nuestra permanencia en Afganistán, y no sólo por razones económicas. Aunque la invasión pudiese estar justificada en su día para acabar con el terrorismo de Bin Laden, ningún provecho nos reportará la continuada ocupación de aquel país so pretexto de democratizarlo y enriquecerlo con nuestra escala de valores. Hay que ser muy optimista para pensar, bien entrado el siglo XXI, que la guerra está ganada y los objetivos cumplidos, o en camino de serlo.
La sombra de lo que ocurrió tras la intervención soviética en Afganistán hace ya muchos años planea de nuevo sobre los colaboradores de sus actuales ocupantes. Cuando se retiren los últimos soldados occidentales, no será como amados bienhechores sino con las armas en la mano para evitar su linchamiento. La muerte a tiros de un par de niños o viejos indefensos, o la vejación de una familia de creyentes, pesará mucho más en nuestro “debe” que la construcción de una carretera o de un hospital en nuestro “haber”.
Cuanto antes nos vayamos, mejor. Eso sí, avisando con tiempo a nuestros aliados para no repetir el bochornoso espectáculo que dimos cuando deprisa y corriendo abandonamos Irak al grito castizo de “ahí te quedas”.