Puede resultar bastante llamativo que, cuando se cumplen cinco años del inicio de la crisis financiera, con la detección de los problemas con las hipotecas basura en Estados Unidos, no son muchos los análisis que se pueden leer estos días en los medios de comunicación, como si el mundo económico hubiera sufrido un shock traumático que hubiera paralizado las facultades interpretativas y analíticas de los expertos. La crisis no sólo no ha terminado sino que entra en su sexto año de actividad, con importantes secuelas en todo el mundo y con España como paciente sujeto a una ejemplarizante terapia de alcance desconocido, en su profundidad y en la duración.
El maremoto que se inició en Estados Unidos en el mes de agosto del año 2007 ha tenido unas repercusiones globales de tal magnitud que han colocado a la economía mundial ante su mayor desafío histórico, justo ahora que la entidad de los negocios y de la actividad han alcanzado unas dimensiones nunca vistas ya que constituye un hecho realmente novedoso para la Humanidad el que un asunto sucedido en algunos de los grandes focos económicos mundiales (tanto en América como en Europa o en Asia o en China) sea susceptible de generar efectos bastante inmediatos en los cuatro rincones del mundo.
Lo estamos viendo estos días, cuando nos interesan asuntos como la moderación de la inflación en China, la entrada de Japón en la comunidad de países que aplican el IVA como instrumento de política económica, la desaceleración de la actividad económica en Brasil, el frenazo de la actividad económica en Europa porque las exportaciones a China no mantienen el deseado dinamismo, sin olvidar el continuado impacto que tienen muchos días los indicadores económicos de Estados Unidos en la evolución de las Bolsas o de los mercados internacionales. También es palpable el protagonismo que la evolución de la economía mundial está teniendo en la campaña presidencial de Estados Unidos, hecho nuevamente insólito, que explica los desvelos con los que algunos de los principales dirigentes de este país interpelan a sus colegas europeos o chinos para que estimulen la actividad económica en sus respectivas áreas de influencia, porque de ello dependen las posibilidades electorales del actual inquilino de la Casa Blanca.
Todo esto empezó, y previsiblemente con carácter irreversible, en agosto del año 2007, aunque se hizo más visible aún cuando en septiembre del año siguiente, el de 2008, quebró Lehman Brothers y la desconfianza tomó carta de naturaleza a nivel mundial entre los agentes financieros, paralizando la actividad de los mercados financieros internacionales, en los que la desconfianza se ha convertido en el principal ingrediente de la actuación de unos y otros, trasladando además el problema al segmento de la deuda soberana, un territorio que se consideraba terreno casi sagrado al ser la referencia máxima de los activos si riesgo. Hoy no sólo están en duda los agentes financieros y económicos, también lo están los Estados. Es la mejor medida de la profundidad que ha alcanzado la crisis iniciada hace cinco años y que, como se podrá constatar, está todavía muy lejos de ser superada.
Si para algo sirven las cifras, y tomando como referencia un termómetro que no es más que un indicador entre otros muchos, pero en el que se mueve una buena parte del dinero que circula por el mundo, habrá que recordar que el Ibex 35 tiene en nuestros días un valor inferior en un 62,6% al que tenía a principios de noviembre del año 2007, fecha posterior a la crisis de las hipotecas subprime pero que presenció el máximo histórico de valor en las Bolsas mundiales y del Ibex 35. Desde el inicio de la crisis, en pleno mes de agosto del año 2007, hasta principios de noviembre del mismo año, los mercados bursátiles n o hicieron más que subir e incluso con fuerza, engañados por el efecto óptico que produjeron en un primer momento las intervenciones concertadas de los bancos centrales en apoyo de la liquidez. Pero el espejismo duró poco, como hoy podemos comprobar.