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Los dos accesos al Palacio, cerrados a vehículos no autorizados, requieren cruzar el Guadalquivir desde Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) o recorrer en la bajamar los treinta kilómetros de playa que separan la finca de Matalascañas (Huelva).
Al ubicarse el Palacio sobre terreno arenoso, los caminos que lo rodean son pistas penosas de transitar, cuando no imposibles para quien no está familiarizado con las arenas.
Marismillas suma una pléyade de ecosistemas y paisajes para disfrute de sus visitantes: amplias marismas que se inundan y se desecan anualmente; decenas de kilómetros de playa atlántica virgen; cordones de dunas móviles que se adentran varios kilómetros desde la costa; tupidos pinares con ejemplares centenarios y espesas zonas de monte bajo muy variado.
Preservar unos kilómetros de playa virgen para uso exclusivo de los invitados o que éstos puedan recorrer amplias zonas de alto valor ecológico sin ser molestados y con sencillos operativos de seguridad han aconsejado las estancias presidenciales en esta zona de Doñana.
De su atractivo para el visitante ya dio cuenta Fernán Caballero, cuando definió estos parajes como “desierto y paraíso, vergel y páramo”, o el naturalista británico Guy Mountfort, uno de los divulgadores mundiales de Doñana, quien destacó “el virginal destello” de sus “arenas blancas”.
Pero el disfrute de Marismillas por las elites españolas no es reciente pues ya Alfonso XI convirtió en el siglo XIV estas tierras, propiedad de los Duques de Medina Sidonia, en uno de sus cazaderos preferidos.
Tras seis siglos en manos de estos duques, el afamado Coto de Doña Ana se dividió y la finca Marismilla pasó en 1900 al bodeguero jerezano Guillermo Garvey, quien mantuvo la actividad cinegética a la que invitaba a monarcas y políticos españoles, así como a príncipes de numerosas familias reales europeas.
Alfonso XIII fue asiduo cazador en la finca y el Palacio de aires victorianos que Garvey comenzó a levantar en 1900 contaba con estancia y vajillas reservadas para el monarca.
Franco no fue menos y mató en Marismillas 4 venados y 2 jabalíes del 6 al 8 de octubre de 1944, en una visita con una fría acogida por parte de los entonces propietarios, la monárquica familia Borghetto, a la que sorprendió descubrir entre los enseres del general el brazo incorrupto de Santa Teresa, según relata Carlos Morenés en su “Historia del Coto de Doña Ana”.
El prestigio que las artes cinegéticas adquirieron durante el Franquismo quedó reflejado en la amplia nómina de ministros y altos cargos que cazaron en Las Marismillas, alguno de ellos con un resultado rayano en el ridículo, según algún sabio guarda de la finca.
Un joven de 15 años llamado Juan Carlos de Borbón también cobró su primera pieza en Marismillas en octubre de 1953.
En medio de esta finca, Guillermo Garvey comenzó en 1900 la ampliación de la sencilla residencia que albergaba a propietarios e invitados y su heredero, José Garvey y Capdepón, amplió el inmueble, con aires victorianos, una década después hasta alcanzar la mitad de la extensión actual del Palacio de Marismillas.
A mediados del siglo pasado, los nuevos dueños, los duques de Tarifa, reforzaron el estilo de casa de campo británica del Palacio con su actual estructura de dos amplios ventanales, un mirador corrido y un colorista tejado.
El inmueble sumaba en su planta superior dieciocho dormitorios y cuartos de baño, mientras que en su planta baja destacaba un impresionante comedor, con paredes forradas de nogal y una mesa de cinco metros de largo, de una sola pieza de caoba de Cuba, que Guillermo Garvey compró en un concurso de muebles de San Francisco (EEUU).
La finca fue heredada a mediados del siglo pasado por los marqueses del Borghetto y luego por sus hijos, la familia Morenés, a quienes el Estado se la expropió tras un proceloso contencioso judicial sustanciado en diciembre de 1998.
Los Morenés perdieron, salvo unas escasas doscientas hectáreas, el disfrute de la “paradisiaca soledad” de estas tierras milenarias, donde aún se investiga la presencia de la mítica Tartessos, pero aducen, con orgullo, que supieron preservar durante cinco generaciones este edén, donde sobreviven los últimos ejemplares de águila imperial y de lince ibéricos de Doñana.
Su esfuerzo mantuvo a Marismilla -en singular, como ellos la denominan- frente a fenómenos naturales como crecidas del Guadalquivir, sequías, incendios o epidemias, y ante las tribulaciones históricas como la invasión napoleónica, la expropiación republicana, el desarrollismo franquista o el furtivismo.
Ahora es el Estado el que gestiona desde hace década y media Las Marismillas -en plural- y el que vela por preservar su “paradisíaca soledad”, para muchos, el alma verdadera de Doñana.
Tantos de la elite española son repellentes dan asco, Mr.
Bloomberg , una fortuna de 18 billones , hace tres años ,por vacaciones se ha ido a colaborar en una villa miseria en Mèjico.
Y siendo católico aún mas.Siempre tendra un cura a mano para que le perdone de sus injusticias y de esa manera tener la conciencia tranquila.
Pues si, Rayoy se merece un buen descanso, porque incumplir todo lo que prometió en campaña electoral y llevar a la clase trabajadora a la ruina y a la miseria tiene que ser cansado. Ahora, con la satisfaccion del deber cumplido, se puede permitir estas vacaciones pagadas. Despues, depende de toda la ciudadanía echarlo del gobierno y que las proximas vacaciones que tome, las pague de su bolsillo.