Durante los cuatro últimos meses, la prima de riesgo española se ha movido por encima de los 400 puntos básicos, alcanzando en algunos momentos el pico histórico de los 640 puntos. Se está desarrollando en los últimos días una polémica sobre qué parte de este diferencial de tipos de interés corresponde a la ineficacia del Gobierno español en la solución de la crisis y qué parte refleja los elementos añadidos por la propia crisis de la Eurozona y el temor a una ruptura del euro. Han aparecido algunas coincidencias a la hora de evaluar ambos factores. La prima de riesgo propiamente dicha estaría en torno a los 350 o como mucho 400 puntos básicos, mientras los 200 puntos o incluso 250 puntos restantes tienen su explicación en la inseguridad que está transmitiendo el proyecto del euro.
Esa franja entre los 400 y los 600 puntos básicos en la que se ha movido la prima de riesgo española desde mediados del mes de abril parece que no nos corresponde, según subrayan destacados analistas, incluso organismos internacionales capaces de emitir juicios equilibrados y solventes. Entre las numerosas consideraciones que cabe deducir de la improcedencia de este diferencial añadido o impropio cabe señalar que con un diferencial de 300 ó 350 puntos básicos respecto a Alemania, las condiciones de financiación de la economía española serían bastante más asequibles y desde luego no prohibitivas, como ahora, cuando los diferenciales de 600 puntos básicos elevan el coste de las emisiones de deuda a largo plazo por encima del 7% ó del 7,5%, como se ha visto en las últimas semanas.
Otra consideración pertinente es la que nos llevaría a pensar que los esfuerzos, a veces denodados, de reajuste fiscal que está anunciando el Gobierno español, se están estrellando a menudo con el muro de la incomprensión de los mercados. El Gobierno se ha encontrado a menudo con que los espectaculares anuncios de recortes eran seguidos por aumentos de la prima de riesgo, como si se tratara de un apetito insaciable que se acelera a medida que ve satisfechos sus deseos. Esa carrera parece inacabable, lo que explica la desilusión y el escepticismo que embarga en algunos momentos a la clase dirigente española, que no acaba de explicarse la utilidad de unos esfuerzos que resultarán sumamente caros a la sociedad española en el inmediato futuro. Lo que resulta verdaderamente desesperante es, en todo caso, la aparente inutilidad de las medidas de ajuste fiscal y presupuestario, cuando en teoría deberían mejorar la valoración fundamental de la economía española y su capacidad para salir de la crisis.
Puestos a identificar la procedencia o naturaleza de esos 200 puntos básicos de “grasa” sobrante en el diferencial español de tipos de interés cabe apuntar hacia los movimientos de capitales como hecho novedoso en esta crisis en relación con etapas anteriores. España, en efecto, está padeciendo una salida neta de capitales que no se conocía desde tiempo inmemorial. Esta salida tiene explicaciones diversas, pero posiblemente la más consistente sea la que apunta a la desconfianza en el euro como patrón fundamental de estos movimientos de capitales. Tales movimientos no son ciertamente fruto de una conducta de los bancos e inversores de fuera del área euro, ya que también los propios bancos europeos de la Eurozona (Alemania y Francia, por citar protagonistas concretos) también han contribuido a hacer más vulnerable la posición española.
Pero en Estados Unidos, los grandes centros de decisión financiera están actuando ya decididamente con la hipótesis de un desmontaje del euro o, al menos, con la previsión de que España sea uno de los cinco países (junto con Italia, Grecia, Irlanda y Portugal) que pueden abandonar la moneda única en un inmediato futuro, lo que estaría provocando una reorganización de las carteras de inversión de grandes bancos de inversión y de fondos de inversión importantes.
En todo caso, lo que a la economía española le vendría sumamente bien, y cuanto antes mejor, es que el elemento diferencial que agrega esos 200 puntos básicos a nuestros costes de financiación desaparezca cuanto antes. La seguridad de que el euro sigue adelante con sus actuales integrantes (desde luego, España incluida) y que da pasos irreversibles para consolidarse como moneda sólida de ámbito mundial, sería una buena medicina para ponerle remedio a los costes excesivos que está pagando España por la mera sospecha de crisis en la moneda única.
Los pasos inmediatos están ya sobre la mesa, aunque tienen que hacerse realidad. Uno de ellos, la llamada unión bancaria, será una pieza esencial. Otro, la actuación del BCE como un auténtico banco central de la zona, con independencia real y no ficticia, como sucede en la actualidad, ya que resulta difícil de comprender cómo uno de sus integrantes tiene la osadía de proclamar públicamente que hay un banco central en la Eurozona que es con diferencia el más importante de todos ellos y el que marca la línea a seguir. Como esta afirmación es algo más que una declaración de prepotencia (los resultados del Consejo de Gobierno del BCE del pasado jueves confirman que tales “confesiones” responden a la realidad), la necesidad de reformar la composición del BCE podría ser una de las prioridades de la agenda europea.

Pablo Sebastián
José Oneto
Fernando Glez. Urbaneja
José Luis Manzanares
José Javaloyes
Primo González
Juan Fco. Martín Seco
Alberto Piris
Daniel Martín
Ignacio Sebastián de Erice
Fernando Fernández Román
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