Nº 1138 -  25 / V / 2013 
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Universo infinito

El Océano Pacífico en tiempos de Felipe II: navegaciones y conquistas españolas entre 1520 y 1606. I

Ramón Tamames
 

1. El Lago Español

El origen del presente escrito, que presentamos como primicia para los lectores de República.com, requiere una cierta explicación previa, sobre todo para quienes puedan extrañarse por el presunto alejamiento de lo que aquí voy a tratar, respecto de los temas de que generalmente me ocupo como economista. En ese sentido, la explicación consta de cinco raíces, que expondré seguidamente.

La primera de ellas es la circunstancia de haber viajado con cierta frecuencia por el Océano Pacífico y su área circundante; habiendo visitado, prácticamente toda la costa americana, desde Alaska a Valparaíso, en Chile. En tanto que de la orilla asiática he transitado en varias ocasiones por Japón, China, Malasia y Singapur. Y por lo menos una vez, he recalado en otros países del área: Indonesia, Tailandia, Vietnam y Filipinas. Y más al sur pude viajar por Australia y Nueva Zelanda, con algunas incursiones por las islas menores del Pacífico, como las de la Polinesia Francesa, y también Guam, en las Marianas, antigua capital de la Micronesia española; amén del archipiélago haguayano.

En todas esas navegaciones, aéreas la mayoría pero también marítimas, fui apreciando cada vez más el interés que tiene el gran océano, que ocupa casi la mitad de la superficie de la Tierra; y cuyo potencial económico, tanto de la orilla asiática como de la americana –sin olvidar las tierras del Sur y los archipiélagos— es realmente formidable; pudiendo decirse que hoy el centro de gravedad del comercio y de la economía mundial se sitúa ya en lo que Balboa llamó el Mar del Sur, y no en el Atlántico.

Una segunda raíz de mi interés por estas cuestiones, más reciente, y menos trabajosa, diría yo –aunque no exenta de estudios y presentaciones diversas—, son mis contactos con la “Asociación de Amigos y Propietarios del Pinar de Abantos”, de San Lorenzo de El Escorial. De la que es secretario, creo que en el camino ya de hacerse perpetuo, mi hermano Juan Tamames; quien desde 2007 va invitándome, año a año, a participar en los actos culturales que tan docta entidad organiza en verano. Con temas que yo siempre he orientado en relación con Felipe II, fundamentalmente por ser el constructor del Monasterio de El Escorial, en una de cuyas dependencias –el Aula de Cultura del Ayuntamiento— se celebran las conferencias a que estoy refiriéndome.

De esas intervenciones, recordaré aquí por lo menos tres: “Las bancarrotas de Felipe II en el siglo XVI y las de Rodríguez Zapatero en el XXI”, otra que llevó por título “El Galeón de Manila o la Nao de la China”; y esta tercera que tiene como epígrafe “El Océano Pacífico en tiempos de Carlos I y Felipe II y III: “Navegaciones y conquistas españolas entre 1520 y 1606”.

La tercera de las raíces aludidas al comenzar mi narración, se relaciona con la Fundación Vista Linda, que preside Antonio Regueiro; jurista español residente desde hace veinte años en Nueva Zelanda y que en la primavera de 2012 me invitó a visitar nuevamente aquel hermoso país, cosa que tengo intención de hacer a comienzos del 2013. En la idea de participar en una serie de encuentros y debates, en los que, inevitablemente, el tema del Océano Pacífico y sus grandes cambios geoestratégicos y económicos recientes, surgirá como cuestión básica. Por otro lado, la citada invitación, tendrá para mí un significado muy especial, pues me propongo –por razones de ser los neozelandeses nuestros antípodas—, dar mi cuarta vuelta al mundo, después de las tres que tuve ocasión de llevar a cabo en 1972, 1994 y 1996.

La cuarta raíz que contribuyó a nutrir el tema de este ensayo, es la circunstancia de que la Comisión Nacional Panameña de Conmemoración del V Centenario del Descubrimiento del Mar del Sur por Vasco Núñez de Balboa, está en trance de interesar mi participación en las celebraciones que en la ciudad de Panamá se producirán en 2013, al cumplirse los 500 años de avistar Balboa el inmenso Océano hasta entonces nunca visto por ojos europeos.

A todo ese cúmulo de raíces se uniría la quinta y última. Que se relaciona con la importancia que la Historia tiene para el conocimiento de dónde, por qué, y cómo vivimos. En nuestro caso, y para la cuestión que aquí se suscita, referida a los españoles; pues nuestros ancestros, a lo largo de todo un segmento de nuestra Historia moderna, contribuyeron a los descubrimientos de distintas y extensas partes del globo terráqueo. Algo que en el caso del Pacífico se ignora con tanta frecuencia, lo cual es un atractivo más, casi de naturaleza pedagógica, para haber escrito las páginas que siguen.

