La canícula es el momento del año en que el sol está en la constelación del Can, y suele hacer un calor de perros. Es un calor necesario y saludable porque produce un corte en el devenir del año, abrasa los comportamientos anquilosados y pone al personal, lo quieran o no, en la onda veraniega. La actividad se ralentiza como si se preparase para el cese de agosto, incluso los “yuppis” recalcitrantes, acuartelados en sus oficinas de aire acondicionado, se percatan de que el afán se debilita y que nada puede hacerse contra el heliotropismo canicular.
Este es el verano de Europa; los norteamericanos se han vuelto a lanzar en masa sobre nuestro continente después de unos años de reticencia causada por el terrorismo. Ahora se van a Berlín y a Praga para comprobar cómo les sienta a sus antepasados el “American way of life” recién adoptado. Por su parte, los europeos del oeste también hacen las maletas para dirigirse a los países eslavos, ese tercio de Europa que nos faltaba, y conocer un mundo que en pocos años está llamado a desaparecer, como desapareciera la España de Valle Inclán y Solana, el pintor, naturalmente. De esos países a mí me intriga especialmente Rumanía, no sólo porque Dalí estaba pendiente de la reinstauración de su monarquía, ni porque sea la patria del Conde Drácula, sino porque de todos los países del este es el que ha montado una falsa revolución, una falsa ejecución y nos ha largado a Cioran e Ionesco. ¿Por qué los rumanos no son como los otros? ¿Por qué los conquistó Trajano y los pobló de legionarios ibéricos?
Para mí la imagen del verano es un cuadro de Van Gogh que está en el museo de los impresionistas del Quai d’Orsay, aquel trigo recién segado que vibra todavía en la tela, como palpitando bajo el calor canicular de Provenza. Esta capacidad de captar la fuerza vital de las cosas y expresarla de modo que se sienta es lo que distingue una verdadera obra de arte del montón de artilugios y montajes que ahora pretenden pasar por tales.
¿Por qué repelente paradoja este hombre, que vivió en la pobreza, internado en asilos, que debió ser infeliz pues se cortó una oreja y se pegó un tiro, ahora tiene sus cuadros comprados por cientos de millones? Si era tan bueno ¿por qué no lo vieron sus contemporáneos? Parece que en la pintura el valor uso no tiene nada que ver con el valor cambio, como las acciones de bolsa. Un Van Gogh no puede valer millones de dólares por el placer que reporta su uso sino porque se ha convertido en un valor de inversión.
Van Gogh no vale lo que se está pagando por él, porque una obra capaz de transmitir la sensación de mediodía canicular en pleno grisor parisino, no debería tener precio.