Nº 1164 -  20 / VI / 2013 
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OPINIÓN

El calentón de Bankia y el sentido común

Fernando Glez. Urbaneja
 

Bankia parece la estrella de la bolsa, la luz del capitalismo popular, sale en los telediarios como referencia del cada día, el valor que más sube y que más baja, según días. ¿Tiene algún sentido? Pues no, carece de sentido, forma parte del desconcierto nacional y del sentimiento generalizado que le acompaña de que esto va de mal a muy mal.

Ayer fue posible que algún audaz comprara unas acciones de Bankia a primera hora de la mañana, en torno a las nueve, se fuera a desayunas al bar de al lado y volviera a vender los mismos título a las diez y media de esa misma mañana con beneficio del orden del 12%, que no está nada mal para un ratito. Es una hipótesis óptima, por tanto muy improbable, incluso cabe lo contrario, que perdiera a lo largo del día si eligió mal las decisiones de compra y de venta.

Y así viene ocurriendo desde que Bankia es “desecho de tienta”, “aparato averiado pendiente de una reparación a fondo”, es decir desde que despidieron a la dirección de malos modos,  aunque con merecimiento, y otras gentes en nombre del gobierno se hicieron cargo del desastre con la garantía de una ayuda colosal para salir adelante.

Desde entonces unas acciones que cotizaron durante sus seis primeros meses de existencia en el mercado, del pasado verano a primavera, en torno a 3,5 euros, se desplomaron al entorno del euro, entre 0,5 y 1,5 euros, según días y emociones. El problema es que entre medias decenas de miles de crédulos clientes de la vieja caja Madrid y de las otras cajas añadidas, compraron esas acciones al precio más caro y han perdido buena parte de su inversión.

¿Cuánto valen esas acciones? Un ortodoxo dirá “lo que alguien pague por ellas”, lo que alguien está pagando a cada segundo en el mercado abierto y libre. Correcto, pero al mismo tiempo y con la misma ortodoxia se puede sostener que no valen nada, que es capital perdido que tendría que ir a cero para compensar parte del quebranto que sufre la entidad y que ya ha sido reconocido, especialmente una vez que los gestores han reclamado una ayuda por más de veinte mil millones de euros (diez veces su actual capitalización) y el Estado les ha dicho que se lo entregarán en breve. Los que van a poner ese dinero, Europa, dice que antes deben pagar los responsables, que los accionistas deben hacer frente a los compromisos, y otros tanto los titulares de títulos semejantes a las acciones. Por tanto esas acciones que cotizan todos los días y que suben y bajan como una noria de feria deberían ir a cero antes de que lleguen los fondos de rescate.

Puede que no ocurra porque el gobierno no quiere molestar a esos accionistas sorprendidos en su buena fe. Pero al resto de los contribuyentes se les queda cara de tontos, y piensan que no hay un duro para nada (según dicen personas tan autorizadas como el ministro de Hacienda y el presidente del gobierno) pero si para los de las cajas. No es fácil de entender y se explica que el personal esté decepcionado e irritado, incluso que el caiga simpático ese pillo de Sánchez Gordillo que manga en las supermercados para socorrer al hambriento.

Bankia no debería cotizar, carece de sentido que se valore la expectativa de que el Estado va a poner mucho dinero, en beneficios de una vana especulación que se entiende muy mal en la opinión pública y que  multiplica el escepticismo. Parece que la bolsa estos días se llama Bankia, pero en realidad el movimiento de ese valor no alcanza el 3% de lo negociado durante la sesión. Los 16 millones de acciones Bankia intercambiadas ayer suponen el 0,7% de los títulos de esa entidad, pero arman mucho ruido y trasladan una sensación de casino descontrolado, descarado, de pillos que se ríen de los demás ciudadanos, que sufren estrecheces. Un cachondeo que pudo evitarse haciendo las cosas bien, como dice el manual: las pérdidas van contra reservas y contra capital y luego ya se verá como sigue. Los rescates son para los depositantes.

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