Redactado el introito que aquí termina, nos adentramos en las grandes empresas acometidas en la Mar Oceana, del otro lado del mundo en que vivimos, durante los siglos XVI y XVII.

2. Las bulas alejandrinas y el Tratado de Tordesillas

Toda la gran aventura española en el Océano Pacífico empezó con el Tratado de Tordesillas, suscrito en 1494; para dirimir posibles conflictos entre los dos países ibéricos, España y Portugal. Un acuerdo que tuvo sus antecedentes en Rodrigo Borgia, que se convirtió en el Papa Alejandro VI en agosto de 1492, gracias a la influencia de la gran familia de los Borjas, valenciana ella, que en un momento dado necesitó del apoyo de Fernando e Isabel, los RR.CC., en sus esfuerzos por crear un principado italiano para uno de los vástagos del propio Papa, quien sería luego el célebre príncipe César Borgia.

Los soberanos españoles en esa época residían sobre todo en Barcelona, en estrecho contacto con Roma. De modo que los requerimientos reales podían ser diligenciados rápidamente, para convertirse en bulas pontificias, en sólo seis o siete semanas. Hasta el punto de que la Camera Apostólica devino casi una extensión de la corte española, que aseguró una rápida sucesión de resoluciones papales, en apariencia para liquidar todas las reivindicaciones portuguesas de dominio en los nuevos mares y territorios conocidos o vislumbrados a partir de Colón.

La primera de esas bulas, la lnter Caetera, de 3 de mayo de 1493, fue preparada con información muy vaga en sus términos, y se limitó a con­ceder a España todos los descubrimientos marinos de los navegantes hispanos hacia el Oeste, sin que causara mayor preocupación a Portugal. En cambio, no sucedió lo mismo con la prácticamente simultánea segunda bula Inter Caetera, fechada el 4 de mayo de 1493, que estableció una primera demarcación, la «línea papal», de polo a polo, distando cien leguas de cua­lesquiera de las Islas de las Azores o de Cabo Verde. Más allá de ese límite, ninguna persona de ningún rango, «ni siquiera impe­rial, ni real», podía pasar sin el permiso expreso de los Reyes Católicos, bajo pena de excomunión y las sanciones del caso.

Ante esas limitaciones Juan II, Rey de Portugal, de forma inteligente, no intentó ninguna lucha –que seguramente habría sido inútil— en Roma para conseguir la abolición de las bulas. Simplemente pretendió ignorarlas, y contando con buena información que recibía de la Corte española, eligió una aproximación directa; negociaciones habilidosas, merced a la posición de fuerza otorgada por la estratégica situación de Portugal, que podía controlar las rutas marítimas desde España a las Indias recién descubiertas, gracias a sus bases de Azores, Madeira y Cabo Verde.

Las tratativas entre Portugal y Castilla progresaron rápidamente, sin prestar más atención a las bulas de Alejandro VI; que ni siquiera fueron invocadas por España en sus pro­testas ante Enrique VII de Inglaterra por los viajes de Juan Cabot a la costa de lo que hoy es EE.UU. Además, Portugal contaba con diplomáticos más capaces y mejor informa­dos que los españoles. Y fue así como tras una serie de transacciones se llegó a la firma del Tratado 1494, en Tordesillas, en la pequeña ciudad próxima a Valladolid, donde se estableció la verdadera línea de demarcación; a 370 leguas marinas al oeste de las Islas de Cabo Verde (cada legua = 3 millas marinas = 5,5567 km.), es decir, un total de 2.055,97 km.

En el Tratado de Tordesillas se dispuso que esa línea de demarcación —en su meridiano— sería definida en el plazo de diez meses; mediante una expedición conjunta de pilotos portugueses en barcos españoles y viceversa, que debería navegar hacia el Oeste desde las Cabo Verde durante 370 leguas, medidas en la forma que dichas partes acordaron. Pero pronto ese proyecto se reveló como una empresa ardua e impracticable, incluso con la mejor voluntad por ambas partes, y se dejó morir la idea. En cualquier caso, la ampliación de la línea de la segunda bula papal a Tordesillas de 100 a 370 leguas, permitió a los portugueses hacerse con lo que después sería el Brasil.

Y haremos aquí un inciso para subrayar que el nuevo país luso-hispano, se benefició mucho de la unión de las coronas de España y Portugal, en la testa de un monarca común, desde 1580 hasta 1640; con Felipe II, III y IV, que en Portugal fueron I, II y III. Sucedió que la línea de demarcación de Tordesillas, fue moviéndose más y más hacia el oeste durante el tiempo en que los dos países ibéricos tuvieron una monarquía coincidente,  hasta más que cuadriplicarse el territorio primeramente previsto para Portugal según el Tratado de Tordesillas.

