Nº 1135 -  22 / V / 2013 
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Crónicas liberales

Lección patriótica del Reino Unido

Manuel Martín Ferrand
 

Confieso, para empezar, mi escasa simpatía por el Movimiento Olímpico tal y como hoy es entendido. El Comité Olímpico Internacional, el COI, es un modelo de cómo revestir, con los nobles ropajes del esfuerzo, intereses mas burdos y materiales y, profesionalizado el deporte – mercantilizado -, el espíritu del Barón de Couvertin queda tan lejos de los trigésimos Juegos Olímpicos, los de Londres, como el que impulsaba, hace casi treinta siglos a los griegos de Olimpia. A mayor abundamiento, el COI ha repartido franquicias – los Comités Olímpicos nacionales – que, en muchas ocasiones, son sedes de trato y componenda, manantiales de influencia.

A pesar de todo ello, cada cuatro años el mundo polariza su atención en torno a los Juegos Olímpicos. En cada uno de ellos, la ceremonia inaugural es, además de un gran espectáculo, todo un síntoma del momento y el carácter de la Nación que los alberga. Centrándome en ello debo confesar mi admiración, mi sana envidia – ¡como si la envidia pudiera ser sana! -, por el Reino Unido. La inauguración de los Juegos que ya están en curso, al margen de sus valores estéticos, fue todo un ejemplo del patriotismo bien entendido.

El Reino Unido no es un territorio sin problemas internos y confrontación. Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte conviven en una vieja tensión que se agrava, en los momentos actuales, por un rosario de problemas sociales y económicos germinados por el espatarramiento de los últimos y sucesivos gobiernos entre la América del dólar y la Europa del Euro. Londres aspira a ser parte de la Unión Europea, parte notable y decisiva, sin adquirir los compromisos y las cargas de quienes ya lo son y eso es, a todas luces, un imposible metafísico. Recuerda lo que George Bernard Sawh, el irlandés sabio, decia de sus “compatriotas” los ingleses, “están siempre dispuestos a tratarte de igual a igual con tal de que tu les aceptes como superiores”.

En estas Crónicas Liberales, en las que ya me va pesando la sucesión de grandes y multicolores torpezas gubernamentales, la prima de riesgo, la Deuda, el déficit y la tozudez mentirosa del Gobierno de turno, quiero aprovechar los Juegos de Londres para valorar lo que, según pienso, más y mejor debiéramos aprender de ellos. El orgullo nacional y el sentido pragmático del patriotismo que ondea en cada uno de los pliegues de la Unión Flag, la bandera del Reino Unido.

Aunque no me gusta repetirme en lo que escribo, y trato de evitarlo, me tomaré la licencia de repetir aquí unos versos del catalán Joaquin Bartrina (1850-1880) que le hacen al caso y que reproduje en una de mis habituales columnas en ABC:

Oyendo hablar un hombre fácil es

saber dónde vio la luz del sol.

Si alaba Inglaterra, será inglés;

si os habla mal de Prusia, es un francés

y si habla mal de España… es español.

Ahí está la madre del cordero. De Isabel II hacia abajo los creadores y productores del espectáculo inaugural de los Juegos de Londres no perdieron un segundo, uno solo, en predicar la gloria de su pasado y, aunque sea más difícil, el esplendor de su presente. Desde Shakespeare a Harry Poter, pasando por la Revolución Industrial o los Beatles, el acontecimiento supuestamente deportivo se convirtió, con el debido orgullo y muchísimo talento, en un canto patriótico. De ahí mi envidia. Barcelona 92 fue, en su belleza, un alarde del maquinismo espectacular y una carencia del sentido nacional español.

Cuando, como argumento parcial del espectáculo inaugural, el escenario se convirtió en canto y alabanza del Servicio Nacional de Salud esa idea del patriotismo vigente en el Reino Unido alcanzó el summum. Nuestra Seguridad Social – todavía, a pesar de los recortes indiscriminados a que le somete el Gobierno – es, en su conjunto, la mejor del mundo. No solemos admitirlo como tal porque, como españoles, nos vemos obligados a denostar lo propio en beneficio de lo ajeno; pero, cualquier que tenga experiencia al respecto, podrá certificar que nuestra medicina hospitalaria, verdaderamente universal y social, es única y que la ambulatoria, en lo que cabe, admite el contraste con las de los países mas “sociales” de Europa. A pesar de ello, ¿imaginan ustedes un espectáculo multitudinario, seguido por unos cuantos miles de millones de espectadores, a mayor gloria de la Seguridad Social española?

Aquí y ahora, cuando la política se hace más ramplona y chata y se puede dudar de la veracidad representativa y parlamentaria de nuestro Sistema, conviene mirar con envidia ejemplos como el del Reino Unido. Solo es verdaderamente grande el que cree serlo y se comporta como si lo fuera. Como decía Miguel de Unamuno, “procuremos ser más padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado”. Un pasado que nos lastra, disminuya y sigue enfrentándonos y un porvenir que, por incierto, exige la resolución cívica de garantizarlo. ¿Qué faltan líderes? Eso se arregla votando mejor, sin devociones de sigla y sin costumbres establecidas. Cuando ya no cabe, desde la inteligencia, la división entre la derecha y la izquierda, es bueno trasladarse a la de los capaces y los incapaces.

Londres nos ha dado una gran lección que, me temo, no sabremos aprovechar. Claro que, cuando anda en debate la idea de la Nación, ¿es posible hablar de Patriotismo? Aquí lo único cierto es el Estado y lo es, más que por cualquier otro signo, por lo mucho que nos cuesta.


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