Los triunfos de las selecciones españolas de fútbol, a excepción de la olímpica, apoyados en los grandes logros individuales de Rafael Nadal y David Ferrer en tenis, de Fernando Alonso en automovilismo y los motociclistas campeones en todas las categorías, hicieron creer a algunos que éramos invencibles. El patriotismo nacido al calor de los éxitos deportivos ha llegado a crear la frase de “soy español, ¿a qué quieres que te gane?”.
En Londres, cuando ya llevamos ocho días de competiciones lo que más se repite en los mensajes del Comité Olímpico Español es “fin de participación”. Ahora, en la contracrónica ya aparece otra frase: “Soy español, ¿a qué me ganas hoy”?
Ayer tocaba despedirse a los futbolistas olímpicos. Perdieron con Japón y Honduras y cerraban con Marruecos. Tres partidos contra tres grandes potencias. La selección necesitaba un triunfo para salir de Inglaterra solamente avergonzada. Perder era desaparecer de la circulación olímpica con la humillación a cuestas. El empate con Marruecos, el único partido sin derrota, nos llevó al cuarto puesto del grupo. Los últimos.
Marruecos necesitaba vencer para aprovechar las opciones que le quedaban para dejar a Honduras en la tercera plaza. Independientemente de las cuentas matemáticas, para los marroquíes, algunos de los cuales están observando el Ramadán, lo que les impide llegar al partido debidamente alimentados, ganar a España ya era premio suficiente. Ahora, derrotar a cualquier selección española se ha convertido en triunfo con valor añadido.
De nuevo el juego de los españoles careció de cohesión. No tuvo ni siquiera apariencia de lo que hemos visto en otros equipos vestidos de rojo. Tal vez se exageró al considerar a este equipo como gran favorito, pero nunca se pudo pensar que caería de la manera que lo ha hecho. Ganar a Marruecos, aunque no tenía trascendencia deportiva sí era obligación moral para no hurgar más en la herida.
La camiseta de la selección lleva en la mangas unas rayas negras que parecen brazaletes de luto. No hacía falta tanto pesar. Aunque tres partidos y ni un gol por más que lo intentó Mata, es, por lo menos, para recibir el pésame.