En Finlandia, en Austria y desde luego en Alemania, se han levantado voces en las últimas fechas sobre la viabilidad del euro, sobre la posibilidad de que algún país rico se marche de al Unión, sobre la puesta en marcha de mecanismos de expulsión para los incumplidores de las políticas y objetivos comunes y, en general, sobre la conveniencia de dar un golpe de timón a la Unión Monetaria o, alternativamente, romper la baraja. Lo novedoso en estos últimos días de estas declaraciones es que, por primera vez, proceden de algunos destacados miembros de los Gobiernos. No en el caso de Alemania, en donde hay una voz discordante permanente en los sectores de perfil más conservador que tampoco juega de forma descarada al rupturismo, pero sí en los casos de Austria y de Finlandia. ¿Por qué no se callan?, cabría preguntarse tomando la frase del Rey Don Juan Carlos en una cumbre latinoamericana y que este fin de semana recuperaba un comentarista de la prensa internacional.
El ruido en torno a la ruptura del euro no resulta conveniente para la imagen de la moneda única y cabe suponer que en estos momentos, debilitar la moneda común incide de forma especialmente negativa en las posibilidades de mejoría de los países más vulnerables, como España o Italia, ya que un euro fuerte permite confiar más en la solidez del proyecto europeo y en la solidaridad interna de sus miembros. La cuestión puede resultar especialmente delicada en unos momentos en los que el BCE estudia la forma de intervenir en los mercados para enfriar los tipos de interés de los países con más dificultades de financiación, de forma que estos (caso de España e Italia, sobre todo) puedan financiarse a costes razonables que hagan posible la adopción de las diversas reformas que tienen en marcha y que les permitirán normalizar sus déficits públicos y su relación con el resto de los vecinos europeos.
Por estos motivos, las elucubraciones sobre el hipotético desmontaje del euro son una mala señal, sobre todo si aparecen respaldadas por representantes de los Gobiernos en el ejercicio del poder, ya que los mercados o los inversores pueden llegar a pensar que el desmontaje del euro no es una idea quimérica sino una posibilidad real, que algunos Gobiernos incluso afirman haber estudiado con minuciosidad, como si el no hacerlo fuera un ejercicio de irresponsabilidad por parte de los Gobiernos que no han tenido en cuenta un escenario hipotéticamente adverso para el país que gobiernan.
Se puede decir o pensar que estos ejercicios suelen ser malabarismos destinados al consumo interno, a las propias opiniones públicas nacionales, lo que se entendería si forman parte del argumentario de grupos marginales o de la oposición al Gobierno de turno. Pero que lo digan, como ha sido el caso esta pasada semana, algunos altos cargos de Gobiernos que ejercen sus funciones y que se sientan, en consecuencia, en la mesa de las decisiones comunitarias, en el Eurogrupo o en el Consejo europeo de turno e incluso aportan a algunos destacados economistas a organismos decisorios como el Banco Central Europeo, no deja de causar bastante perplejidad,. Susceptible de transformarse en preocupación.
Es, por lo demás, motivo de reflexión que los planteamientos rupturistas del euro procedan de países que están en al lado de los beneficiarios. Pocos sacrificios se les han demandado a los ciudadanos de Austria o de Finlandia en relación con los que afrontan griegos, irlandeses, españoles e italianos, posiblemente merecedores de alguno de los castigos o de la mayor parte de las estrecheces que padecen porque no han sabido dosificar en el pasado la bonanza de la parte alta del ciclo (que en gran medida se deudora de la propia integración europea y en particular del nacimiento hace dos años del euro) y viven ahora bajo el rigor penitencial propio de quien purga sus excesos.
Por fortuna, los sectores rupturistas frente al euro tienen en estos sacrificados países menos fuerza, incluso mucha menos, que en los países desarrollados del centro y norte de Europa. ¿Por qué será? Y ello a pesar de que la dosis de desencanto frente al proceso europeo podría ser muy superior en España, con un 24% de tasa de paro, que en Finlandia, casi con pleno empleo. El dinero con el que países como Italia o España van a salir del atolladero no sale de una cuestación pública (caso distinto es el de Grecia, en donde ha habido quita para los prestamistas, algunos por cierto españoles e italianos), simplemente saldrá de sus propios bolsillos y lo único que demandan es un cierto margen de confianza, en suma algo más de tiempo para responder de sus desajustes. Es una demanda de mínimos, que además debería dejar al BCE que haga su trabajo sin tantas interferencias politicas.

Pablo Sebastián
José Oneto
Fernando Glez. Urbaneja
Marcello
José Luis Manzanares
José Javaloyes
Primo González
Juan Fco. Martín Seco
Alberto Piris
Daniel Martín
Ignacio Sebastián de Erice
Fernando Fernández Román
Julián García Candau
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