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Así, investigadores del CSIC han analizado 464.411 canciones desde 1995 a 2010 y ha detectado que las canciones compuestas en las décadas más recientes tienden a parecerse más entre ellas que las antiguas.
Según la investigación, dada una nota musical, es “relativamente más fácil” predecir cuál será la siguiente en una canción actual y las composiciones musicales más recientes también presentan una menor diversidad de timbres y tienden a interpretarse con los mismos instrumentos. ”En la década de los 60, por ejemplo, grupos como Pink Floyd experimentaban mucho más con la sonoridad que ahora”, ha destacado.
Asimismo, ha añadido que otra de las tendencias es el aumento paulatino del volumen intrínseco al que se graban las canciones. El volumen es independiente del que cada usuario puede seleccionar para reproducirlas posteriormente. De este modo, Serrá subraya que hasta ahora este efecto “largamente comentado” no se había podido comprobar empíricamente a gran escala y añade que los resultados de la investigación ofrecen, por tanto “una receta teórica para crear canciones que suenen modernas y actuales”. “Los cambios de acordes sencillos, los instrumentos comunes y el volumen fuerte son los ingredientes de la música actual, realizar estos cambios sobre canciones antiguas puede hacer que suenen a nuevas”, ha agregado.
El investigador valora que este proceso de homogeneización podría deberse a las modas, ya que se observa una tendencia a engancharse a la música de la corriente dominante.
Para la investigación se han analizado cerca de medio millón de piezas musicales procedentes de una base de datos pública que incluye más de un millón de canciones publicadas entre 1955 y 2010, elaborada por la Universidad de Columbia (EEUU). Estas obras son de distintos estilos como rock, pop, hip hop, metal y electrónica.
Por otro lado, Serrá ha explicado que puesto que una canción dura de media unos cuatro minutos y un experto, si quiere anotar los parámetros del interés para el estudio, necesita de un mínimo de cuatro escuchas, la investigación hubiera requerido 16 años de escucha, 365 días al año, 24 horas al día. Sin embarglo los ordenadores han permitido escuchar música de una manera que los humanos “simplemente” no pueden.
El trabajo ha contado con la colaboración de investigadores del Centro de Estudios Matemáticos de Bellaterra, y de las universidades de Barcelona y Pompeu Fabra.