Esa ampliación se confirmó luego por una serie de “tratados de límites”, entre España y Portugal a lo largo del siglo XVIII, de manera que el Brasil de hoy debe su actual extensión continental –y no lo decimos para que nadie nos pague por ello—, a las cesiones que España fue haciendo a los portugueses; con la entrega virtual de toda la Amazonia –descubierta por el navegante español Orellana—, así como los extensísimos territorios actuales de los dos estados del Matto Grosso, Rondonia; y el mismo Acre, con el que Brasil se hizo mermando a Bolivia ya en el siglo XIX.

Volvemos ahora al tema del antemeridiano en 1494. Pues estaba al otro lado del globo, en áreas entonces prácticamente desconocidas. De manera que en lo sucesivo, esa parte de la línea de demarcación tuvo una franja de dudas y litigios de no menos de 1.500 millas marítimas (de 1.852,23 m cada una), con un equivalente a 2.778,34 km.

A pesar de esas incertidumbres, los portugueses siempre consideraron el Tratado de Tordesillas como una obra maestra de la diploma­cia de Juan II; en la que su país obtuvo toda clase de ventajas, fundamentalmente su ya mencionada presencia en las Américas merced a Brasil. Claro que si ciertamente España vió limitada su ulterior área de acción, sin embargo se ratificó en su nueva situación de gran potencia marítima y colonial; rompiendo definitivamente el mare clausum lusitano, que se vio sustituido por dos ámbitos ibéricos, en principio cerra­dos al resto del mundo, gracias a un Tratado que equivalió al reparto del Globo entre España y Portugal con exclusión de las demás naciones. Aunque no tardó en ponerse en duda semejante privilegio por parte de ingleses, franceses y holandeses.

Respecto de línea de demarcación en el antemeridiano, Magallanes estaba persuadido de que las Molucas, la mayor y la más importante de las islas de las especias, se situaba dentro del hemisferio español. En tanto que los españoles lo consideraban como suyo. Por lo cual, Carlos V intentó resolver el problema a través de las llamadas Negocia­ciones de Badajoz y Elvas; en las que intervinie­ron los mejores cosmógrafos de la época, pero sin que se llegara a un acuerdo. Luego veremos en qué acabó todo, tanto para las Molucas como para Filipinas.

3. Vasco Núñez de Balboa: el Mar del Sur

La cuestión del Océano Pacífico se abrió de manera definitiva con Vasco Nuñez de Balboa (1475-1519), quien tras numerosas vicisitudes, en una de sus expediciones al istmo de Panamá, con­tactó con el cacique Careta. Iniciando así una polí­tica típica del conquistador: atacar directamente a las tribus de indios para hacerles ver su superioridad, y luego tratarlos bien, aliándose con sus  caciques en pro de su búsqueda de la gloria que intuía de un gran descubri­miento.

Tras muchas vicisitudes, Balboa consiguió preparar una expedición compuesta de 800 hombres, de ellos 190 españoles; que en un bergantín y nueve canoas llegaron al lado atlántico del istmo de Panamá. Y guiados por el ya aludido cacique Careta, se inter­nó en el istmo y ascendió a la cordillera, para el 25 de septiembre de 1513, a las diez de la mañana, di­visar el Océano Pacífico, que el denominó Mar del Sur. Eran las aguas que Colón había buscado en su cuarto viaje, pues presentía desde tiempo atrás que las In­dias descubiertas a partir de 1492, no eran Asia, sino un nuevo mundo hasta entonces desconocido; tras el cual debía estar el gran mar separador de las Indias recién halladas respecto a Cipango (Japón) y Catai (China).

Con gran júbilo, Balboa tomó posesión del nuevo Océano en nombre de los reyes de España, y el escribano Valderrábano levantó un acta en la que constaron los nombres de los 67 expediciona­ríos; uno de ellos Francisco Pizarro. Así nació la idea del gran océano que sería como el lago español, debido al Tratado de Tordesillas, pues todo él quedaba prácticamente dentro del área delimitada por el antemeridiano de la célebre línea de demarcación.

Con el tiempo, Balboa suscitó sospechas y envidias en el Capitan General Pedrarias, su jefe regional en Panamá; quien le acusó de intento de sublevación para levar anclas con una escuadra recién organizada. Le prendió y procesó, junto con cinco oficiales suyos, acu­mulándose acusaciones de mucho tiempo, algunas ya sobreseídas y otras inventadas. Se condenó a muerte a Balboa y sus compañeros y se les negó la apelación; fueron decapitados, entre el 14 y el 21 de enero de 1519.

Víctima de la en­vidia, incomprendido incluso por las autoridades máximas de España, Balboa no pudo realizar sus proyectos, que quizá le hubieran llevado al descubrimiento del Perú; pero basta el del Pacífico para colo­car su nombre entre los de los más grandes descubridores.

Seguiremos el próximo jueves 16, con la continuación de las grandes aventuras que hemos iniciado hoy. Y que espero sean refrescantes para los lectores de República.com, a cuya disposición me pongo como siempre, en castecien@bitmailer.net

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