Los alemanes no se ponen de acuerdo, de modo que la posible terapia curativa del BCE comprando bonos italianos y españoles sigue sin concretarse, aunque el BCE tiene fijado el calendario de forma que el próximo 6 de septiembre arranque el procedimiento de normalización de los tipos de interés de los países periféricos. De lo que se trata es de que Italia y España puedan financiarse a costes razonables, es decir, no más allá de tres puntos de interés por encima de los que disfrutan los países más creíbles de la Eurozona, como Alemania y Francia. Pero llevar estos loables deseos a la práctica no está resultando fácil y los mercados se mueven con altibajos a veces desconcertantes.
La división que parece existir en el lado alemán, en particular entre dos miembros del Consejo del BCE considerados de tendencia conservadora o liberal, no estaba en el guión de la crisis, ya que por lo general el segmento gubernamental de los alemanes actúa con una posición bastante compacta y con pocas fisuras. Lo que pasa es que en las últimas semanas parece que se han abierto razonamientos algo más sensatos en cuanto a la forma de superar la crisis de la deuda pública en los países periféricos de Europa, sobre todo después de constatar que la persistente presión de los sectores más ortodoxos tanto de Berlín como de Bruselas habían conseguido éxitos bastante razonables frente a la escasez de rigor presupuestario y fiscal de los países más discutidos, es decir, Italia y España.
Las garantías de los programas de ajuste emprendidos, sobre todo por España, y la confianza en que estos van a seguir, habrían hecho mella en los medios políticos alemanes y desde luego han resultado bastante convincentes en Bruselas. En este sentido, el último eslabón que se resistiría a dar el visto bueno al BCE para que ponga en marcha su anunciado programa de compras de deuda pública española para lograr enfriar los tipos de interés es el presidente del Bundesbank, el banco central alemán, pieza clave además en el BCE, en el que actúa como si se tratara del guardián de las esencias.
El Bundesbank mantiene una posición altamente respetuosa con la ortodoxia, que defiende la idea de que comprar deuda de Estados miembros desvirtùa el papel de un banco central y puede entrañar serios riesgos para la estabilidad de precios a medio plazo, que al fin y al cabo es la tarea prioritaria y el mandato constituyente básico que debe guiar al BCE. Es un debate complejo, en el que el Bundesbank se parapeta tras argumentos muy sólidos y solventes, pero en el que se ignora un cierto nivel de “cintura” política, de flexibilidad y de miramiento a los objetivos a largo plazo, no sólo económicos y monetarios sino también de estabilidad política y de viabilidad del euro, asunto este último que todos pregonan como inspirador de todas las actuaciones.
La lucha contra el reloj forma parte también de las exigencias del momento. España no puede estar mucho más tiempo financiando al sector público con tipos de interés fuera de toda moderación, ya que las previsiones económicas se están agravando de forma acelerada. Además, tenemos a la vuelta de la esquina un previsible “otoño caliente”, al que el Gobierno de Rajoy trata de llegar en la mejor disposición posible para no ver perturbados sus planes de saneamiento de la economía. En principio, el calendario inicial del BCE estaba bien encajado en el desarrollo previsible de los acontecimientos. Pero las demoras y sobre todo las dudas, sus idas y venidas, esa impresión de que aquí casi nadie tiene claro lo que hay que hacer, pueden enturbiar el horizonte general de la economía española y, de paso, hacer inservible toda la maquinaria que prepara el BCE, que se arriesga a llegar tarde con la manguera para apagar un incendio que puede activarse a la vuelta de unas pocas semanas.