La ambigüedad en que se encontraba el cambio político egipcio –formalmente estancado después de las dos elecciones, tras la actuación de la cúpula militar que limitaba el acceso al poder real de los ganadores en las urnas, tanto en las parlamentarias como en las presidenciales–; el bloqueo ejercido por la Junta Militar que administraba los tiempos de la transición, se ha venido a levantar con el relevo, probablemente pactado, entre el islamista presidente Mihamed Mursi y el mariscal Tantaui, que era tanto como la pieza clave de la cúpula militar.
El reciente ataque al Ejército egipcio en el Sinai, con la muerte de una veintena de soldados, por parte de radicales políticamente aun no enteramentecatalogados, puso en evidencia el incompetente ejercicio de sus específicas responsabilidades profesionales, al haberse volcado primordialmente en el menester político de tutelar la transición desde el autoritarismo castrense representado en su última etapa por el depuesto Hosni Mubarak.
Esa deslegitimación funcional trasuntada del episodio del Sinai – un ámbito en el que la inseguridad creció durante los últimos tiempos, especialmente desde el cambio de régimen, con voladuras de gasoductos que lleva el carburante hasta Israel y Jordania– ha hecho posible el pacto entre las urnas y las armas y, como digo, el desbloqueo y remate de la transición a la democracia en términos, además, de una aparente y esperanzadora solidez.
Consideración aparte merece respecto a este sobrevenido acuerdo entre el Ejército y la mayoría islamista vencedora en las elecciones, la presión mediadora de Estados Unidos entre unos y otros. Una presión directamente proporcional a la beca de mil millones de dólares que Washington asigna a las necesidades egipcias, tanto para lo militar como para el orden civil. Es de interés preferente para la diplomacia norteamericana que Egipto no le vaya otra vez de las manos, como ocurrió en los años 50 del pasado siglo, cuando la negativa a financiar la presa de Assuan traería como amargo fruto la consolidación de la V Flota soviética en el Mediterráneo Oriental.
Ahora es la Rusia de Vladimir Putín –heredera universal de la talasocracia soviética, como ésta se inspiró a su vez en el paradigma de Pedro el Grande de extender su poderío naval hasta las aguas calientes – la que gustosa extendería a cualquier precio su instalación mediterránea en los puertos sirios de Tartus y Lataquia (razón del apoyo de este Moscú al régimen de Asad) a los asentamientos navales de que la URSS dispuso en la nación árabe más importante de todas.
Pero hay muchas más razones del interés estadounidense en que la transición egipcia llegara por lo menos al puerto ahora tocado, cuando la tensión geopolítica generada por Irán hace especialmnte necesaria la estabilidad egipcia.
Advertido todo lo cual, y a la vista de la “colaboración” aportada por el sobrevenido problema del Sinai – tan relevante para Israel como para Egipto – es de observar lo incompleto de la catalogación del radicalismo que allí opera ahora. Un radicalismo terrorista que no sólo preocupa a Egipto como a Israel, sino que también inquieta al mismo radicalismo de Hamas establecido en la franja de Gaza. Cuando parecen escucharse los tambores de una guerra preventiva contra Irán por causa de su insistido programa nuclear probablemente orientado a la obtención de la bomba atómica, el contrafuerte egipcio no podía continuar con esos pantalones caídos que suponía la crisis institucional de una transición política inconclusa, en el cambio del autoritarismo a la democracia.