Nº 1131 -  18 / V / 2013 
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Crónicas liberales

Un cortijo llamado España

Manuel Martín Ferrand
 

El actual presidente del Tribunal Constitucional, Pascual Sala, según acaba de informar el diario ABC, durante el año 2011 viajó por cuenta de la institución de la que es santo y seña a Bucarest, Bogotá, San Juan de Puerto Rico, Moscú, San Petesburgo, Karlsruhe (1) y París. Seis países y 46.000 kilómetros de recorrido. El gasto, según la misma fuente, se incluye en el epígrafe de gastos corrientes en bienes y servicios del TC que el año pasado alcanzó un monto de 5,8 millones de euros. Varios miembros del innecesario TC, en representación de su presidente, realizaron otros nueve viajes “oficiales”.

Quienes tengan en la memoria la forzada dimisión de Carlos Dívar como presidente del Tribunal Supremo y del CGPJ ante la no justificación de sus viajes de cercanías, podrán, además de entender el Derecho como una ciencia kilométrica, establecer diferencias en el trato mediático que han recibido los dos próceres. Dívar, hombre próximo a la derecha, fue vapuleado  con saña y sin excepciones notables por todos los medios de comunicación. Sala, en la izquierda que simboliza Justicia Democrática, ese sindicato encubierto, está siendo tratado con mayor recato y benevolencia. Eso forma parte de la naturaleza española, un cóctel a base de la indolencia y los complejos de la derecha y el sañudo brío de la izquierda.

Puestos a pensar bien, como corresponde, es muy posible que los viajes de Sala fueran útiles y provechosos para España; pero, ¿podemos permitirnos el ansia viajera que caracteriza, con mínimas excepciones, a quienes ocupan cargos, electos o designados, con capacidad de decidir sus propios viajes?

El Tribunal Constitucional es una de las muchas instituciones innecesarias que enriquecen la nomenclatura nacional y empobrecen las arcas públicas. Parece que “los padres de la Constitución”, ansiosos de que España fuera el no va más de las apariencias democráticas para borrar el pasado dictatorial, acudieran a los mercados internacionales de la política y compraron toda la mercancía disponible, desde un Tribunal Constitucional a un Senado pasando por un Defensor del Pueblo. Recuérdese que la II República, tan invocada por quienes parecen no tener conciencia de su fracaso funcional y democrático, no quiso tener ninguna de esas piezas que, por otra parte, no figuran en muchos de los países de nuestra proximidad cultural y política.

Sería injusto, al hilo del “caso Sala” y de su simétrico “caso Dívar”, centrar en el mundo del Derecho el impulso viajero y, generalizando, el entendimiento de España como un cortijo para uso propio.

Desde el “prohibido aparcar” que señala en las calles un espacio de privilegio para ministerios, alcaldías, diputaciones y docenas de instituciones y servicios públicos, toda España esta llena de sinecuras para la clase política: viajes de gorra, entradas de gañote para los espectáculos, invitaciones indebidas y toleradas… y toda una larga ristra que, de considerarse por Hacienda como retribución en especie, superaría la tabla que cifra en poco más de 6.000 contribuyentes los que sobrepasan al año una retribución de 600.000 euros.

No vale la invocación de que “la dedicación política está mal pagada en España”. De hecho, dos tercios de los diputados que se sientan hoy en el Congreso superan con sus retribuciones actuales los salarios de sus trabajos anteriores. Y eso sin contar los que no tienen ningún trabajo previo a la política.

La idea de España como cortijo, que viene de lejos y, parece, va para largo -es en lo único en que existe unanimidad entre los dos grandes partidos-, es un elemento decisivo en la falta de confianza que España merece en el exterior y, en el orden moral, una burla a los ciudadanos que, con sus impuestos -crecientes- sufragan los gastos de quienes dicen representarles y de su cohorte de asesores y amiguetes.

España es una democracia de mala calidad y el derroche presupuestario el gran testimonio de tan dura acusación.

M. Martín Ferrand

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(1).- Esta ciudad alemana, cercana a la frontera francesa es la sede del Tribunal Constitucional Federal Alemán y su nombre significa, literalmente, “el descanso de Carlos”. Ello no nos autoriza a relacionar el viaje de Sala con los también chocantes viajes de Carlos… Dívar.


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