Nº 1132 -  19 / V / 2013 
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OPINIÓN

El intruso

Daniel Martín
 

Ahora que están de moda –todos en la dictadura cultural que padecemos, sólo unos pocos entre el público– una serie de novelistas fofos, ajenos al mundo en el que viven, más servidores a una facción que a una idea, en ocasiones académicos con lagunas gramaticales, resulta más necesario que nunca la reivindicación de los grandes narradores de nuestro pasado: Cervantes, Quevedo, Galdós, Valera, Pardo Bazán, Baroja…

Acabo de leer “El intruso”, de Vicente Blasco Ibáñez, prodigiosa novela publicada en 1904 que no solo ayuda a entender la época sino que es altamente ilustrativa para comprender mejor la España en que vivimos.

“El intruso” retrata la sociedad bilbaína del cambio de siglo. Por un lado, en las montañas malviven miles de mineros que extraen el hierro que dará alimento a los altos hornos que enriquecen Bilbao. Por otro, los nuevos ricos llevan un ostentoso modo de vida que les distancia de los proletarios y les entrega a una riqueza vacua en lo intelectual pero jugosa para el poder espiritual. Así, Blasco Ibáñez nos presenta tres grandes conflictos en una novela más de ambientes que de personajes:

1º El floreciente Bilbao se enfrenta al movimiento obrero surgido de unas condiciones de trabajo y de vivienda a menudo infrahumanas. Los grandes señores, empero, miran hacia otro lado y sus directos subordinados se enriquecen a costa de los más débiles. Blasco Ibáñez, siempre a la izquierda, opta por el lumpen, pero desprecia el camino de la violencia que, no obstante, en la novela brota inevitable.

2º La gran riqueza del nuevo Bilbao ha provocado que el jesuitismo se acerque voraz para hacerse con las almas de los más adinerados. Blasco Ibáñez, siempre anticlerical, carga contra los jesuitas que dominan el poder y manejan a sus anchas una sociedad cada vez más pobre en lo espiritual y en lo intelectual porque eso es lo que interesa a la Iglesia.

3º Lo más interesante de la novela: frente a la “invasión” de trabajadores del resto de España, de maketos, y siempre al amparo de la Iglesia, surge el nacionalismo vasco de señoritos que tienen mucho de andaluces en su desprecio al marginado y en su devoción a las imágenes religiosas. Blasco Ibáñez recuerda que el germen del nuevo regionalismo independentista es el antiguo carlismo, aquellos que sitiaron la ciudad ahora son los que pretenden defenderla de los males que representa Maketania, a saber, esa España que está al otro lado del Ebro.

Con una trama sencilla, muy próxima a la manera barojiana de narrar –el protagonista, ese intruso al que alude el título, se deja llevar por sus circunstancias y solo una vez se atreve a actuar–, “El intruso” es un aguafuerte amplio, compacto y completo de una sociedad, de sus muchas maneras de pensar, del enfrentamiento entre luz y oscuridad, entre paz y violencia, en un fragor de sinrazón y odio hacia el otro que desemboca en la violencia apenas contenida, capaz incluso de separar, para siempre, a dos hermanos de alma. Algunos, más bien muchos, dirán que la novela es tendenciosa; sin embargo, es un brutal mas veraz fresco de una España que, como decía Madariaga, siempre ha llevado dentro un fuerte impulso autodestructor.

Tal y como van nuestras letras en el siglo XXI, Blasco Ibáñez es también un intruso. Creía, creaba, narraba y describía el mundo que le rodeaba. Servía a sus ideas, nunca a un partido; defendía un cambio radical en la sociedad, pero detestaba la violencia. Aparte, era un genio narrativo. Y, recordemos, fue de los pocos que estuvo en el exilio durante la dictadura de Primo de Rivera, mientras otros celebraban a Góngora y pasaban por amantes de la libertad. Quizás por eso sea detestado por nuestra dictadura cultural, esa que defiende lo ilegible y lo servil frente a lo entretenido e independiente. Por lo menos, a Blasco Ibáñez se le lee en el resto del mundo.

dmago2003@yahoo.es

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