Anoche jugó la selección española de fútbol un partido amistoso en Puerto Rico donde el deporte más seguido por el público es el béisbol. Los portorriqueños presumen de poseer de vez en cuando una gran figura en las ligas estadounidenses. De fútbol apenas se habla y sus equipos son voluntariosos, pero carecen de importancia incluso en la zona caribeña donde no están los mejores equipos americanos. La Roja, para cumplir con los múltiples compromisos de Ángel María Villar, presidente de la Federación Española y con cargos internacionales que le conviene mantener, se fue a jugar y yo diría que en función misionera. Casi ha ido a llevar la buena nueva. La religión auténtica. Nada de eso que llaman fútbol americano que no es fútbol ni rugby aunque está más cerca de. Quizá lo más apropiado sería denominarle rugby americano.
Tras el rotundo fracaso de la selección olímpica se ha ido a curar herida como si vencer en Puerto Rico fue añadir gloria a la selección. Los jugadores llamados por Vicente del Bosque están más pendientes el comienzo de la Liga que de una buena actuación en tierra de herejes.
La selección ha servido para que lloremos en nuestros propios hombros la decepción olímpica, que no debe estar centrada fundamentalmente en el fútbol, sino en el atletismo deporte en el que se ha vuelto a los niveles de 1976, en los Juegos de Montreal.
El deporte olímpico también deberá reflexionar en conjunto para moderar el números de participantes, cifra inadmisibles si se estudian previamente las posibilidades de cada competidor.
En el atletismo la campaña para ayudar a José María Odriozola a que se despida ya ha comenzado. Ya hay candidato para sucederle: Vicente Añó. Éste, catedrático de una universidad de Valencia fue directivo de la Federación, dirigió la organización de los Mundiales de Barcelona y los Juegos del Mediterráneo de Almería. Sabe de que va la película.