Enfrascada como está España ante el gravísimo problema económico en el que se halla – al que no se le vislumbra una pronta solución – podría considerarse normal la poca atención que en estos momentos se presta a la situación de riesgo en la que, a mi juicio, se encuentra nuestro mundo global. No revestiría mayor importancia este hecho si no fuera porque este desinterés está afectando a nuestra política de Defensa tal que si los sucesos allende nuestras fronteras fueran distintos y distantes. Craso error que propicia que la población española no sienta, en ningún caso, riesgo alguno por su seguridad – pronto nos hemos olvidado de los 200 muertos y más de 1000 heridos en la estación de Atocha el 11 de marzo de 2004 – y que por lo tanto en momentos como los actuales donde prima el ahorro del gasto público, lo que está acaeciendo en relación con los gastos dedicados a la Defensa pase desapercibido o, lo que es peor, visto con complacencia por la mayoría de las fuerzas sociales en nuestro país.
Antes de profundizar en datos siquiera generales que conformen lo que acabo de exponer, se hace necesario dar un vistazo rápido a la situación global del mundo de hoy. Para ello me remito a artículos anteriores de esta columna en los que vengo exponiendo lo que está sucediendo en diferentes zonas del planeta.
Así en la zona Asia Pacifico nos encontramos a China implicada en un proceso de rearme brutal y a Corea del Norte ajustando su arsenal nuclear, mientras que India y Pakistán hacen lo mismo. Los EEUU modifican consecuentemente el esfuerzo principal de su acción estratégica a esta zona y países ribereños como Japón o Australia se rearman igualmente.
En cuanto a Oriente Medio, qué más decir de la peligrosísima encrucijada en la que se encuentra esta zona del mundo en guerra permanente y con el peligro añadido de un Irán en vías de convertirse en potencia nuclear lo que va a propiciar situaciones impredecibles.
A propósito de África, convulsa por doquier se mire, debería preocuparnos seriamente – por la cercanía – lo que ha sucedido en la ribera mediterránea de este continente. Y deberíamos estar muy atentos al rearme de nuestro vecino marroquí, país que, tal que si hubiera encontrado petróleo, está adquiriendo aviones de combate F16 y carros de combate de última generación “Abrams”, así como fragatas y corbetas. No quiero dar datos detallados, por cuestión de espacio, del material de guerra que Marruecos está adquiriendo pero, créanme, son preocupantes.
¿Para qué? ¿Para combatir al Polisario? ¿Para disputarle a Argelia la supremacía territorial en el área? Tal vez, pero y ¿los medios navales?
Una acción de rearme que debería levantar las alarmas de nuestros sensores de seguridad.
El mundo nunca ha estado tranquilo en toda su dimensión, pero, hoy, la situación global es, muy, pero que muy preocupante y no hay momento más inadecuado para descuidar nuestras capacidades de defensa, algo que me temo está sucediendo.
Voces autorizadas lo están manifestando – basta estar atento a la prensa especializada – pero la verdad es que sin mucho éxito. Claman en el desierto.
Comprendo que la sociedad española esté preocupadísima por un porvenir nada claro en el aspecto económico y que solventar esta situación sea la prioridad máxima de nuestros gobernantes. Faltaría más.
Pero, de verdad, ¿sabe el lector que la disminución que se está aplicando a la Defensa coloca a nuestro país en una situación de cuasi indefensión?
Si habláramos de física cuántica o biología molecular jamás me arriesgaría a efectuar una aseveración como la efectuada, pero en el caso que se trata sé muy bien de lo que hablo y, con fundamento; desde luego no hago caso a los que nos cuentan – y nos van a contar – que esto no es así. Lo siento, pero de esto sí que sé. He dicho indefensión, sí.
La realidad es que el presupuesto de defensa se ha reducido un 25% en los últimos cuatro años hasta unas cifras insostenibles.
La realidad es que, incluso, el 70% del ya escasísimo presupuesto – el menor de toda la OTAN en tanto por ciento del PIB – se dedica a gastos de personal y aquí he de reconocer que también los ejércitos tenemos nuestra culpa manteniendo o estableciendo reorganizaciones insensatas, ineficaces, redundantes e ineficientes.
La realidad es que como consecuencia de lo escrito en el párrafo anterior la operatividad de nuestras ya escasas unidades, así como la instrucción del personal están bajo mínimos. Cualquier aseveración que diga otra cosa – y la vamos a oír – es pura fantasía, lo diga quien lo diga.
Nada tendría que objetar a cualquier medida reductora de los presupuestos asignados a la Defensa si de verdad pensara que no hay otra solución, pero sucede que me encuentro entre los muchos españoles que ven que la reducción del gasto no se aplica allí donde una gran mayoría de españoles la ven necesaria, pues es obvio que es en la reforma estructural del Estado donde debería hacerse. Es por ello que mientras no se meta la tijera a este despilfarro continuado asusta ver como sí se hace con algo tan peligroso como con la seguridad de nuestra nación.
Y todo ello sucede en el contexto mundial antes siquiera superficialmente descrito. Grave situación a mi juicio en la que nos encontramos a la que debería prestarse más atención.
Urge implantar y desarrollar una conciencia colectiva de la Defensa que permita al Gobierno que sea mantener unos presupuestos que posibiliten unas FAS bien dotadas y que sean garantía de una seguridad cada vez más endeble.
Desde luego, llegado el caso, que espero sea nunca, no serán los ertaiznas ni los mossos de escuadra – por cierto, aquí no hay reducción alguna – los que salven nuestra forma de vida ni nuestra sociedad. Decía Spengler que al final siempre es un pelotón de soldados el que salva a la civilización pero a este paso aquí no queda ni uno.
Y todo el mundo resignado o callando.