Son muchos, quizás demasiados, los pensadores españoles de los últimos dos siglos que han hecho del pesimismo el eje central de sus obras respectivas. Personalmente me quedo con dos, con Miguel de Unamuno, especialmente en su tránsito del socialismo a una posición conservadora, y con José Martínez Ruiz, “Azorín”, en la curiosa pirueta por la que paso de iracundo anarquista a pacífico burgués y rutinario cinéfilo. Ambos, sobrados de talento y hartos del fracaso nacional español, llegan a parecidas conclusiones y, a fecha de hoy, resultan indispensables para saber lo que nos pasa. Permítanme el desahogo veraniego; pero, tanto a los que están en paro forzoso como a quienes lo disfrutan de forma vocacional les recomiendo la lectura – o la relectura – de San Manuel Bueno, martir y de La Voluntad. Las dos novelas, la del vasco y la del alicantino, apasionantes, dejan sentada la incapacidad revolucionaria del pueblo español. Lo nuestro es el alboroto, el desorden o, todo lo más, el griterío irrespetuoso y amenazador; pero la revolución, entendida en su sentido pleno nos cae muy lejos.
Unamuno, en Del sentimiento trágico de la vida, se pregunta: “¿Puede mi conciencia saber que hay algo fuera de ella?”. Ahí radica, lo sospecho, nuestro mayor problema político y en ese punto brota nuestro desajuste social crónico. Es posible que, de uno en uno, los españoles seamos gente de admirar. Incluso Mariano Rajoy, José Luis Rodríguez Zapatero, Alfredo Pérez Rubalcaba y otros líderes del momento podrían serlo; pero, vistos como colectividad, resultamos impresentables. No somos capaces de sacar adelante ningún proyecto común y, por lo que parece, nuestras conciencias individuales no soportan la idea de algo valioso y respetable fuera de ellas.
Aquí puede aparecérsenos un Baltasar Garzón, como acaba de hacerlo en El País, y decirnos con toda tranquilidad y un infinito – patológico – egocentrismo: “Soy el último exiliado del franquismo”. El personaje, símbolo de una Justicia partidaria, sesgada, cumplirá 57 años el próximo octubre. Eso no le impide haber saltado en un breve periodo de tiempo del poder Judicial al Legislativo y de éste al Ejecutivo para volver, con escaso intermedio, al Judicial. ¿Cabe mayor evidencia del amancebamiento entre los poderes del Estado? Aún así, el ex juez alcanzó la mayoría de edad cuando Franco ya estaba muerto. ¿Es el suyo un exilio retrospectivo? Solo la falsedad conceptual sobre la que hemos construido la democracia vigente permite falsarios como Garzón al que, dicho sea de paso, se le ve venir y ello merma su peligrosidad.
La corrupción, moral y material, se ha adueñado de lo público y en ese caldo de cultivo vamos tirando con un Estado empobrecido, una Nación dividida y repleta de millones de parados que, muy posiblemente, no encontrarán trabajo antes de cumplir su ciclo vital y una Patria en la que nadie cree de tanto mirarnos el ombligo territorial y mínimo que marca el centro de nuestras vidas.
Como hacen los niños a los que su mamá les cambia el dodotis y les limpia la caquita, los españoles lloramos a pleno pulmón porque el Gobierno presente ha empezado a recortarnos algunos privilegios que los gobiernos precedentes, incluidos los de su propio color, no nos debieran haber concedido en su momento. Lo verdaderamente pasmoso, lo que ofende a la inteligencia ciudadana consciente y críticamente contribuyente, no es que ahora se nos quite lo que está en la mente de todos, sino que antes se nos diera gratis et amore.
Estas crisis presentes, la económica y la constitucional, pueden ser, contra lo que parece, un punto final para el hasta ahora inevitable pesimismo español. Los pobres no son menos corruptos que los ricos en razón de la virtud que atesoran; no, es que es muy difícil corromperse siendo pobre. Los nacionalismos depredadores solo caben cuando tienen el sostén de la Historia, que no es nuestro caso, o cuando el Estado en el que se incrustan tiene ubres amplias y generosas, que tampoco lo es. Si la corrupción y los nacionalismos centrífugos vienen a menos, España irá a más.
Algo así hay que pensar como antídoto a la desesperación cívica. Además, estos próximos quince días nuestros líderes estarán de vacaciones y ello merma su capacidad para el error.

Pablo Sebastián
Fernando Glez. Urbaneja
Marcello
Primo González
José Javaloyes
Juan Chicharro
Juan Fco. Martín Seco
Alberto Piris
Daniel Martín
Ignacio Sebastián de Erice
Fernando Fernández Román
Julián García Candau
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