Es posible que Mariano Rajoy se enfrente en estos momentos, dentro del voluminoso catálogo de dudas que suelen aquejarle, a la que le acaba de proponer el titular de Exteriores de Alemania, el liberal Guido Westerwelle. Ha dicho el joven político germano, desde su retiro en Mallorca, en declaraciones a una publicación alemana, que Europa debe guardarse de los “excesos de solidaridad”. Es una prevención muy del estilo liberal: la intervenciones públicas en la economía, los subsidios, las subvenciones, las inyecciones de dinero público, suelen ser adormideras que castiga la capacidad creativa de la gente y merman su interés por el trabajo, además de generar un mercado de segunda mano en el que florecen los oportunistas, los buscavidas, los gestores de favores, los conseguidores varios… Este tipo de cosas suceden en todos loa países, aunque los mediterráneos, España sin ir más lejos, suelen contar con una tecnología del subsidio bastante más extendida y desarrollada.
Estos días nos encontramos, sobre todo el Gobierno, con un problema relacionado con todas estas cuestiones de filosofía política y económica. ¿Hay que prorrogar otros seis meses más la ayuda de 400 euros mensuales para el medio millón de españoles a los que se les ha agotado el subsidio de desempleo y no tienen un solo euro que echarse al bolsillo? El miércoles vence el plazo de la prórroga anterior, aunque la decisión no es necesariamente una urgencia de esta semana. Puede aprobarse en las próximas semanas y aplicarse con efectos retroactivos. Es una decisión de gasto relevante, como todas las que se ocupan de rascarle dinero al capítulo del gasto público, dados los tiempos de penuria que corren. La medida tiene un coste del orden de los 350 millones de euros, es decir, unos 700 millones de euros en términos anuales.
España es uno de los países europeos con alto déficit, exceso de gasto, precariedad de ingresos, baja actividad económica, exportaciones no muy competitivas y, según algunos enfoques, pasado de solidaridad. La era Zapatero ha sido pródiga en repartir lo que había cuando el país vivía en la fase alta del ciclo. Pero ahora que somos un país claramente venido a menos ha sido necesario apretar el cinturón por muchos lados. Anunciar medidas positivas y de reparto se le da muy bien a algunos políticos, pero llegado el momento de adoptar medidas sensatas de rectificación para evitar la quiebra del Estado, esos políticos suelen estar ya bastante lejos de los focos y de la exigencia de responsabilidades. Se da la circunstancia de que el partido que ha realizado estos dispendios durante su etapa en el poder (en este caso, el PSOE), es ahora un exigente gendarme que trata de velar por la prolongación de algunos de aquellos desatinos propios de su cosecha, aunque ha tenido al menos el buen gusto de callar cuando se han suprimido los más innecesarios.
En ese ejercicio de adelgazamiento del gasto se han suprimido algunas de las alegrías del pasado, que eran posiblemente impropias de un país sensato, como las rentas de inserción para los jóvenes, los pagos parciales de alquileres, los cheques bebé, las obras del Plan E destinadas a realizar trabajos de casi nula utilidad pública para tener entretenida a la gente, dándoles de paso unos euros… Muchos miles de millones se han ido por el aliviadero de la economía durante los años pasados, aquellos en los que estábamos pasando de ricos a precarios sin que los Gobiernos lo reconociesen o, al menos, actuasen en consecuencia. Esos miles de millones nos habrían venido muy bien entonces, para no engordar un déficit que se ha vuelto imposible de financiar.
Ahora toca revisar la continuidad de una medida que no es exactamente un desatino, ya que con cinco millones y medio de parados, muchos de los cuales, a veces familias enteras, carecen de ingresos para subsistir, el subsidio de los 400 euros por persona y mes se ha llegado a convertir en una necesidad de primer orden y en el único ingreso para cientos de miles de ciudadanos. Posiblemente es el gasto no directamente productivo que más justificación puede tener en las actuales circunstancias sociales y de cronología de la crisis, cuando ni hay alternativas posibles de empleo para los destinatarios de ese subsidio ni hay un horizonte próximo visible en el que la actividad económica pueda levantar el vuelo. Habrá que estrujarse el cerebro para rascar gastos inadecuados en otros menesteres y hacerle un hueco a los 700 millones de euros anuales que, hoy por hoy, forman parte del paisaje de la crisis.