La que siente el español en general por todo lo que rodea la muerte y su entorno. No es sin duda algo privativo de nuestro pueblo pero seguro que en pocas culturas se da una atracción tan significativa por un hecho tan natural como es la pérdida de la vida y el paso a otro mundo ignoto.
Me viene al pensamiento esta aseveración como consecuencia de un análisis de conversaciones habidas este verano al respecto y que paso a considerar o poner a la consideración del lector.
Hablemos en primer lugar, por ejemplo, del mundo de los toros al que soy aficionado desde siempre. A la pregunta hecha al alimón sobre los toreros más conocidos, pocas dudas le asaltarán al que lea estas líneas que la respuesta más común se referirá a Manolete y Paquirri. Ambos muertos o caídos en “acción”. Al aficionado en general apenas le interesan las faenas que no impliquen el riesgo de la cornada. La lucha con la muerte. Si se pregunta por los toreros vivos más populares la respuesta más probable será José Tomás o tal vez Padilla. Y ello porque al margen del arte que despliegan con la muleta, es el “heroico” desprecio que muestran por la vida lo que atrae la atención del espectador celtibérico.
En otro ámbito como es el de la historia patria encontramos ejemplos que dan validez a lo que expongo; así, si nos remontamos a 2.000 años atrás pocos acontecimientos sucedidos tienen tanta fuerza como las heroicas defensas de Numancia o Sagunto donde, en lucha contra romanos o cartagineses, el mayor orgullo de los celtibéricos fue sin duda – por extraño que parezca – la muerte de todos sus habitantes. No pregunten al vulgo por otros hechos históricos de la época porque el español medio no va a saber responderle.
Trasladémonos 2.000 años en el tiempo y planteémonos la misma cuestión, por ejemplo, a propósito de la última guerra habida en territorio español. De aquéllos afines al bando nacional pocos le hablarán de la batalla de Brunete o del Ebro sino más bien de la heroica defensa del Alcázar de Toledo; y en el bando republicano, igualmente, pocos le hablarán o sabrán de la batalla de Guadalajara o de Teruel pero todos se enorgullecen de la defensa de Madrid. Del famoso “no pasarán”. Siempre, en todos los casos, la muerte como final de la lucha y no la victoria.
Pregunte el lector, también al alimón, por hechos navales donde la victoria de la Armada española sea un hecho histórico relevante. Salvo en el caso de Lepanto pocas respuestas va a tener y ello a pesar que es difícil pensar que se pueda haber sostenido un imperio en América y Asia sin la eficaz acción de una Armada como la española. Es evidente que hubo muchas victorias en 400 años; pero en el recuerdo de nuestro pueblo perduran sobre todo, y, además curiosamente con gran orgullo, acciones trágicas como las de Trafalgar o Santiago de Cuba, que, dicho sea de paso, fueron auténticos desastres. Pero así es.
Otro ejemplo: hace un mes que el Gobierno concedió la Cruz Laureada de San Fernando al Regimiento de cazadores de caballería Alcántara por su heroica actuación, hace 90 años, en la protección de la desbandada de nuestras tropas tras el desmoronamiento de las posiciones en Annual. Heroica acción donde las haya. Llama la atención, sin embargo, que un Regimiento, que tiene un glorioso historial de victorias y brillantes intervenciones, pase fundamentalmente a la historia por la que fue su mayor derrota. De nuevo la gloria en la muerte que no en la victoria.
Si repasamos los himnos o canciones patrióticas encontramos en todas ellas alusiones continuas a la muerte y a su símbolo.
Se queda uno atónito cuando oye cantar a los infantes de marina con orgullo que ”morir por ella (la patria) es nuestra obligación” o que ”por la patria es deber del español la sangre derramar“. ¡Caramba! Siempre canté este himno a grito pelado pero he de confesar que en mi fuero interno pensaba que realmente mi obligación – llegado el caso – era luchar con valentía, honor y vencer; pero de ahí a que mi obligación fuera el morir, pues he de decir que es algo confuso. Oiga, si la muerte llega, pues, mala suerte, pero de ahí a que se tenga que morir uno por obligación pues me parece que no; una cosa es estar dispuesto a dar la vida por un ideal y otra por obligación.
Y no digamos si nos vamos ya a los himnos legionarios donde ya lo máximo es ser el novio de la muerte, nada menos que ”nuestra más leal compañera“. Toma ya.
La infantería canta que “por verte querida y honrada contentos tus hijos irán a la muerte“. Otra vez.
No sigo pero es continua la alusión permanente a la muerte y al deseo del soldado español de alcanzarla. Si es con gloria, claro está.
No parece lógico, pero es un hecho que está en el ADN del celtibero que muchas veces tiene un sentido trágico de la vida, algo que llama poderosamente la atención del foráneo, tal como aquél agregado militar británico que me demandaba un día por la razón de tanto apego a la muerte. Francamente no supe qué responder.
Tal vez todas estas elucubraciones sean producto de la ociosidad veraniega pero cierto es que las conversaciones habidas este verano en las tierras del valle del Lozoya, donde he pasado una agradable jornada, dan que pensar. Por cierto, este valle está lleno de restos de asentamientos humanos prehistóricos. Antiguos pobladores ibéricos fascinados ya por el más allá desde entonces según se deduce de lo encontrado…